La cajita de música

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La cajita de música

Hay en este mundo objetos que se vuelven entrañables, mientras que otros lo son desde que llegan a nuestras vidas. También en ocasiones, un objeto entrañable de por sí, se vuelve todavía más afectivo por circunstancias ajenas. Así la cajita de música. Algo sucedió que la hizo más hondamente entrañable. Había enmudecido. Hacía tiempo que ya no tocaba la melodía de “Love Story” al levantar su tapa, y no era por el diminuto adminículo que debía soltar la cuerda al alzarla. El pequeño cilindro de metal de su mecanismo ya no giraba, y por tanto, las salientes de su tambor no podían hacer vibrar las puntas de las laminillas del peine metálico fijado enfrente del cilindro. Inmóviles, las laminillas ya no producían ningún sonido, ninguna melodía. Los engranes que movían el cilindro ahora permanecían quietos, así la cajita tuviese toda la cuerda enrollada en la llave. Por alguna razón, la tirilla de lámina de la cuerda ya no accionaba el mecanismo, y la cajita se volvió silenciosa.

Hay en algunas cosas un encanto que embruja. El interior de la cajita está dividido en dos espacios iguales. Uno libre, destinado para guardar cosas pequeñas. El otro contiene el mecanismo del cual brota la melodía, originalmente protegido por un cristal de modo que dejaba ver su funcionamiento. Nunca supe en qué momento aquel cristal se perdió. El caso es que aquella pequeña máquina de hacer música, siempre visible, ejercía una atracción irremediable en los niños. Sus juegos eran interrumpidos casi cada vez que pasaban junto al tocador para detenerse a levantar la tapa de la cajita de música y ver fijamente cómo las salientes del cilindro rotatorio atrapaban y liberaban las laminillas del peine, y cómo de aquella vibración surgían los sonidos de la melodía. Aun después de que se negara a liberar la música guardada en sus entrañas, la cajita seguía ejerciendo irresistible atracción en los niños. Su infinita curiosidad les llevaba a abrirla una y otra vez, con la esperanza de volver a escuchar, y “ver”, literalmente, sus sonidos.

El tiempo pasó y un día, en el silencio de la casa, oí las notas melodiosas de “Love Story”. Me acerqué al tocador y me conmovió la escena: mi nieta más pequeña, Mónica, entonces de unos cinco años, tenía abierta la cajita de música y estaba ensimismada dándole vueltas al cilindro con unas pinzas de las cejas, y lo hacía de manera que la melodía de la canción no se distorsionaba, a lo más y por periodos breves, aumentaba la velocidad de las notas. Ella, Mónica, acostumbraba abrir la cajita, pero nunca antes había escuchado su música, ausente desde antes de que ella viniera al mundo. Su particular interés y su especial curiosidad de niña le hicieron adivinar el funcionamiento de aquel diminuto mecanismo. Desde entonces, y a pesar de la falta del cerrojo para silenciar la música al cerrar la tapa, o la ausencia del cristal protector, la cajita ha vuelto a tocar “Love Story”, y lo hace tantas veces como se le dé cuerda. Al cilindro le bastaron la inteligencia y las mágicas manos de una niña para girar y girar a voluntad de la pequeña, hasta que el resto de los componentes se alineó para obedecer a la cuerda.

Mónica creció. Ya no le da cuerda a la cajita de música cada vez que pasa junto al tocador, sólo de vez en cuando. A veces, yo le doy cuerda y me sorprendo embelesada mirando funcionar su mecanismo. La canción me remite a la película de los años setenta basada en la novela de Erich Seagal, “Love Story”, uno de los más grandes dramas románticos de todos los tiempos. Ali MacGraw y Ryan O’Neal protagonizaron la triste historia cuya doble lección de amor nos hacía llorar a mares a los jóvenes de entonces. La película termina con la frase: “Amar significa nunca tener que decir perdón”, muy propia para recordar este día del Amor y la Amistad.