La defensa es el ataque (crónica de Jesús Peña)

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La defensa es el ataque (crónica de Jesús Peña)

Foto: Vanguardia/Archivo

“Hasta dónde hemos llegado”, me dije cuando vi el póster amarillo pegado en el barandal de la escuela secundaria ”Federico Berrueto”.

Era un cartel que anunciaba unas clases de defensa personal “antiasalto”, “antiviolación”, “antisecuestro”, impartidas por un tal profesor Juan Manuel Sánchez Ochoa, experto en artes marciales.

El curso estaba dirigido a niños y jóvenes, deseosos de entrenarse para salvar su vida en las tremendas calles de Saltillo, que de un tiempo a la fecha se han vuelto harto azarosas y violentas.

Al principio me pareció inverosímil y hasta estrafalario.

Tenía que conocer a aquel señor que instruia en al arte de partir madres a cuantos se acercaran con malas intenciones, en mal plan, como dicen los chavos de ahora.

Un sábado en la tarde me presenté con él en el gimnasio “La Maquinita”, donde el profe Juan Manuel solía juntarse con sus discípulos para el adiestramiento.

Era un hombre alto, moreno, fibroso, de habla relajada, pero contundente, que se había criado en uno de tantos barrios bravos de la Ciudad de México, sin padre, pero con una mamá que valía por dos.

Desde niño había conocido el lado rudo de la calles y por eso fue que a los seis años se metió a entrenar artes marciales cuando a México llegaron los primeros profesores japoneses de karate.

Pero lo que más me impresionó de aquella visita a “La Maquinita”, fueron las historias de los párvulos alumnos del profe Juan Manuel.

La de una niña de 14 años, que se salvó de ser violada tras someter a su agresor con una maroma que lo lanzó por los aires hasta el suelo.

La de un muchacho de secundaria, que de una patada dominó a un pandillero que quiso asaltarlo cuando salía de una farmacia.

Y la de otro chaval, que consiguió zafarse de unos secuestradores usando las técnicas de ofensivas que le enseñó el profe Juan Manuel.

Me sorprendí más de saber que en ese mundo, el mundo del maestro Juan Manuel y sus muchachos, no existen los policías, las Marías piadosas, las hermanitas descalzas ni los ángeles guardianes.

Uno tiene que aprender a defenderse solo en la vida.

¿De veras esas cosas pasan aquí? ¿Hasta dónde hemos llegado?, me quedé pensando.