Indios y banderas en el frío

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Indios y banderas en el frío

Los últimos días de enero, concretamente el miércoles 27, nuestra ciudad sintió la crudeza de la temporada invernal con una humedad penetrante y la caída por varias horas de eso que los meteorólogos llaman ahora “aguanieve”, y que nosotros conocíamos sencillamente como candelilla o grajea. El frío continuó el jueves, y a partir del viernes empezó a subir el termómetro para llegar el domingo a más de 30 grados. Increíble.

Yo recuerdo que de niños regresábamos de la escuela en las heladas tardes invernales sin sentir los pies, con los zapatos húmedos y las calcetas a punto del congelamiento. En aquel tiempo, las niñas usábamos un escueto uniforme colegial de faldita, el mismo para el verano y el invierno, y calcetas sólo hasta abajo de las rodillas. No había entonces ropa térmica ni la variedad de materiales de hoy para confeccionarla. 

¡Bendito sea Dios! El único adelanto de la industria del vestido era el material llamado “nylon”, con el que se confeccionaba la ropa interior, las calcetas y calcetines. 
Aquel resistente material, frío como el hielo en el invierno y muy caliente en el verano, vino a dar un descanso a las mamás, cansadas de zurcir una y otra vez los calcetines de algodón de su numerosa prole.

En 1886, don Esteban L. Portillo publicó su “Anuario Coahuilense”. A 130 años de distancia, ese afortunado libro se ha vuelto indispensable en la consulta sobre su época. Por ejemplo, ¿sabía usted que en ese año Saltillo tenía sólo 25 mil habitantes? Movida por la curiosidad de lo que pudiera decir respecto a fríos inviernos, abrí sus páginas en días pasados y leí: “La extraña configuración del terreno del Estado, y su distancia del Polo hacia el Ecuador, su mayor o menor elevación sobre el nivel del mar, es lo que realmente viene a determinar la variedad de su clima, haciendo que lugares situados a una misma latitud y a muy corta distancia unos de otros, se encuentren bajo la influencia de distintos climas”. A éstos los clasifica en tres: “tierras frías, tierras templadas y tierra calientes”, y dice que las primeras son las que están a una altura de 2 mil metros o más sobre el nivel del mar, las templadas entre mil y 2 mil y las calientes a menos de mil metros de altura.

Como yo esperaba más, mi curiosidad insatisfecha me llevó a las últimas páginas, en las que se encuentra un curioso calendario donde el autor consignó el santoral y algunas efemérides. De estas últimas transcribo dos del mes de enero: “1841. Al sur de la Fábrica La Labradora fueron asesinados por una partida de indios los Sres. Lic. José Ma. Goríbar, Andrés Flores, Francisco Aguirre, Juan Rodríguez, Antonio Ma. Pérez, Crisanto Morales y Agapito Sánchez”; “1867. A las cuatro de la tarde fue presentada en la Plaza de Armas al 1er. Batallón de Coahuila la bandera que bordaron las Sritas. Refugio Carbajal, Mariana Rodríguez, Dolores García Carrillo y Luisa López del Bosque. El Gobernador del Estado, D. Andrés S. Viesca, y el Lic. D. Juan A. de la Fuente, a nombre de las señoritas presentaron dicha Bandera al Gral. Mariano Escobedo como Coronel del Cuerpo de Coahuila”. (Ese cuerpo militar es el que fue a Querétaro y peleó valientemente para arrancarle el Gobierno a Maximiliano).

Yo me pregunté de inmediato cuánto frío habrían sentido los valientes que murieron a manos de los indios en las afueras de la ciudad y las señoritas que pusieron sus extraordinarias artes de costura a disposición de la Patria, pues aunque seguramente bordaron la bellísima bandera sentadas frente al fuego de una chimenea, también estuvieron presentes en la ceremonia al aire libre en que se hizo entrega de la misma a los valientes coahuilenses que defendieron la República.

Muy probablemente, concluí, ellos sufrieron el mismo frío que sentimos nosotros. Ni qué decir. Así es el invierno.
 
edsota@yahoo.com.mx