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Joaquín Sabina: El viejo indecente se confiesa en Monterrey
De joven incendiario de viejo bombero. Con manguera en mano, Joaquín Sabina llegó a Monterrey a mitigar el intenso fuego de su leyenda. Resulta que el santo patrón de los amores contrariados está cansado y vino a colgar la capa.
Sucede que a este héroe del arrabal, a esta doliente rocola de cantina, este farol de callejones oscuros, este Bukowski con guitarra, esta farmacia abierta las 24 horas, a este juglar convertido en bandido que va siempre a salto de mata, el caballo se le cansó. Y aunque aún no se le acaba la fuerza de la mano izquierda, ni está tan desesperado para soltar la rienda, este hábil jinete entiende las señales de ese entrañable “cuaco” que va cojeando de la pata izquierda y está dispuesto a darle tregua.
Joaquín no vino a decir adiós, pero si a avisar que está tramitando su retiro. Nos duele en el alma, pero esta es la primera, primera llamada. Hay quienes no le creen, también hay quienes no le queremos creer, los que esperamos que su nunca si esconda un ojalá, que ese ciego, nuestro ciego, si mire para atrás. Por lo pronto lo tenemos ahí, sobre el escenario, tratando de apagar, con este disco, con esta gira, con este concierto, el fuego que de forma inocente un día encendió, pero que hoy está fuera de control arrasando con casas, colonias, pueblos, ciudades, países…
El público ni se inmuta con el escenario en llamas. Lo que no sabe Joaquín es que en esta sucursal del infierno que es Monterrey, acostumbrados a los 40 grados a la sombra, cuando vemos fuego, sonreímos, ponemos a enfriar la cheve y sólo pensamos en una cosa: en carne asada. Y si ya el fuego está prendido y estamos rodeados de los amigos del alma, de amores de segunda y tercera mano, solo hace falta algo, poner a todo volumen, así, como que no quiere la cosa, la música de Joaquinito. Y uno que es princeso, ya sabe cómo va a terminar esta suave parranda: Entre la cirrosis y la sobredosis o cómo decimos acá en el norte a ritmo del acordeón, arrastrando la cobija y ensuciando el apellido.
Y ahí está arriba del escenario el muy cabrón, amenazándonos que anda en las últimas, que si las dolencias y los achaques propios de la edad, se tira para que lo levantemos, y aunque de la mano de Chavela Vargas se bebió todo el tequila del mundo, cuando llega la cuenta lo niega todo, incluso la verdad. Pero a este tierno suicida con la soga en el cuello, nadie le quiere sacar el banquillo, a este Judas nadie le quiere prender un cerillo. Y aunque viene con la cola entre las patas a este Cristo nadie lo quiere crucificar.
Quizá Joaquín es sincero, quizá quiere ponerle el punto final de los finales a su testamento. Lo que él no sabe es que se ha convertido en una religión y lo que tampoco sabe es que aunque el profeta se eleve al cielo y se siente a la derecha del padre (Cohen, Petty, Bowie, Cale), acá abajo, en el infierno, las alabanzas no van a dejar de sonar y menos si fueron compuestas por él. Pero no nos adelantemos, antes de que todo eso suceda, a este gato sin dueño, lo pillamos arriba del escenario y no lo dejaremos bajar por lo menos en dos horas. Y si se quiere sentar en el banquillo de los acusados, que lo haga sobre el entarimado. Enfrente tendrá a 17 mil almas que atestiguaremos con agrado como reniega de su pasado, cómo vuelve a sus viejas hazañas, sin saberlo nos hará la noche con la crónica fiel de sus andanzas nocturnas, con los pormenores de sus tropelías. Él no lo sabe, pero con su mea culpa y sus golpes de pecho sólo logrará que tallemos en piedra la primera de sus enseñanzas: “Las malas compañías son las mejores”. De sus diez mandamientos, este será el onceavo.
Sus primer gracias fue quitarse el bombín y abrir los brazos como Cristo, como Chavela para recibir su primera ovación de un público siempre fiel, de su grey que no abandona su curandero. Y ante ese recibimiento una declaración: “Si hay que elegir, entre el norte y el sur, entre este maldito muro, esa frontera que quiere imponer el Pato Donald que es Trump, ya saben qué lado elijo”. ¿Cómo no aplaudirlo?
