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Creo que necesitamos que pasen años –por lo menos una década– para que, con la perspectiva que nos ofrece el tiempo, entendamos cabalmente la trascendencia histórica del momento que estamos viviendo en este año. La pandemia que nos ha tenido aislados y atentos a nuestra salud y la de los demás, ha cambiado de manera profunda nuestro modo de vivir e interactuar. Imaginar un domingo en el que, bañados y perfumados, vamos con nuestra familia a un restaurante, pasamos por el cine y terminamos de compras, se antoja lejano y ajeno.
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Justamente, la semana pasada, el presidente de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica en nuestro país, Fernando de las Fuentes, se quejaba de la profunda crisis, económica y cultural, que el cine está viviendo en 2020. Miles de salas en nuestro país se encuentran cerradas desde hace meses. Un cálculo rápido y prudente apunta a que poco más de una docena de complejos cinematográficos permanecerán cerrados para siempre. Pero si las restricciones continúan, el riesgo se incrementa para más salas.
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Los encargados de mantener la industria del cine en México, solicitan a las autoridades que sus salas sean consideradas del mismo modo que los restaurantes, los cuales (dependiendo de las reglas particulares de cada estado) ya pueden abrir sus puertas con capacidad y horarios restringidos. Pero los cines, cerrados con cuatro candados, están corriendo con una suerte muy oscura que afecta no solo al público, sino a todos los empleados cuya economía y bienestar depende de sus ingresos en esta industria.
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Hablando a nivel internacional, muchos productores han optado por estrenar sus películas directamente en las plataformas de streaming para que el público pueda ver ya las nuevas propuestas. Sin embargo, algunos otros se han negado a hacerlo. Especialmente aquellos que planearon cintas épicas o espectaculares que sólo pueden ser apreciadas en plenitud en la pantalla grande. Y tienen razón: nunca será lo mismo ver una espectacular película de superhéroes en el cine que en una pantalla, una laptop o peor aún: un celular.
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Por otra parte, hubo un par de noticias que hicieron aún más triste la situación. El famoso festival Cervantino de Guanajuato, que iniciará el próximo 14 de octubre y los premios Ariel que celebran lo mejor del cine mexicano y se entregarán el 20 de septiembre, se harán completamente en línea. Nada de alfombras rojas, fiestas o reuniones de personas. El arte en general y el cine en lo particular, viven una crisis de público y proyección sin precedentes que, aunque ya la venían arrastrando, ahora se incrementa a una escala abrumadora.
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Hablando de casos concretos. El actor de teatro regiomontano Renán Moreno, conocido por sus largas temporadas de teatro comercial de comedia, fue muy sincero en una de las transmisiones en vivo que hace para sus seguidores: “La mayoría de las funciones, son con poco público. He tenido obras muy exitosas con muchos llenos pero, la mayoría son con poco público”. Los públicos masivos ya no estaban asistiendo al teatro. Y, con los cierres actuales, me parece muy difícil el panorama futuro de los espectáculos en vivo.
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No se trata de ser apocalípticos. Lo importante es planear estrategias efectivas que permitan al mundo de las artes y el entretenimiento recuperar el lugar que debe tener en una sociedad equilibrada y próspera. Tenemos que tener plena conciencia de que el público va a “tener miedo” de regresar a las salas de cine, de teatro o conciertos. Pero eso no debe desanimar a los artistas y productores. Los seres humanos somos la especie más exitosa del planeta gracias a nuestra increíble capacidad de adaptación. ¡Vienen tiempos mejores!