Kafkiana
Usted está aquí
Kafkiana
…allí el estruendo se escucha
de amotinada ciudad,
carcajadas, orgías, brindis,
y maldecir y jurar…
José de Espronceda
Un trámite, un mero trámite burocrático puede abrir ante nosotros las puertas de la percepción. Que nadie dude de este insospechado portento.
Prepararse psicológicamente, reunir los papeles, levantarse muy temprano, atravesar la ciudad de un extremo a otro en medio de una multitud que hace pensar en la fogosidad erótica de los mexicanos, subir y bajar a empujones del colectivo, dar con la dependencia oficial, uf.
Unas cuantas líneas para resumir horas de sacrificio urbano, de irresponsabilidad civil y de angustia óntica. Todo pudo resolverse abordando un taxi, pero rentar un taxi para hacer un viaje de esa extensión es un lujo que no puede darse uno, que no debe darse.
Uno es, después de todo y por muy artista que se suponga, un ser humano común y corriente, un ciudadano corriente y común. ¿Por qué tendría que recibir un trato distinto del de cualquier otro nativo de México? ¿Por qué mimarse uno abordando taxis innecesarios y matando el tiempo en un restaurante caro mientras llega el turno, el 113?
Sí, el turno 113. Y apenas va en el 38… “Puede ir a dar una vuelta y regresar más tarde. Puede ir a comer algo, si quiere… Pero tampoco tarde tanto porque si se le pasa el turno, tiene que volver a la fila…”, dice una chica de amable sonrisa.
La inmensidad del centro comercial en que se encuentra la dependencia, los enormes y ondulantes puentes peatonales, los miles de autos aparcados en los estacionamientos más los que transitan apretadamente por la avenida: todo recuerda a una novela de ciencia ficción adaptada al cine. Puro realismo, realismo siniestro.
En torno de uno, todo es una muchedumbre que asoma sus caras a pantallas celulares. Casi nadie habla con nadie, salvo un mendigo que suplica sin respuesta o una vendedora que ofrece sus productos artesanales justo frente a las inmensas puertas principales de un supermercado trasnacional, protagonista de esta plaza “outlet”.
Dentro y fuera, todo es vértigo, chicos que corren hacia los camiones colectivos –sin quitar la vista de sus pantallas celulares-, jóvenes, señoras y hombres de negocios, supongo. Todos tienen prisa, mucha prisa. La camiseta roja del uniforme de un colegio cercano inunda el campo de visión. Debe de ser la hora de la salida o la salida. ¿La una y media de la tarde? ¿Tan pronto?
Prefiero regresar al módulo oficial y esperar el turno. Por lo visto, habrá que perder casi toda la tarde. La fila para solicitar información sigue ahí pero con otras personas y adentro todas las sillas siguen ocupadas por pacientes ciudadanos. -¿Qué hago aquí?
“…desde los albores de las civilizaciones –leo en “Breve Historia del Tiempo”, de Hawking-, no nos hemos conformado con contemplar acontecimientos inconexos e inexplicables, sino que hemos forjado una comprensión del orden subyacente del mundo. Actualmente, aún nos esforzamos por saber por qué estamos aquí y de dónde venimos realmente…”
“¡Sesenta y ocho!”, grita varias veces uno de los que atienden el módulo. Sesenta y ocho, repito para mis adentros. Qué número. Logro sentarme en una de las sillas de la sala, pero debo atravesar media hilera, como antes se hacía en el cine. Hasta cierto punto, Hawking es un consuelo. Parece imposible que lo sea, especialmente en tales circunstancias, pero al menos una voz habla desde la multitud humana y celeste.
Los números van sucediéndose, como las horas, como el tiempo. “El profundísimo deseo de la humanidad de conocer es justificación suficiente para proseguir nuestra investigación. Y nuestro objetivo es nada menos que una descripción completa del universo en que vivimos.”
Dos teorías: la de la relatividad y la de la mecánica cuántica. Ambas incompatibles, dice Hawking. Los números siguen anunciándose en voz alta. Estoy cada vez más cerca de mi turno. Articulo una frase espontánea: “Demasiado lento…”, digo en voz baja.
A mi lado, un señor me mira, me sonríe: “Aproveche el tiempo para pensar en usted mismo o en cosas importantes. Siempre nos quejamos de que no tenemos el tiempo suficiente. Éstos son los momentos en que podemos hacerlo, ¿no le parece? Eso es lo que pienso…”, me dijo.
Conversamos un rato acerca de eso. Todo iba bien hasta que empezó a adoctrinarme: “Los caminos del Señor son inescrutables, ¿sabe? Estas horas que parecen perdidas, en realidad son muy valiosas… Usted se ve como una persona que ha pensado en estas cosas…”.
Llegó su turno y se retiró dándome su nombre con la misma sonrisa etimológica: “Andrés”. Recordé que Hawking coloca un signo de interrogación en el lugar de Dios. Es decir, ni niega ni afirma la existencia de un Ser Superior que creó todo esto en el origen de los tiempos.
Y en la insignificante relatividad de mi propia vida, acudí al llamado –el 113- y regresé a casa entre la ingente multitud, la congestión vial y las miles de pantallas celulares que reflejaban rostros ensimismados.