Joaquín sabe lo que trae en el morral y llegó al entarimado con los zapatos manchados de lodo a negarlo todo. Ahí parado, vestido casi de Púrpura, emulando a Prince, reconoció que es muchas cosas, pero no una puta caricatura. Joaquín lanzó por la ventana los trofeos, las placas y las etiquetas. Él no es el profeta del vicio, ni rey de los suburbios, ni el Dylan español. Él se caga en los titulares, en los adjetivos, se mira al espejo y se saca la lengua, el muy cínico se burla de sí mismo y de lo que representa. Y aunque este tema parece su testamento, no tan deprisa que el abajo firmante aún no ha quemado las naves. Es más, esta gira, este disco debería tener un epílogo de nuestro Jorge Ibargüengoitia: “Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, es un cándido, y quien creyó que todo fue en broma, es un imbécil”.
Y así sigue con “Quién más, quién Menos”, el tema que lo lleva de la mano a asomarse al precipicio. La lección está dada, pero nadie escarmienta en cabeza ajena y Joaquín no da paso atrás y se avienta al vacío. Que le puede pasar a alguien que tiene doctorado en tomarse a sí mismo como rehén y que mientras va cayendo va entonando eso que todo coreamos: “Pero yo fui más lejos, metí un palo en la rueda de la fortuna, bajé al sótano en busca de un mal consejo, usé tus puñaladas como vacuna”.
Ausente de la noche, pero presente en el imaginario, “Postdata”, una rola quizá susurrada por un mexicano y cuyo ‘lyric video’ está ambientado con calaveritas y es que no hay más muerte que el exceso de felicidad doméstica, poner por escrito los deberes del corazón, y todo para que al final salga a flote una verdad: “ni tú eras para tanto, ni yo era para ti”.
¿Qué estoy haciendo aquí? No, no es la Trevi que pisó el escenario el sábado haciéndose la misma pregunta, es Sabina que se divierte vendiendo rimas, que mata las horas juntando palabras, jugando a nombrar las cosas, a ser Dios. Un mesías tropical que no quiere protagonismo, que es feliz con dos latas en la nevera, y que pide que borren su cara de la receta del ganador y ya por último un favorcito: que cosan su estrella en la bandera de desertor.
Con “Lágrimas de mármol” el Joaco ve los toros desde la barrera, pues ya no va de fiesta por el puto miedo a que le toque bailar con la más fea, porque está de más decirlo, pero esa nariz ya solo la usa para respirar. Pero no, no se equivoquen, esto no es una queja, es un grito de guerra, una celebración, es la bandera ondeando del superviviente, ese que como diría García Márquez: vivió para contarla.
Y es que las pesadas giras lejos de la familia, la patria y los amigos, hicieron que se agenciara unos nuevos y es que en Monterrey, Joaquín lo dice muy claro ante esa multitud que funge como interventor de gobernación: “Aquí me siento en casa, además México fue el país que me acercó al genio de Macondo, aquí me hice amigo del Gabo”.
Es verdad, aquí, en esta país, Sabina cae en blandito, aquí jamás habitará el olvido, aquí nadie lo abandonará como lo hizo esa mujer, que traía ojeras malvas y barro en el tacón, esa que lo dejó en los huesos cuando se perdió en la multitud de la gran vía. ¿Y saben que es lo peor de todo? El público sí, y no teme gritarlo: “Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen muchos sentido”.
Y cómo él forma parte de un grupo, en el que todos tienen mejor voz que el cantante, cuando le llega el turno a “Los Domingos Siempre Acaban Mal” prefiere cederle la palabra a su guitarrista de lujo Jaime Asúa con un tema con el que le arranca hojas a un calendario que va con prisas, y en el que anota los días que son de alquilar el corazón, de repartir un poco de dolor, de ponerle bozal a la conciencia. Con “Hace Tiempo que No” ahora le suelta el micrófono a Marita Barros y claro, le hace segunda con eso de que a ella tampoco las discotecas le dan la razón, ni el tiempo gira a su alrededor, y lo peor, se pone leonina parafraseando a nuestra Lupita con eso de que “hace tiempo que no siente nada al hacerlo contigo”.
Hasta ahí casi todo es novedad, hasta ahí el nuevo testamento de este niño Fidencio que cura las dolencias del “cora” sumergiéndonos en el agua puerca de sus canciones. Ahora viene lo mejor, darle de reversa a las páginas del libro de su vida, volar al viejo testamento, ir al génesis, cuando se hizo la luz y el verbo se hizo carne y si alguien sabe de verbo, es ese que tenemos en frente.
