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La masacre de la democracia en el COVID-19
El Estado mismo en México, es responsable de su deterioro, al incorporar valores del mercado como elementos fundamentales que expliquen sus procesos y su sobrevivencia. Neoliberalismo como una bomba de tiempo insertada por los mismos gobernantes; algunos se quitan algunas briznas, otros no. Para el caso, el resultado es el mismo.
Cierta es también, la continuidad en la corrupción del Estado a niveles municipal, estatal y federal. Esta añeja tradición no cesa tampoco en colocar al consorte (hombre o mujer) al frente de políticas públicas, solo por el hecho de establecer un vínculo matrimonial o de concubinato, lo que en nada garantiza conocimientos de lo que sea, se le ponga enfrente.
Desde la década de los ochenta, palabras como ciudadanía y democracia enfermaron de muerte. Ahora carecen de sentido para masas adormecidas con las redes sociales; piensan que democracia es tal vez votar y olvidarse, o bien, votar en el mar de la indiferenciación de las plataformas digitales.
En los gobiernos, se antoja escandaloso el paso a las prácticas de mindfulness como estrategia para aminorar la tensión de los procesos de gobierno, sin combatir las causas de fondo, lo que implicaría al menos una reflexión sobre el modelo de gobierno elegido. El gusto por la adrenalina que le da a un gobernante enviar un tuit o un post para recibir corazones o loas virtuales, es todavía más que un escándalo: suma a la agonía de la democracia. ¿Pero qué podríamos pedir a generaciones que han nacido en el mar de las redes sociales? ¿Podríamos decirles que no todos están conectados a las redes? ¿Podríamos decirles que las decisiones que se toman en estas redes son parciales? ¿A quién hace feliz el resultado digital y cuánto cuesta? ¿O podríamos decir que los pronunciamientos digitales, son para los gobiernos, como el caso de Narciso y el espejo? Hay un más allá del espejo, hay un más allá de Narciso. No es solo este recuadro. Hay todo un paisaje. Hay todo un mundo. Hay qué buscar la llave perdida más allá de donde solo ilumina la lámpara.
Los gobiernos que robaron a los ciudadanos los mismos fondos que les fueron entregados a través de impuestos (hay casos de todas las facciones políticas), ahora voltean a las empresas y establecen sin análisis, criterios de operación empresariales. Entonces, ¿podrían quitarse de las entradas de edificios públicos, los letreros de “Gobierno de la República”, “Gobierno Estatal o “Gobierno Municipal” y colocar anuncios de neón con las marcas que más les apoyan? ¿Es esto un disparate o sirve para reflexionar de dónde se reciben los fondos? ¿A qué costo se hacen estas alianzas? ¿Qué significa que el Estado sea percibido como lo es, como una entidad corrupta que desmerece la confianza de los gobernados? ¿Entonces el Estado operará como el empleado que debe el rescate a empresas que en muchos casos fueron beneficiadas con fondos públicos? ¿Deberíamos rescatar al Estado pero no al Estado neoliberal sino al estado democrático? ¿Cómo?
Lo que tenemos ahora es un Estado debilitado; y ciudadanos sin saber qué es ser ciudadano; ciudadanos que en el mejor de los casos son vistos como compradores, inversores, sujetos de crédito y sobre todo como sujetos de experimentos mercadológicas. Todo eso en lugar de ser sujetos de bienes comunes. Tenemos ciudadanos ignoran que son partícipes, con su trabajo, de la generación del dinero que se les niega para obtener servicios de salud o educativos públicos sólidos. Y son los ciudadanos quienes toman las piedras para cerrar su tumba con ellos adentro, al defender imágenes maquilladas, aclaradas y esbeltas, o bien, políticas expoliadoras.
Ahora que el Estado no tiene recursos, recurre a alianzas en la que se reciben productos que se entregan a los ciudadanos. Publicidad de marcas. Además, en esta contingencia, aprovechando la flaqueza de las arcas, algunos dan “donativos” a cambio de contratos o convenios.
¿Qué haremos cuando el Estado desaparezca? Porque ocurre, lenta y permanentemente con esta forma de gobernar a todos los niveles. Acostumbrémonos a los escenarios comerciales, cada vez más claros, en las políticas gubernamentales.