La pureza goleadora de Gignac
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La pureza goleadora de Gignac
El francés André-Pierre Gignac donde pone el ojo, pone la bala. Una expresión doméstica que ayuda a graficar su pureza técnica y reconocer su puntería. Lleva 9 anotaciones en 11 juegos disputados de los 13 que lleva Tigres. Vino por goles y los hace.
Gignac ha encajado en el futbol mexicano porque pudo haber cambiado el molde futbolístico, pero no su hábitat. Un goleador necesita estar en las coordenadas exactas para gatillar y si dispone de tiempo y espacio, derriba cualquier frontera.
El europeo no sólo ha descubierto otra cultura, sino también el alcance de su riqueza como futbolista. No es ningún improvisado ni dentro ni fuera de la cancha. Se ha esforzado para integrarse y formar parte del ambiente. El tema de la adaptación, siempre cruel para condicionar a los extranjeros, para él es un mito.
El francés nunca se ha sentido presionado por demostrar, más bien entusiasmado por cooperar. Hace goles y golazos. Los suma, no los cuenta. Si fuera al revés, su obsesión seguramente ya le hubiera pasado factura.
Gignac ha despejado todas las dudas sobre los recurrentes vacíos que ha tenido Tigres en el centro del ataque. No sólo ha llenado ese lugar sensible, sino que ha ofrecido, hasta ahora, una variedad de recursos que lo hacen diferente.
Se siente con el libre derecho de explotar a conveniencia los lugares ofensivos desde donde sabe puede dañar. También es receptivo a ciertas obligaciones y no las desatiende. Es obediente.
“Los jugadores tienen obligaciones y derechos. Los entrenadores no debemos recordarles sus obligaciones ni dejar de considerar sus derechos”, dijo Marcelo Bielsa en una de sus productivas charlas en su paso por el Olympique de Marsella.
No hay que olvidar que el DT argentino le sugirió a Gignac bajar dos kilos para respetarle su “derecho” de jugar. Bielsa sabía que la capacidad de fuego del delantero se podría exprimir más en tanto y en cuanto el físico le surtiera una mayor dosis de agilidad. “Usted con dos kilos menos hará 25 goles”, le dijo el entrenador. Gignac bajó seis y anotó 21.
En Tigres no se ha puesto una meta tan exigente, sino más bien está enfocado a construir su propia historia y romper paradigmas. Sus raíces gitanas de alguna manera le han permitido calzar en la horma de Tigres, un equipo multicultural —jugadores de siete países diferentes mezclados en un mismo envase— cuyo lenguaje futbolístico tiene un acento amigable que facilita la inserción de cualquier foráneo.
De alguna manera, en Tigres se han articulado las piezas necesarias para que Gignac se vuelva provechoso. El francés es tan determinante en lo individual como en lo colectivo. De espalda o de frente a la portería. Con los pies o con la cabeza. Es más criterioso que precipitado y a diferencia de muchos otros delanteros, no tira al arco, tira a gol.
Definidor nato, Gignac tiene muchas otras virtudes valiosas que suelen quedar fuera del foco de la televisión. Sus movimientos en las zonas infértiles del campo también multiplican su peligrosidad. Lee con mucha anticipación las jugadas, acompaña física y mentalmente cada avance, y sus diagonales y desplazamientos sobre la defensa rival purifican el ataque.
Gignac le responde a Tigres a la altura de lo que se esperaba. Quizás no tenga la regularidad de anotar en cada partido, pero ya ha demostrado que es capaz de pagar de a dos o tres cuotas juntas atrasadas.
Hoy no se le discute, simple y sencillamente porque a los 29 años, el francés ha decidido venir a este futbol a consolidarse, y no a refugiarse para vaciar las balas de su último cargador.