Y así, como un Adán con las dos costillas rotas, llega el Joaquín que nos encanta, el que no es de lágrima fácil, el viejo verde que mete la mano en la falda corta de la vida, el pianista de burdel, el sultán en un harem, ese que, dueño de un cabaret, se conserva en alcohol y aunque le gusta probar otros nombres, si le dan a elegir, entre todas la vidas el escoge : “La del pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo”. Nuestro Pancho Varona está al micrófono y todos de pie aplaudimos y le hacemos segunda al compañero de batallas de esa cabra que, aunque redimida, siempre tira pal’ monte.
Y maldita sea, dejó de frecuentar a las Magdalenas. Y si que es una lástima, porque esas visitas le agenciaron un himno a la altura de esas mujeres de moral despistada. Estas notas del piano llenas de ternura son para ellas, las vendedoras de caricias que saben de comercio justo. Esas chicas de saldo y esquina que no te roban el alma, ni la dignidad, ni la billetera, ni te atan los pies, ni te cortan las alas, ni te endosan los besos. Este es un poema para esas mujeres que pagando al contado te responden con besos. Estos acordes aparcaron en unas caderas y se bajan con sigilo porque se trata de regresarles el favor, de levantarles monumento, de ponerle casa a ese corazón de cinco estrellas. Esa voz desgarrada sabe lo que dice y lo dice tan bien, que ya quisiera la María Bonita con todo y su Agustín Lara. Esto es para la puta más célebre de la historia, esa que al verla, hasta el hijo de un Dios se fue con ella y saben que fue lo mejor: que nunca le cobré, digo, que nunca le cobró La Magdalena. Lo mío, digo, lo de ella si era amor de verdad.
Y si el piano estaba apachurrado, con “Yo me Bajo en Atocha” se puso a berrear y aventó las de cocodrilo. Perdón por el atrevimiento, yo se que Saltillo no es Madrid, pero este himno a la Madre Patria hace viajar al primer amor, ese que a muchos nos ha dejado con la miel en los labios y escarcha en el pelo. Ese que no fue, pero que traemos clavado como una espina. Dicen por ahí que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Pero para los males del alma y los temperamentos melancólicos, no hay Naproxeno que valga la pena, para eso está él, nuestro poeta del vicio con un repertorio para llorar a manos llenas y el alma doliente de quien esto escribe, escogió, no sé por qué, dedicarle “yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid”.
Está de más decirlo, si gusta sálteselo, pero mi único viaje a Europa ha sido a Madrid. Al llegar a aeropuerto tomé el metro, me puse los audífonos y repetí esta canción hasta que las puertas se abrieron y claro, me bajé en Atocha. Al llegar le dije a Kowanin, mi acompañante y una amiga a la que no dejo de extrañar: “Ya me puedo regresar a México”. Pero no, aún me faltaba algo, ir corriendo al Prado a resolver una intriga: Preguntarle a la Maja Vestida por qué no se deja besar.
Y de ese trance hipnótico solo salgo al escuchar el rasgueo de guitarra que celebra a la dama del poncho rojo, pelo de plata y carne morena. Ella, la mujer que inició a Sabina en el tequila y los giros negros en México: esa con el que cantante tiene dos cosas en común: que los dos fueron muy borrachos y muy mujeriegos. Chavela recorrió España cantando y, bragada como era, se echó al país entero a la bolsa y cómo no, si llevaba el repertorio sufriente de su cuatacho José Alfredo. Cuenta la leyenda que cuando conoció a Joaquín ella le dijo que vivía en el callejón de los sueños rotos y él que en al aire las compone, le prometió hacerle una canción y qué canción. Ahí está toda la Arena Monterrey con la mano en el corazón y la mirada en alto, así es como se le debe cantar y rendir tributo a La Vargas, esa que a los desconsolados nos abrió sus brazos y arropándonos con su poncho nos susurró al oído: “Ojalá que te vaya bonito, ojalá que se acaben tus penas”.
Seguro que el flaco sucumbió a su encanto cuando le escuchó con su voz aguardientosa eso de “Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores, otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores”. Así, cómo no componerle un himno a la chamana, a la bruja mayor, a la mujer que se tomó todo el tequila del mundo, a la que entró a los infiernos y regreso para cantárnolo. Así que ya entrados en ambiente, cómo no corear a todo pulmón: “Las amarguras no son amargas, cuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo”.
