La capilla, el tiempo y el reloj
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La capilla, el tiempo y el reloj
Preocupación mayor del hombre ha sido el tiempo y la manera en que transcurre llevándose con él vida y fortuna. “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”, dijo el poeta Jorge Manrique. Y como el hombre no pudo detener el tiempo, inventó, desde temprana hora, la forma de medirlo. Primero supo del Sol y de la Luna, y reunió sus intervalos en un día.
Cuando pudo medir el día lo dividió en las horas y a estas en minutos, y a los minutos en segundos. Inventó entonces el reloj, que a la sazón, ha normado su vida y sus quehaceres.
Y reloj han tenido, por costumbre inveterada, los grandiosos templos construidos con la fe del mundo. Así, nuestra Capilla del Santo Cristo tuvo desde el principio su reloj. Un monumento de piedra, al fin reloj de sol, encumbrado todavía hoy en lo alto de la portada, en el remate. Por él y hasta muy entrado el siglo 19, los saltillenses conocieron las horas del día según el astro rey se colara en su carrera por entre sus dos brazos, o conforme iluminaba las diversas caras de su singular cuerpo de cantera. Por él, los campaneros sabían el momento en que debían repicar los bronces, las campanas de la torre, para llamar a maitines, laúdes y vísperas, a los rezos de ánimas o a las oraciones de prima, tercia, sexta y nona, anunciando a fieles y religiosos el divino oficio. Un reloj que jamás se ha detenido, como el tiempo y la preocupación primordial del hombre que se sabe mortal.
Un reloj de sol inspiró un soneto a Armando Fuentes Aguirre, que además de ser cronista de Saltillo, sabe escribir hermosos versos.
Transcribo aquí los dos tercetos: “Reloj de sol, osario fecundo, / vientre que pare el tiempo no llegado,/ esqueleto del tiempo fallecido: / lección de eternidad me has enseñado / al entregarme el Sol petrificado / y el tiempo en peña dura convertido”.
Unos años después de instalado el reloj de piedra, aproximadamente en 1835, siendo gobernador don Rafael Eca y Múzquiz, se añadió a la Capilla otro reloj. Se colocó en la torre uno mecánico, de esos de compleja maquinaria cuyas grandes ruedas dentadas o engranajes accionados por una pesa, hacían girar las manecillas de la carátula, y a ciertos intervalos sonar los carillones o campaniles. Cada cierto tiempo, cuando la pesa caía por efecto de la gravedad, había que subirla de nuevo para iniciar otro ciclo sin que el reloj se detuviera.
En 1910, ese reloj se sustituyó por otro muy fino, marca Lyon, traído de Francia.
Éste era de resorte y había que darle cuerda cada ocho días, hasta que en 1986 se automatizó. Se envió a Zacatlán, Puebla, donde relojeros expertos lo restauraron, electrificaron y sonorizaron. Al regresarlo a su lugar original, hubo de colocarse en las ventanas, enormes cristales protegidos con mallas de acero para resguardarlo de las palomas que allí hacían nido.
El reloj de la Capilla del Santo Cristo ha marcado el latido de la vida de los saltillenses en el centro de la ciudad. Desde el primero que tuvo, el de sol, todavía hoy integrado a la arquitectura del edificio aunque ya nadie sabe interpretarlo, hasta el actual automatizado y con el bello sonido de sus campanadas al marcar las horas, las medias y los cuartos, han regulado las actividades cotidianas de la comunidad que trabaja o vive en sus alrededores. Y hoy, en este nuevo año que comienza, resonando en la plaza de Armas y el Palacio de Gobierno y sus alrededores, el reloj nos recuerda que el tiempo pasa sin detenerse, imposibilitado de perpetuar una noche, de aprehenderse a sí mismo. Dice el cronista en su “Soneto del reloj de sol”: “Patíbulos y aduanas tus esferas, / tasas las horas y las horas cazas. / Aprisionando edades la edad pasas:/ siendo cárcel no admites prisioneras”.