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Las universidades de EU están invadidas por una cultura infantil
Estudiantes que rechazan invitar a oradores combativos y que ponen sus libros en una especie de índice de obras prohibidas. Comediantes que evitan actuar en universidades estadounidenses porque en ellas sus chistes son considerados demasiado groseros. En muchas casas de estudios norteamericanas casi ya no existe esa "libertad ilimitada del espíritu humano" que en su momento propagó el presidente Thomas Jefferson.
A veces, el ambiente en las universidades se parece más al que caracteriza a un jardín infantil. Libros clásicos como "El gran Gatsby", de F. Scott Fitzgerald, "Las metamorfosis", de Ovidio, o "La señora Dalloway", de Virginia Woolf, son marcados con advertencias porque los estudiantes sensibles podrían verse afectados por descripciones de violencia física, sexo o planes de suicidio. También "Matar a un ruiseñor", de Lee Harper, les parece a no pocos estudiantes demasiado fuerte.
Muchos profesores universitarios se quejan actualmente de que tienen que trabajar en un ambiente de estrechez mental. "Soy un profesor liberal y mis estudiantes liberales me dan miedo", admitió recientemente uno de ellos, anónimo, en el portal "Vox". El texto, en el que reconoce que prefiere excluir de antemano temas potencialmente críticos del programa de estudios, fue rápidamente compartido por 200,000 personas en Facebook.
Son sobre todo los estudiantes liberales los que ventilan quejas por llamadas "microagresiones", es decir, manifestaciones conscientes o inconscientes sobre el color de la piel, el género, el sexo o la religión que el receptor considera agresivas.
"La ñoñería del alma americana", tituló hace poco la revista "The Atlantic" un reportaje acompañado por una foto que muestra a un niño de dos años vestido con un típico jersey universitario que teclea ingenuamente en un laptop. Tanto para la formación intelectual como para la salud mental de la joven generación, semejante postulado de bienestar es fatal, escribieron en un artículo el pedagogo Greg Lukianoff y el psicólogo social Jonathan Haidt, de la universidad de Nueva York.
También el presidente Barack Obama se refirió hace poco a esa imagen de docilidad ante estudiantes en Iowa: "No estoy de acuerdo con que un estudiante que entre en la universidad sea objeto de mimos y necesite ser protegido ante opiniones diferentes". Según Obama, los estudiantes deben ser capaces de tolerar y discutir opiniones que no comparten. "No hay que callarles diciendo 'tú no puedes venir porque yo soy demasiado sensible para escuchar tu opinión. Esto no es la manera de aprender algo".
Jeannie Suk, una renombrada profesora de derecho, señaló en el periódico "New Yorker" que es difícil dar clases sobre derecho penal sexual en tiempos de "trigger warnings" (advertencias sobre la presencia de contenido sensible). Algunos estudiantes temen que escuchar detalles de violaciones, por ejemplo, puedan despertar experiencias traumáticas. Suk está desesperada: "Imagínese a un estudiante de medicina que quiere ser cirujano pero que tiene miedo de sufrir estrés cuando ve sangre. ¿Qué se puede hacer en este caso como profesor?".
También muchos comediantes que suelen ser invitados por universidades ya no quieren acudir a esos institutos. Jerry Seinfeld dijo en la radio que sus colegas le han advertido de que es mejor mantenerse lejos porque ahí los estudiantes son "políticamente demasiado correctos". Un grupo de estudiantes también rechazó invitar al comediante y moderador televisivo Bill Maher.
Para los críticos, una de las causas de la desaparición de la cultura dialéctica universitaria estriba en la tendencia a la sobreprotección con la que muchos padres en Estados Unidos educan a sus hijos. Otra razón tiene que ver con la enorme cantidad de quejas que en muchos lugares se han alzado como consecuencia de la emancipación de grupos anteriormente marginados y desfavorecidos.
También ha cambiado la correlación de fuerzas en las universidades: los estudiantes, que tienen que pagar grandes cantidades de dinero para obtener plazas universitarias, se convierten cada vez más en consumidores, con las correspondientes expectativas. Al mismo tiempo se está reduciendo el número de profesores con una cátedra fija.
Actualmente, solo una cuarta parte de los profesores en las universidades estadounidenses tiene contratos por tiempo indefinido. En todos los demás casos, las quejas de los estudiantes pueden acabar rápidamente con la carrera de los docentes. "No deberíamos criticar tanto a los estudiantes sino dirigir nuestras críticas al sistema universitario", subrayó otro profesor anónimo en "Vox".
"Mis colegas que permiten que sus estudiantes les dicten el plan de estudios son unos cobardes", opina Koritha Mitchell, profesora de inglés en la Universidad del Estado de Ohio. Ella no tiene por qué cambiar simplemente la materia de enseñanza para que algunos estudiantes se sientan mejor, explica. "Porque yo soy negra y mujer. Tan solo mi presencia hace que algunos estudiantes se sientan mal. Mi imagen no se corresponde con la que ellos tienen de un experto".
A Mitchell le gusta aprovechar las quejas de los estudiantes sobre la supuesta presencia excesiva de escritores negros en las listas de lecturas obligatorias de autores ingleses para impulsar una discusión. Sin embargo, también reconoce que es una privilegiada: "Yo puedo expresar mi opinión porque tengo un puesto fijo”.