Y llega el momento cúspide del concierto, de revivir ese melodrama que muchos llevamos clavado. Y aunque hemos tratado de enterrar y tapiar, es una herida que siempre late. En este culebrón Marita Barros representa a la parte afectada, esa que de rodillas y con el corazón en los huesos, entona con todo el doliente flamenco que corre por su venas: “Me lo dijeron mil veces, pero nunca quise poner atención. Cuando llegaron los llantos ya estabas muy dentro de mi corazón. Eres mi vida y mi muerte, te lo juro compañero. No debía de quererte, no debía de quererte... y sin embargo, te quiero”.
Y ahí entra el cabrón de Sabina, quien en esta telenovela personifica al patán, ese que se va por los tejados como un gato sin dueño. Ese que cuando tiene que decir los votos lo hace pero a su manera, con una verdad, que aunque verdad, no deja de calar: “De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera, por ti la vida entera, y sin embargo un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera”.
Y este drama poliamoroso suena bastante bien cuando lo cantas y pues, perdón por la comparación, pero tú lo trajiste al concierto, eso de felices los cuatro solo le sale bien a Maluma. No estás tú para saberlo mi Joaquincito, pero si supieras que yo muy orondo se la cantaba a ya sabes quién.. Porque claro, yo era #TeamSabina y el #TeamBarros, pues me daba ternurita. Bueno, eso hasta que el muy pu…, ¿sabes lo qué hizo el muy pu?, en un descuido me cambió el guión y lo peor me cambió al personaje, y lo que para mí era una ficción, un simple alarde porque este galán de rancho con polio, ese Pedro Infante con labio leporino que era yo, estaba bien enamorao y la verdad me tenían bien torcido y digamos que el papel de cabrón solo me salía con tus canciones. Y hablando de tus canciones, él escenificó esta que estás entonando, pero en mi propia jeta. Apenas me descuidaba y me cambiaba por cualquiera que se pareciera a mí, bueno supongo que con unos centímetros de más. Pero sabes que es lo peor de todo, que el muy cabrón me regaló este boleto por parida doble porque supone que no tengo con quien venir. Y además lo hizo para ponerme a prueba, para comprobar si llegándose este momento yo iba a levantar el teléfono para hablarle y ¿sabes que pinshi Joaquin? Eso, hice, ya sé, no tengo "juerza" de voluntá y ahí estaba enfrente de ti cantándole a todo pulmón: “Y me envenenan los besos que voy dando y sin embargo cuando duermo sin ti, contigo sueño”. Cómo nos encanta echarle sal a la herida, y tú cuánto daño has hecho con esta canción, cuántos monstruos has creado.
¿Y que le sigue a ese derrumbe emociona? Pues limpiarse las lágrimas y refugiarse en el “ruido”. Pero no tan de prisa, a dónde podemos huir que no nos alcance los dardos de Joaquín, quien nos receta otra historia de amor que termina en números rojos. Qué más drama que unos besos que no saben a nada, que huracán más destructor que una epidemia de tristeza en la ciudad. Una historia de amor a la que se le metió el ruido y con el ruido llegó el veneno y las amenazas y los vidrios rotos y los abogados y la cueva del olvido. Y al final se apagaron los latidos “y hubo tanto ruido, que al final llegó el final”.
Y luego del bajón, a escarbar más hondo con “Peces de ciudad”. Si Joaquín supiera que a estas alturas muchos de los presentes llevamos un tigre aprisionado en el pecho que nos araña porque quiere salir huyendo de la tortura de este repertorio. Y es que si Chavela Vargas nos enseñó que uno siempre vuelve a los mismos sitios donde amó la vida y bajo esa consigna venimos en peregrinación a ese lugar, a esta misa de cuerpo presente.
Al Flaco de Úbeda le gusta cambiar la jugada y sobre el escenario nos gritas sin ningún tacto, cuando estamos suspirando y los celulares encendidos en señal de que están prendidas las luces en el alma, “que al lugar donde fuiste feliz no debieras jamás de volver”. Demasiado tarde. Ya estamos aquí y esa mano no está en mi mano y en mis labios el “no te quiero querer” sale con fuerza desde los más profundo cuando coreo junto a una Arena de rodillas “Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel, por mis sueños va, ligero de equipaje sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje. Luciendo los tatuajes, de un pasado bucanero, de un velero al abordaje… de un no te quiero querer”.
Y luego viene el reproche al unísono al compositor, de nosotros, Los Peces de Ciudad, que buceamos al ras del suelo y perdimos las agallas en una playa sin mar: “Y cómo huir. Cuando no quedan Islas para naufragar,al país donde los sabios se retiran del agravio de buscar labios que sacan de quicio, mentiras que ganan juicios”. A estas alturas con una sonrisa de oreja a oreja y con esta canción en la bolsa, me digo a mi mismo, esto ya se puede acabar, yo me iría feliz.
