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La corbata y la mujer

Cosas diversas veremos desaparecer en nuestro tiempo; cosas cuya existencia dábamos por asegurada para siempre. El papel carbón es un ejemplo. El cartero, entrañable personaje, es otro. Desaparecerán los discos en que vemos películas o escuchamos música, y muy posiblemente desaparecerá también el matrimonio que, según se ve, ha entrado ya en vías de extinción.

Me pregunto si igualmente desaparecerá una prenda sin la cual el hombre –me refiero al varón- dejaría de tener uno de los últimos restos de libertad que aún le quedan.

En cierta ocasión un reportero le preguntó a Churchill:

-¿Qué piensa usted, sir Winston, de la teoría según la cual la mujer dominará al hombre en el siglo veintiuno?

Respondió el gran viejo con simulado asombro:

-¿También en ese siglo?

En efecto, de luengo tiempo atrás la mujer mantiene el monopolio de bienes muy valiosos que a los señores nos están vedados. Las mujeres son dueñas de las lágrimas, por mencionar sólo una cosa. Desde niños a nosotros se nos dice: “Los hombres no lloran”. Y entonces no lloramos ni aunque nos den un golpe ahí donde los golpes duelen más. Y ¿qué me dices de la intuición? Se le define como una especie de sexto sentido perteneciente en exclusiva al sexo femenino. Los hombres podemos tener razones, pero intuiciones no.

Y voy al monopolio principal: el del color. Olvidémonos de la amplia gama de colores, los más de ellos desconocidos incluso para Newton, con que nuestras señoras se pintan el cabello, o el rostro, o las uñas de las manos y los pies. Hablemos de los colores de la vestimenta. La gama de colores que nosotros podemos usar en nuestros trajes es de una indigencia lamentable: el negro, el gris, unas cuantas tonalidades de azul o de café. Lo demás se aparta de lo establecido y es excentricidad o extravagancia, atrevimiento u osada novedad. En cambio puedes estar horas en el aeropuerto, o en un centro comercial y aun en la plaza de algún remoto pueblo. Verás cientos o miles de mujeres de todas las edades y de las condiciones todas. Ninguna encontrarás que lleve el mismo atuendo que otra, y en todas sus prendas de vestir, visibles u ocultas a la vista, habrá una serie infinita de colores ante los cuales el espectro del susodicho señor Newton quedará en sosería monocromática.

Por eso temo que desaparezca la corbata. Yo la uso con frecuencia por causa de un atavismo del cual no me puedo liberar. A veces subo a un avión y soy el único que la lleva. Me siento como si trajera peluca empolvada estilo Luis Catorce; gorguera como las que El Greco pintaba en sus personajes; polainas o sombrero de copa. Y he aquí que la corbata es la única prenda de color –me refiero a las prendas exterior- que a los señores nos es permitido lucir. 

Podemos llevar sin desdoro una corbata verde limón, o rosa mexicano, o azul cielo, o amarilla, o anaranjada con pintitas rojas. Vale decir que podemos usar en nuestro atuendo, al menos en esa corta y limitada parte, los mismos colores que muestran en su atavío nuestras compañeras. Todo lo demás es luto, o medio luto.
Que no desaparezca la corbata, pido al Cielo.

Con ella desaparecería algo de lo muy poco de tono femenino que los másculos podemos todavía usar.