La Segunda Ley de Parkinson nos dice que “los gastos aumentarán siempre hasta cubrir todos los ingresos”.

Cyril Northcote Parkinson enunció sus postulados como una crítica satírica hacia los sistemas burocráticos. La primera de sus leyes enuncia por ejemplo que “el trabajo se expandirá hasta consumir el total del tiempo destinado para su realización”. En otras palabras: jamás espere que una institución cumpla algo antes del plazo señalado; quizás, como un milagro excepcional, con palancas y en el primer mundo, la burocracia pueda entregar algo para la fecha señalada, pero antes de lo estipulado jamás se ha visto.

De vuelta a la segunda ley, ésta es fácilmente verificable en el ámbito doméstico: 

¿Alguna vez recibió un aumento en sus ingresos, suponiendo cándidamente que podría por fin con esto subsanar algunos boquetes en sus finanzas, vivir con cierta holgura y de paso ahorrar un poco, sólo para descubrir luego con desilusión que ahora gasta más y que llega al fin de mes exactamente igual de apretado que como lo venía haciendo antes de incrementar sus percepciones?

Bien, pues pasa lo mismo en la esfera del servicio público: a mayor presupuesto, mayor gasto; porque con un cheque mayor, el servidor público tiene un horizonte más amplio para cometer estupideces y despropósitos, agravado todo por el insoslayable factor de la corrupción y allí sí, innegablemente: a mayor flujo de activos, mayores las fugas, desvíos y faltantes. ¡Ah! Y mayor el número de funcionarios inexplicablemente enriquecidos también.

Desde que los partidos que se alternaron la Presidencia de la República tuvieron que cederle su oportunidad legítimamente ganada a ese carnaval de nadería que encabeza el Thanos de Macuspana que madruga pero se acuesta temprano, han convertido el discurso de la distribución equitativa de los recursos federales en su bandera y cantaleta.

Los gobernadores de oposición, en concreto un bloque del norte del País, tan demagogos y tan populistas como su contraparte federal, le calientan la cabeza a su gente diciéndole que “no nos llega el recurso suficiente ni correspondiente a nuestra capacidad productiva como entidades”. O sea, que aportamos mucho y recibimos poco, mientras que las entidades del sur serían el caso contrario: mucho presupuesto federal por una baja productividad.

Los más cretinos, como nuestro propio gobernador, Miguel Riquelme, hasta amagaron con romper el pacto federal y sus seguidores más ingenuos y calenturientos se lo aplaudieron, pero es totalmente impráctico, inviable e improbable por no decir imposible.

Pasa que es enormemente populista decirle a la gente que se le exigirá al Presidente que designe una tajada mayor del presupuesto a nuestro estado y municipios. No sólo eso, sino que además sirve de excusa para cualquier omisión y carencia de los gobiernos locales.

Ocurre sin embargo que aunque le duplicáramos o triplicásemos el presupuesto -digamos a Coahuila- estoy seguro y apostaría el testículo derecho en ello, que de alguna forma se las ingeniarían para que les rindiera exactamente de la misma manera como les rinde hoy en día.

No tengo pruebas, tampoco dudas pero la Segunda Ley de Parkinson, igual que mi barrio, me respalda. Casi lo puedo ver como si me lo revelase una bola de cristal: con más presupuesto, para empezar, toda la caterva de funcionarios de gobierno, legisladores y organismos ‘descentralizados’ ganarían más en automático y allí ya se fue por lo menos la mitad de esos hipotéticos ingresos extra. Quizás se comenzaría a hacer más obra pública, pero ni más útil, duradera o necesaria que la que hoy tenemos; sería obra que les permitiera exprimir más al erario a través de licitaciones chapuceras y adquisiciones a sobreprecio.

El dinero extra se iría también en empresas fantasma y contratos publicitarios desmesurados, que han demostrado ser también una excelente manera de lavar dinerito puerco sustraído de las arcas.

Y bueno, mi imaginación en este sentido es limitada, pero yo sé que para quienes están en el gobierno, primero se les acaban las ganas de vivir que las ideas para quemarse ese presupuesto del que siempre piden más.

Navegando entre las noticias, me topo con una sobre nuestro tres veces diputado y eterno comodín de la boleta electoral, Jeri-Kong Abramo Masso, en la que se pronuncia también por una mejor distribución de los recursos para los estado y municipios.

Cuánto pinche cinismo debe necesitarse para plañir por más presupuesto, ignorando que existe un socavón financiero en Coahuila llamado megadeuda que jamás habremos de subsanar en lo que nos resta de vida y por el cual ya se ha ido una cantidad de recursos igual a su monto original, mismos que sólo han cubierto intereses y cargos por “reestructuraciones”.

Qué poca jefa hay que tener para decirle a la gente que urge allegarle más recursos a nuestra entidad, cuando como legislador ha hecho todo por encubrir a los responsables de la catástrofe financiera.

La demanda popular no debería ser “más recursos”, sino transparencia y total rendición de cuentas sobre los recursos ya existentes, así como persecución y castigo para todos los que han malversado los miles y miles y miles de millones de pesos que conforman nuestros desastrosos pasivos públicos.

Todo eso no le interesa al señor Kong (Jeri-Kong) que lo que tiene de grandote lo tiene de cara dura, pues para pedir más recursos usándonos de bandera -porque lo hace en nombre de todes nosotres- debería revisar exhaustivamente cómo se están ejerciendo y cómo se han dispendiado desde que despegó su ascendente trayectoria en la política, en la que siempre ha estado del lado de los caciques del moreirato.

Nuestro diputado XXXL podrá conseguir un presupuesto para Coahuila proporcional a la talla de sus camisas (spoiler: no, no podrá), pero en nada incrementaría ello nuestra calidad de vida si no se cuestiona y sanciona antes la manera absurda en que se ha dejado empeñado en los bancos el futuro de esta tierra, otrora motivo de orgullo, hoy doloroso ejemplo de la Ley de Parkinson.