Mandarinas en enero

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Mandarinas en enero

-Ve por mandarinas.

Me dijo mi madre.

Dejé el café a su lado. Allá voy. 

Cuelgan del árbol, olorosas, las mandarinas. 

Es enero y el árbol que plantara ella, hace años, es ahora  alto y sigue regalando frutos, tantos, que si en el jardín, uno posa la mirada en su dirección, el color aleonado inunda los ojos.

Estuve cortando numerosas esferas olorosas. Y todavía seguía el abrazo del color entre sus hojas y en el viento. Ese aroma y sus aceites que caen sobre el rostro mientras desprendo sus cuerpos acidulados.

Entré con una bolsa plena.

-Uy, me ha dado para regalar este arbolito. Bolsas y bolsas salen. Los vecinos vienen por sus mandarinas y mira, siguen allí. No se acaban.

Ah, y pásate para atrás. Llévate toronjas también.

Entonces volví a andar como en la infancia, eligiendo algunos y dejando otros para que crecieran más, o simplemente, para no dejar a mi madre sin sus tesoros.

Ambos frutos esplendentes: la toronja pálida, apenas de un verde suave por fuera y por dentro de un sonrosado delicado que dejaba hincar los dientes. Seda entre los labios. La mandarina explota entre los dientes. ¡Agua, es agua con otros vestidos nutritivos!

Escucho a mi madre mientras come un dátil con la taza de café:

-Yo allí las dejo, solo corto las mandarinas que me voy a comer, y mira que ya viene la poda ahora en febrero. Oye ¿Y si le preguntas a alguien si hago bien en dejar las mandarinas allí? 

Pensaba que podían interferir con la floración ya próxima.  Así que pude escribirle a un amigo experto. “Sin problema. Pueden permanecer allí”, contestó. Así que las mandarinas siguen colgando en el árbol. Me ha dicho mi madre que le ha pedido a mi tío que bajara más mandarinas para mí. Él las traerá a Saltillo.

Qué lujo ese árbol. Qué lujo de mundo, esos árboles frutales.

Sin refrigerador, sin incluso el hueco de algún hermoso frutero, mi madre toma frescas las mandarinas. Comida de reina, o precisaría, comida para un ser humano pleno, de esa tribu que ha cultivado y ha visto crecer milpas; de esa gente que escucha las estaciones, que conversa con los ritmos de la tierra.

claudiadesierto@gmail.com