Lobos con derechos humanos
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Lobos con derechos humanos
Dirán que es una aberración decir que ya estamos hasta el cogote con los mentados derechos humanos, mismos que ahora sacan hasta en la sopa; que porque al pobre Chapo no lo dejaban dormir en Almoloya, que a otro truculento asesino no le hacían efectivo su débito conyugal, que al mutilador de víctimas secuestradas no le respetaron el debido proceso y lo devolvieron a las calles, puras jodederas.
Si antes había una especie de “detente” de parte de la delincuencia, fue debido al férreo control que ejercía sobre ella el otrora poderoso estado mexicano, ahora, gracias al activismo de los derechos humanos, ese respeto y ese “detente” se han ido al caño y la delincuencia se ha desbordado.
Y es cierto, que bonitos son los idealismos, pero en este País se vive otra realidad y los hechos son más contundentes que las utopías. Lo estableció aquel famoso florentino hace más de 500 años cuando dijo que en los estados fuertes el temor es una necesidad y la virtud algo inútil; “Cuando el príncipe deja de levantar su mano —advirtió— todo está perdido”.
Y todo esto viene a colación por el asalto en esta semana al autobús cerca de Paila, donde los asaltantes mataron a sangre fría a un pasajero frente a su propia hija, una niña de 10 años de edad, un hecho inadmisible de crueldad y saña inaudita.
¡Ah! pero que bonitos se ven nuestros políticos parloteando sobre esos derechos, como las misses en los concursos de belleza cuando les preguntan por sus más grandes anhelos; “La paz mundial”, “Que los niños no tengan hambre”, “Que se respeten los derechos humanos”, contestan muy orondos nuestros políticos abajeños.
No nos hagamos guajes; donde no hay plena democracia, donde no hay justicia, donde falla el Estado de Derecho por ineptitud y corrupción de policías, ministerios públicos y jueces, donde reina la impunidad, por no decir más, todo será inútil y seguirá siendo una entelequia estar a jode y jode con los derechos humanos.
Y es que somos malignos y destructores por naturaleza, homicidas natos que sólo por el temor a homicidas más fuertes es que frenamos nuestro instinto de matar (Fromm). Y para entender mejor la naturaleza de los asesinos, como esos del autobús, recuerde usted a Lady Macbeth diciendo; “Venid a mí espíritus propulsores de los pensamientos asesinos, haced que me desborde la más implacable crueldad, ¡Espesad mi sangre!, cerrad en mí todo paso a la piedad, para que ningún escrúpulo turbe mi propósito siniestro de hacer el mal, ¡Venid a mí genios del crimen!, que mi agudo puñal oculte la herida que va a abrir y que la negra noche del infierno me cubra para no escuchar las palabras del cielo; ¡Detente!, ¡Detente!”.
Porque es fácil comprender que ese “detente” es una especie de conciencia que debido a tanta chunga de derechos humanos va dejando de escuchar todo aquel que se transforma en lobo del hombre.
Y dirán que es una sinrazón pero hay que decirla; que ante esa ferocidad sanguinaria de la delincuencia desbordada, no queda otro camino que la fría crueldad de las razones de Estado. Aunque los santones de los derechos humanos se santigüen y sigan cobrando religiosamente sus quincenas.