Pero con un bateador estrella como Joaquín, la fiesta no termina nunca y llega su oda al desamor. La canción que le valió una gira completa y que le sumó millones de seguidores en todo el mundo y todo porque le puso letra y música a eso que Neruda ejemplificó en una pequeña estrofa: “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Con “19 días y 500 noches” este cronista de los bajos fondos le quitó adeptos a los psicólogos, a los terapeutas y nos levantó del diván diciendo, bueno cantando, “Pablo, levántate y anda”. Y así fue, si su temas anteriores era meter el dedo en la yaga y echarle sal a la herida, con esta presumimos, que le taloneamos y le sufrimos para olvidar, pero esa cuenta ya está saldada. Si esto fuera un alcohólicos anónimos masivo, nada más faltaría que Joaquín nos pidiera tomarnos de las manos y todos juntos enunciáramos, a todo pulmón, un “¡ánimo!”. Y ya recuperados, volver a caer, porque esto de la rehabilitación es sólo por hoy, porque con esta canción otra vez echamos las redes a la memoria y nos acordamos de la susodicha o el susodicho, esa, ese que esta vez queríamos querer y ella no. Y que difícil volver a la maldición del cajón sin su ropa. Pero a esa, a ese, al que ni vale la pena pedirle perdón, “para qué, si nos va a perdonar porque ya no le importa”, que chulada gritarle fuerte, muy fuerte, con una tierna rabia: “Siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta”.
Pero no cantemos victoria, dar portazos y dejaron con un signo de interrogación sólo le sale bien a ella, esa que entro a nuestras vidas para decirnos hola y adiós. Y aunque nos fuimos a volar a otro cielo, sabemos que ella dejó su jaula abierta y quizá otro gorrión caiga y así hasta el infinito, seguramente él, la nueva víctima, vendrá al siguiente concierto de sabina a cantar eso de: “Tanto la quería que tardé en aprender a olvidarla, diecinueve días quinientas noches”.
Con “A la orilla de la Chimenea” le da la batuta a Antonio García de Diego, quien se pone cursi y está bien, porque ya basta de cantinas, de lodo, de centros de rehabilitación, de terapia y psiquiatras. Ahora se trata de aventar suspiro, de soñar, de conquistar, aunque luego sea la misma historia, aunque luego los números no cuadren. Pero hoy se trata de lanzar anzuelos y esperar a que pique: “Puedo ponerme digno y decir, toma mi dirección, cuando te hartes de amores baratos de un rato me llamas”.
Con “Seis de la mañana” Joaquín huye del escenario antes de ponerse “godín” y hacerle reproches a los lunes, a los días de tedio laboral. Pero vuelve con unos acordes que por fin pone de pie a un público pijo, bien peinadito y perfumado, pero pasmado y ñoño. Quizá, solo quizá, es porque están hipnotizados, quizá no dan crédito y por eso se han levantado muy poco de sus asientos.
Pero esta, al menos en la parte baja, se corea de pie: “Que el maquillaje no apague tu risa, que el equipaje no lastre tus alas, que el calendario no venga con prisas, que el diccionario detenga las balas”. “Y que dejen de matar de una puta vez”, agregó hace años sobre el escenario Joaquín, pues tenía como telón de fondo la muerte a Valentín Elizalde, a quien el narco acribilló. Pero esta vez, este almibarado tema no se manchó de sangre y dio pie a que los teléfonos en retahíla lanzaran llamadas con dedicatoria, al fin que el corazón nunca pasa de moda y ya entrados en materia, así como no queriendo la cosa, las parejas, las nuevas y las viejas, juntan sus labios y luego cruzan los dedos, para que saliendo no esté cerrado el motel, digo, el bar de la esquina.
Y sabemos que el fin está cerca porque ya nos dieron las diez y las once y las doce. Y porque todos tenemos una sonrisa de oreja a oreja porque cómo nos marcan esos amores fantasmas, esas aves de paso que después de llevarte al cielo, hacen mutis y no te contestan la llamada.
