La república de la impunidad

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La república de la impunidad

En un coloquio sobre rendición de cuentas, el extitular de la Auditoría Superior de la Federación, Enrique González de Aragón, manifestó que México debe dejar de ser “la república de la impunidad” donde, de cada 100 denuncias por corrupción que se presentan, sólo una se sanciona mientras que en Japón se castiga el 98 por ciento de los casos presentados.

Y tiene razón el experto auditor, pues hace unos días fue cesado el Gobernador de Tokio, Yoichi Masuzoe, por “graves actos de corrupción” consistentes en haber gastado en hoteles de cinco estrellas, por comer en restaurantes de lujo y por haber usado el vehículo oficial en viajes particulares y, aunque los fiscales concluyeron que los gastos no eran ilegales, éticamente eran inapropiados y, por lo mismo, fue defenestrado.

Y conste que Japón no es una república sino una monarquía, la cual, como ya habíamos comentado en este espacio, siempre será más barata que una “presidencia imperial” como la de México.

 “Tengo de México la visión íntima de que es un País enfermo, contrahecho y prostituido por una clase gobernante rapaz, relapsa y corrupta”, dijo Narciso Bassols hace más de 70 años, y es obvio que sigue vigente esa visión pesimista de este hombre ejemplar que siendo secretario de Educación —lo describe Novo— pagaba de su bolsa la gasolina del vehículo a su servicio y que, sin menoscabo a su investidura de ministro, no vacilaba en mandarle poner media suela a sus zapatos, asunto que debería ser motivo de vergüenza, digamos, para un Jesús Ochoa Galindo, secretario local de Educación, que vive en la opulencia más insultante, tratándose de lo que en realidad es; un burócrata de medio pelo.

Y es que ahora, sin el autoritarismo del antiguo régimen, la partidocracia lo corrompe todo, ahí tiene usted al “Niño Verde”, encumbrado en el partido más degradante de México; a Jesús Ortega y los “Chuchos”, dueños del PRD, paleros del sistema, como en los peores tiempos de “RAT”, Rafael Aguilar Talamantes, el creador de Chucho. 

Asimismo a Ricardo Anaya y su cotidiana verborrea acusando al PRI de corrupto, cuando todos sabemos que la corrupción del PAN es la peor, porque sirve de justificación a la de todos, incluyendo al PRI, que sigue siendo el original, el mismo de siempre.

Y cierto es que vivimos en una impunidad rampante: Si en Inglaterra un ministro —Chris Huhne— se vio obligado a renunciar por tratar de ocultar una multa de tráfico, aquí no pasa nada porque un Jefe de Gobierno —Marcelo Ebrard— haya comprado cientos de trenes cuyas ruedas no empataron con las vías del metro. Asimismo, mientras que una ministra sueca —Mona Sahlin— tuvo que renunciar por el desvío de 35 dólares para fines personales, aquí no pasa nada porque el panista Padrés haya construido en su rancho una presa multimillonaria, la misma que luego la destruyó al verse descubierto.

Cierto es que en este País el poder y la corrupción son inseparables, también es cierto que el poder político ha perdido autoridad moral para imponer castigos. Aquí se recurre al olvido para calmar la indignación popular, y el olvido, como ya sabemos, es el primer paso hacia la impunidad.