La carta de un Rector
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La carta de un Rector
Hace unos días felicité en mi columna nacional al doctor Enrique Graue Wiechers, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México. Elogié su intención de rescatar para los universitarios el Auditorio Justo Sierra, ocupado contra toda ley y toda razón por una caterva de maleantes que lo han convertido en su propiedad particular y han hecho de él una pocilga infecta.
No habían dado aún las 8 de la mañana del día en que esa columna apareció cuando sonó el teléfono de mi casa, que es la tuya. Quien llamaba directamente, sin intervención de secretaria ni de nadie, era el rector Graue. Me dio las gracias por la mención que de él hice en mi artículo, y me ofreció
mantenerme informado del proceso de recuperación del auditorio.
Yo amo profundamente a la UNAM. Si aún se conservan los registros de los años cincuentas del
pasado siglo en ellos habrá quedado constancia de que fui alumno de tres de sus facultades: la de Derecho, la de Ciencias Políticas y la de Filosofía y Letras. En mi juvenil locura por saber “de omni re scibili et quibusdam aliis”, de todas las cosas conocidas, y de algunas más, me inscribí en tres carreras a la vez. Me proponía cursarlas una por la mañana, en el turno vespertino la otra, y la tercera por la noche. Esas carreras eran: Derecho, Diplomacia y Letras Clásicas. Pude cursar solamente un año de las tres. Quizás, aunque me esté mal el decirlo, habría podido con un supremo esfuerzo concluirlas todas: mis calificaciones de primer año fueron buenas en las tres escuelas -también de eso debe haber registro-, pero un súbito quebranto familiar me hizo volver a Saltillo a echar el hombro en la casa. Me desquité obteniendo acá tres títulos: el de abogado en la Escuela de Leyes de la entonces UAdeC, y los de maestro en Lengua y Literatura Españolas, y maestro en Pedagogía y Técnicas de la Educación, en la Escuela Normal Superior. Ahí están las cédulas profesionales, y ahí están los títulos para el que quiera verlos. No estoy presumiendo: estoy dando testimonio personal de que fui aprendiz de todo y ahora soy oficial de nada.
Valieron la pena aquellos años de estudio. Gracias a ellos profesé cátedra en el gloriosísimo Ateneo Fuente; en la querida Facultad de Derecho que creó aquel maestro grande, don Francisco García Cárdenas, y en mi amada Escuela de Ciencias de la Comunicación, que fundé y en la que di mi última clase después de 40 años de maestro. Lo fui también del prestigioso Colegio Ignacio Zaragoza, institución lasallista en la que estuve cuando niño, donde estudiaron después mis cuatro hijos, y a la cual asisten ahora dos de mis nietos.
Pues bien: recibí ayer por servicio de mensajería, con un hermoso libro, una breve misiva del rector de la UNAM. Me dice en ella: “Sólo una palabras para agradecerle nuevamente su artículo. Mucho aprecio la confianza que ha depositado en mí. Aprovecho la ocasión para enviarle un afectuoso abrazo. Enrique Graue Wiechers”. Y luego, escrito de su puño y letra: “Siempre lo leo y lo disfruto. Ya habrá oportunidad para que me dedique sus libros de historia, y el de los abuelitos”.
Ahora soy yo el agradecido con el doctor Graue por su gentileza y su amabilidad.