La sonrisa de Dios en mi madre (crónica de Jesús Peña)
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La sonrisa de Dios en mi madre (crónica de Jesús Peña)
Me hubiera gustado tanto escribirle algo bonito a mi madre hoy que es el Día de las Madres, pero la verdad es que no me alcanzan las palabras.
Han sido tantas cosas lindas, tantos recuerdos, muchos momentos difíciles juntos que, tengo embotada la memoria.
Tampoco podría hacerlo sin derramar una lágrima, sin sentir la garganta apretada como por una soga, la soga de los buenos y malos instantes que he vivido con mi madre.
Prefiero mil veces quedarme con el recuerdo de su sonrisa mañanera, su sonrisa de las mañanas veraniegas que ella estuvo a mi lado cuando me enfermé y me cuidó, a pesar de que ya era yo un vejo peludo, sesentón, como dicen las señoras de barrio, como mi madre.
Días antes de aquello, los médicos nos habían dado uno noticia nefasta para ambos, para mí y para mi madre.
Que había perdido yo el ojo derecho, después de una traumática operación, era mi mejor ojo, con el que mejor me defendía de la vida en el mundo de los normales, de los enteros.
Y mi madre en lugar de ponerse a llorar conmigo, de darse a la tristeza, no paraba de sonreír.
Sonreía a todas horas, desde la mañana en que abría la cortina de su cuarto, que yo había invadido para que ella me cuidara como si fuera un bebé, por no decir que un lisiado, hasta que anochecía.
Abría mi madre la corina todas las mañanas y ya estaba sonriendo, no necesitaba decir más nada, porque no hacía falta.
Y la sonrisa de mi madre era como la sonrisa de Dios que decía desde atrás de la cortina de flores de mi madre “adelante, que yo estoy aquí y estoy contigo”.
Jamás voy a olvidar esa sonrisa de mi madre, una sonrisa blanca, diáfana, bella sonrisa.
Era su forma de dar gracias a Dios porque había perdido yo el ojo derecho, estoy seguro.
Y eso me enseñó que a Dios hay que agradecer por las cosas buenas y por las que creemos malas o desafortunadas.
Eso no me lo dijo mi madre, que es una mujer de fe, pero yo lo entendí así.
Y cada vez que me siento triste o derrotado pienso en la sonrisa de mi madre y ya está.
Es la mejor herencia que mi viejita me está dejando en vida.
Pa qué quiero más…