Y llega el momento de las chicas fatal, de las Barbies que no esperan un anillo, ni noches de boda, de las que prefieren una caguama, un pasón, las que no se ponen los moños para echar un polvo y pasan y se cagan encima de todo, porque lo de ellas no son los discursos feministas, lo de ellas es la cirrosis y la sobredosis. Esas que cuando el vato cursi las quiere aprisionar ellas se ríen y se “carcajian” y lo dejan ahí mientras llora diciendo lo mismo de siempre: “Ya no te tengo miedo, nena, pero no puedo seguirte en tu viaje. Cuántas veces hubiera dado la vida entera porque tú me pidieras llevarte el equipaje”.
Y llega la hora de decir adiós, pero no tan de prisa porque el muerto que no está tan muerto, el hombre ese que porometió retirarse a los 40 y ya va casi en los 70, ese, nuestro Mick Jagger nixtamalizado, nuestro Leonard Cohen tropical tiene un as bajo la manga y se llama “Contigo”. Ese que te alerta para que no te compren con menos de nada y no te vendan amor sin espinas. Esa canción que Joaquín quiso convertir en su más grande canción de amor y lo consiguió porque dejó fuera los contratos con letras chiquitas y despidió a los abogados y se brincó los catorces de febrero, la lágrima fácil y el cumpleaños feliz. Esa canción que se orina encima de la dicha doméstica y que apuesta a una sola cosa, a que esa muchacha, o ese muchacho, ese Henru de ojos tristes “siempre muera por ti”.
“Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren” canta Sabina ataviado con un sombrero vaquero, esos que no se vieron en su su concierto, porque aquí no caben los guaripudos, un lástima porque a este concierto le faltó pueblo y le sobró corbata. Pero nuestro entrañable “viejo verde”, el incendiario, el rebelde, el anarquista, al que se le llena la boca de libertad y justicia no tiene la culpa de los buenos gustos de los políticos y pillos que llegaron a cantarlo en primera fila. Pero bueno, ahí estaba esa inmensa mayoría, nosotros, la plebe que juntamos morralla y desfalcamos ahorros para hacerle segunda voz.
Y a calentar garganta porque porque viene la del estribo, la que le pondrá el punto final de los finales a esta suave parranda. Y aunque el abajo firmante llegó de capa caída e inició el concierto con un aire de despedida y de desprecio por las medallas que se le cuelgan, este San Benito nos practicará un exorcismo, pero no para erradicar al demonio, sino para exaltarlo, para sacarlo a pasear, porque “Pastillas para no Soñar” es un carpe diem, un grito de guerra, una invitación al dulce placer de lo prohibido. A estas alturas, nuestro poeta suena a Walt Whitman y sus sonetos son un canto a sí mismo. Este tema se vuelve una linterna que le dirige su luz a esa parte oscura que en voz de Sabina se vuelve luminosa, un recetario para pasarla poca madre, así con tosas sus letras. Aquí no cabe el miedo, ni la precaución, ni la inmortalidad, ni los buenos modales ni la sanidad. Aquí se trata de meter el acelerador a fondo, de enlodarte, tomar riesgos y vivir la vida.
Este definitivamente no fue un concierto de despedida, lo de Joaquín es puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro. Sabina no vino a decir adiós, ni vino a renegar de sí mismo, ni de su leyenda, lo suyo es una clara impostura, porque los que estuvimos ahí, lo que presenciamos fue el hallazgo de cómo este hombre de moral despistada llega con todas sus facultades y con honores a rabo verde. Ya lo había dicho, lo suyo, los suyo era envejecer sin dignidad y lo logró. Porque este hijo de puta, y lo digo con todo el amor que encierra la frase, llegó a poner su bandera por encima de las buenas costumbres, solo para dejarnos claro a nosotros, los seguidores de su culto, los que levantamos su iglesia, los que le prendemos veladora, que su onceavo mandamiento nos lo debemos tatuar: “Las malas compañías son las mejores”. A partir de hoy no se sorprenda estimado lector que agarremos nuestro Atalaya Sabinero y vayamos por las calles predicando su palabra, compartiendo su evangelio.
¿Y cómo termina este culto? Con la locura de su grey que se tira al piso inundados de su presencia mientras cantan como poseídos eso de: "Si lo que quieres es vivir cien años, no pruebes los licores del placer. Si eres alérgico a los desengaños, olvídate de esa mujer. Compra una máscara antigás, manténte dentro de la ley, si lo que quieres es vivir cien años… No vivas como vivo yo”.
Así que de momento, nada de adiós muchachos, que hay Sabina para rato. Y a quienes lo andan zopiloteando, que esperen sentados, porque nuestro Joaco cada noche se inventa, todavía se emborracha, "tan joven y tan viejo, like a rolling stone". ¡No te mueras nunca Joaquín!