Antes de entrar en materia, una anécdota de mi terruño:

La cadena de centros comerciales “Plaza Sendero” abrió el primero de estos en Saltillo en 2007 y, dados nuestros deseos económicamente reprimidos por visitar los “malles” del vecino estado de Texas (del que alguna vez formamos parte), se convirtió rápidamente en el punto de encuentro de los habitantes de la Saraperópolis.

Siendo honestos, como nuestras vialidades son intransitables, concentrar en un sólo destino cines, tiendas departamentales, cadenas de comida rápida que se sirve lento, comercios especializados en diversos giros y el “Apá-Churro”, resulta una solución de lo más conveniente (al menos mucho más atractiva que la perspectiva de meterse al centro a dejar el alma y el hígado a cambio de un lugar para estacionarse).

El nombre, está de más decirlo, se posicionó en dos patadas: “Plaza Sendero”. No sé qué tiene de plaza, no sé qué tiene de sendero, pero hasta los bebés lo traían ya integrado de fábrica en su rudimentario vocabulario. “¡Llévame a ‘paza sendeyo’!”, decían las bendiciones de las luchonas al padrastro en turno.

O “Plaza ‘Chundero’”, como decía la gente clasista tratando de distinguirse de la broza, aunque coincidía con ésta irremisiblemente en cada nuevo estreno del Universo Cinematográfico Marvel.

“Y vio Dios lo que había hecho y he aquí que era bueno en gran manera”… así que decidió tomar una costilla de la Plaza Sendero original para crear otra nueva en el sur de la ciudad.

“¡Órale!”, nos dijimos todos: “Así la perrada de allá arriba (el sur), no va a tener que mezclarse -con funestos resultados- con la perrada de allá abajo (el norte)”. Nota: La geografía de Saltillo es complicada.

Sí, muy padre y todo, nomás que algún ejecutivo decidió que la nueva plaza se quedaría con el nombre “Sendero” y la primera, a la que ya todo el mundo se refería, conocía e identificaba con dicha razón social, sería rebautizada con otro apelativo anodino cualesquiera (Plaza Patio, me parece).

¡Ah qué pinche genialidad! Porque nadie dejó de decirle “plaza sendero” al primer changarro y, para referirse al segundo -cosa que siempre causaba una pequeña confusión- había que aclarar: “al otro Sendero de ‘allá arriba’”.

Renombrar algo que, pese a su carácter privado pertenece ya al dominio popular y está asimilado en el repertorio colectivo, es una pésima idea: genera molestia, rechazo y, cuando no está debidamente justificado, resulta un proceso difícil cuando no imposible.

Y siempre me acuerdo con esto de la ocasión en que Televisa quiso cambiarle el nombre al Estadio Azteca, porque dicha denominación fue la que adoptó la emergente televisora que comenzaba a hacerle competencia: Tv Azteca.

“¡Llamémosle Estadio Guillermo Cañedo!”, dijo algún brillante ejecutivo, amigo de Emilio Azcárraga tercero.

Claro, no importa que la palabra “azteca” englobe todo el sentido identitario del pueblo de México, que bajo el auspicio de este nombre guerrero se hayan celebrado dos mundiales de futbol, así como incontables finales en torneos que han marcado a millones de aficionados y que el inmueble esté identificado como el centro ceremonial masivo de nuestro País: “¡Estadio Guillermo Cañedo es una estupenda idea! ¡Claro! Es más: En dos semanas nadie se acordará de que se llamaba ‘Estadio Azteca’”. (¡¿Así o más p…?!).

Trascendió ayer que el Gobierno de la CDMX, encabezado por el meme de Alex Lora sufriendo, la doctora Claudia Sheinbaum, tuvo la audaz iniciativa -y la suficiente osadía- de rebautizar el sitio histórico conocido como “Árbol de la Noche Triste”, que conmemora un episodio de especial interés en el contexto de La Conquista.

Sin preguntarle a nadie, por sus puros ovarios al parecer y sin el aval de ningún historiador no alienado con el cuatroteísmo, se nos informó que a partir de ayer y con efecto retroactivo, la Noche Triste pasaba a ser la Noche Victoriosa porque, claro, tenemos que ponernos del lado del pueblo conquistado en vez de asumirnos como una identidad más compleja que los componentes de una pueril dicotomía de “los buenos contra los malos”.

Y como el régimen actual no tiene cosa mejor que hacer en el presente que arrogarse el papel de redentor de pueblos exterminados hace siglos por razones y circunstancias de su momento, la prioridad de la tlatoani capitalina y posible sucesora Amlótl I. “El Ganso que Madruga”, es “deconstruir” los restos del condenado ahuehuete ese, en el que se supone que Hernán “Luisito Rey” Cortés soltó las de cocodrilo luego de ver “Los Puentes de Madison” (eso y luego de que la resistencia mexica le metió una chinga con incontables pérdidas en hombres, pero sobre todo en oro).

Cambiarle el nombre a algo, como decíamos, a capricho, nomás “por mis morenos cojones”, es una terrible idea porque la efímera posición de poder y privilegio desde donde se dictan estas arbitrariedades es diminuta frente a los siglos de tradición popular e historia oficial.

Pero, a propósito de Historia, ésta nos ha enseñado también que los regímenes incapaces de erigir sus propios monumentos, de establecer un legado, de crear una simbología particular que los distinga, se apoderan de lo ya existente y lo tratan de resignificar, ajustándolo a su ideología, con pésimos resultados.

Son los regímenes con un espíritu ‘reformista’ pero sólo en lo nominal, nunca en lo sustancial, los que se asumen como “el año cero”, como el nuevo punto de partida, como el punto de inflexión en el devenir de la nación. Dicen significar un nuevo capítulo, una ‘transformación’, un “reich” que aseguran durará mil años, pero antes de cumplido un sexenio ya están llorando su noche triste.