Luna de cosecha

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Luna de cosecha

1

Las abejas liban de las manzanas que, dulzonas, se abren picoteadas y desgarradas por los pájaros. Esas pieles ya no verdes o sonrosadas, sino de un tono oscuro en algunas zonas, muestran un olor a dulce descomposición. Allí andamos ellas y yo. Tomo las manzanas verdes y sonrosadas; ellas vuelan hasta las que, colgando, huelen a dulce vinagre. Se embriagan esta mañana. Vuelan lento, se mueven suavemente, no buscan ninguna flor. Las lavandas están abandonadas.

 

2

Cinco abejorros polinizan las flores amarillas del San Pedro que se eleva entre el concreto. Entran y salen de esas bocas alargadas. Tomo un botón cerrado de esas flores y la trueno en mi frente, tal y como me lo enseñó mi abuelo.

 

3

La Luna ascendió en un cielo despejado. Mientras la contemplaba, dormí sobre el concreto, a cielo abierto, un rato. Fue un baño de Luna o un abandono. Al despertar no sabía en qué parte del mundo me encontraba. Instantes después, el ladrido de los perros y las líneas blancas de la edificación, les devolvieron las coordenadas a mis ojos.

 

4

Esta es la Luna de la cosecha. Esta es la Luna donde todos los frutos están listos para ser cortados. Es la primera Luna llena del verano.

 

5

Dicen que sin la Luna no existiría la filosofía. Que todo es andar y mirarla; tener un contrapunto para dejar ir el pensamiento. ¿Observar algo que no se alcanza tal vez? ¿O un brillo? 

 

6

Una teoría nueva nos devuelve el misterio del origen de la Luna. Su composición similar a la de la Tierra dobla en otra dirección el andar del pensamiento científico. La Luna no fue un cuerpo que chocó. Llegó. ¿Se acercó a la Tierra, la miró y se quedó aquí?

 

7

Y el fulgor de la Luna se lo presta el Sol. Solo somos visibles, incluso a nosotros mismos, con la luz del otro.