Las campanas de la catedral y la capilla

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Las campanas de la catedral y la capilla

Las campanas de las iglesias tienen siempre una historia. Algunas de esas historias son maravillosas y a veces entrañables, otras son tristes y hasta un poco aterradoras. Algunas cuentan la de aquellas campanas que permanecen calladas para siempre, obligadas a pagar una condena de silencio eterno como castigo por haber dado muerte a su campanero, ya sea porque el peso del badajo se lo llevara al vacío, o porque en un descuido la misma esquila le propinó el golpe fatal. Otras están castigadas en el mismo lugar en el que cayeron desde la altura de su torre, mientras otras permanecen en exhibición en el atrio de la misma iglesia, jubiladas por su edad. Este último es el caso de algunas campanas de nuestra Catedral de Santiago que debieron ser sustituidas. Nueve campanas tiene la torre de nuestra catedral, y seis la torre de la Capilla del Santo Cristo, formando un conjunto de 15 sonoras y armoniosas campanas.
Quienes hayan leído a don Vito Alessio Robles recordarán que en su libro “Saltillo en la historia y en la leyenda”, narra la tradición, guardada a través de muchas generaciones, sobre cómo se fabricaron las campanas de la capilla, y explica que su bellísima sonoridad se debe a los materiales que se utilizaron en su fundición, llevada a cabo en el propio atrio de la iglesia:
“Hay una vieja tradición que ha llegado hasta nosotros sobre la sonoridad extraordinariamente bella de esas campanas: los bronces contienen oro y plata en grandes proporciones. Cuando un hábil fundidor había preparado acuciosamente los moldes de las campanas en el atrio de la iglesia, cuando se habían mezclado el cobre, el estaño y el plomo para formar la sonora aleación, y ella, en estado líquido estaba lista para verterse en los moldes, todos los vecinos de Saltillo y de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, congregados alrededor de los hornos, desfilaban arrojando a la mezcla con recogimiento y devoción, sus más valiosas tumbagas de oro, sus sortijas de plata. Pero faltaba ahí doña Josefa Báez Treviño, la gran devota del Santo Cristo de la Capilla. Entre la expectación general, se le vio aparecer solemne y silenciosa, cubierta con negras tocas y seguida de cuatro sirvientes. Al llegar al lugar de la reunión, éstos pusieron en manos de doña Josefa barras de oro y plata, que poco después vaciaba en los moldes, entre un fulgor de chispas, su rico contenido de áureo bronce”.
La ocasión le da a don Vito, riguroso historiador, la oportunidad de explayarse como pocas veces lo hace en sus escritos:
 “A propios y extraños llama sobremanera la atención el delicioso y sonoro timbre de las campanas de esta torre. El alcance de su tañido es grande y su sonoridad es dulce y cadenciosa. Cuando una de las campanas, al amanecer, da el toque de alba, parece difundir un alegre canto a la aurora que se anuncia sonrosada en los picos de la vecina Sierra Madre; cuando otra suena para recordar a los fieles que deben orar y recordar a Dios, el toque, solemne y pausado, reviste tonos hondos que llegan a las almas; el toque de ángelus, cuando el crepúsculo incendia con tonos rojos y violetas los pelados y pardos crestones del cerro de Tlaxcala y el extenso valle comienza a cubrirse con los tonos de la noche, suena grave y uncioso; el toque de ánimas, lento y profundo, invita a la meditación sobre la fragilidad de las cosas humanas; el de queda, llama al reposo, y cuando todas las campanas llaman a rebato y las esquilas voltejean rápidamente para celebrar algún fausto suceso, sus sonidos y sus vibraciones, unos graves y otros agudos, pero todos de gran sonoridad, semejan los compases enérgicos y los coros ardientes y entusiastas de un himno triunfal”.

 edsota@yahoo.com.mx