Impulsos carnales
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Impulsos carnales
El marido tenía una pistola. Así, cuando encontró a su esposa en el lecho conyugal con otro hombre, le disparó al amante toda la carga del revólver. Suspiró la señora: “Cero y van cuatro. Ay, Hildegardo: con ese modo tan radical que tienes de reaccionar vas a acabar quedándote sin amigos”… Dos padres de familia hablaban de los peligros que corrían sus hijos varones en edad de merecer. “Salen con una muchacha –comentó uno de ellos–, y la chica puede tener herpes o sida. ¡Cómo me gustaría que mi hijo conociera alguna muchacha a la antigüita, que
simplemente tuviera gonorrea!”… Don Valetu di Nario, señor de edad madura, acudió a la consulta del doctor Ken Hosanna y le manifestó “Doctor: tengo problemas para izar la vela de la barca en que antes navegaba sin problemas por el mar deleitoso del amor”. El facultativo no entendió la barroca expresión que usó el señor Di Nario para decir que sufría de disfunción eréctil. Cuando éste le explicó en términos llanos lo que le pasaba le indicó: “Antes del acto del amor coma usted mucho y beba más. Recuerde la máxima latina: ‘Sine Cerere et Libero friget Venus’. Sin Ceres y Baco –es decir sin comer y beber– Venus se enfría”. Pasaron unos meses, y el provecto señor regresó con el sapiente médico. Su problema de ineptitud fálica, le dijo, persistía. Recomendó el galeno: “Antes del acto del amor no coma ni beba nada”. “Pero, doctor –se desconcertó don Valetu–. La última vez que lo consulté usted me sugirió que antes de ir a la cama fuera a la mesa y comiera y bebiera en abundancia. Ahora me dice que no coma ni beba nada”. “Señor mío –replicó, solemne, el doctor Hosanna–. La ciencia médica evoluciona cada día”… Bucolito, el hijo mayor de don Poseidón, granjero acomodado, tuvo dimes y diretes con Ligeria, una chica que tenía fama de ser de envases de muy poco peso, por no decir que era de cascos ligeros. Semanas después la muchacha salió embarazada. “¡Caramba! –se preocupó Bucolito–. ¡Espero que la criatura no sea mía!”. Al poco tiempo la hija de don Poseidón, Eglogia, tuvo conversación carnal con un agente viajero de la Compañía Jabonera “La Espumosa”, S. A. de C. V., y a resultas de esos diretes y esos dimes quedó ligeramente embarazada. “¡Caramba! –exclamó Eglogia preocupada–. ¡Espero que la criatura no sea mía!”… El hijo de Usurino Matatías, el avaro mayor de la comarca, le pidió a su padre algo de dinero. Quería invitar a cenar a una linda chica a la que cortejaba. De mala gana el ruin señor le dio al muchacho una menguada cantidad. Ya en el restorán la chica vio la carta y dijo: “Supongo que pediré la langosta”. Le sugirió el galán: “¿Por qué no supones otra vez?”… Doña Jodoncia, la tremenda esposa de don Martiriano, le contó a su vecina: “Hoy le di 100 pesos a un pedigüeño”. “¡Cien pesos! –se asombró la vecina–. Y ¿qué dijo tu marido?”. Contestó doña Jodoncia: “Me dijo: ‘Gracias’”… El rabino Lamden y el padre Estolio conversaban una tarde. El sacerdote le preguntó al rabino: “Tengo curiosidad por saber si alguna vez ha comido usted carne de puerco”. “Lamento decir que sí –se apenó el rabino–. En cierta ocasión me comí un sándwich de jamón, y debo confesar que me gustó bastante”. Tras unos instantes de silencio le dijo el rabino al sacerdote: “Ahora es mi turno de preguntar. Dígame, amigo mío: ¿alguna vez ha estado usted con una mujer?”. “Me avergüenza decir que sí –respondió el cura–. En cierta ocasión me acometió el deseo de la carne, e incurrí en pecado de fornicio con una joven y bella feligresa de mi parroquia”. Tras otro instante de silencio habló el Rabino Lamden: “Mucho mejor que un sándwich de jamón ¿verdad?”…FIN.
El marido tenía una pistola. Así,
cuando encontró a su esposa en
el lecho conyugal con otro hombre,
le disparó al amante toda la
carga del revólver. Suspiró la señora:
“Cero y van cuatro. Ay, Hildegardo:
con ese modo tan radical
que tienes de reaccionar vas a
acabar quedándote sin amigos”…
Dos padres de familia hablaban de
los peligros que corrían sus hijos
varones en edad de merecer. “Salen
con una muchacha –comentó
uno de ellos–, y la chica puede tener
herpes o sida. ¡Cómo me gustaría
que mi hijo conociera alguna
muchacha a la antigüita, que
simplemente tuviera gonorrea!”…
Don Valetu di Nario, señor de edad
madura, acudió a la consulta del
doctor Ken Hosanna y le manifestó:
“Doctor: tengo problemas para
izar la vela de la barca en que antes
navegaba sin problemas por el
mar deleitoso del amor”. El facultativo
no entendió la barroca expresión
que usó el señor Di Nario
para decir que sufría de disfunción
eréctil. Cuando éste le explicó en
términos llanos lo que le pasaba
le indicó: “Antes del acto del amor
coma usted mucho y beba más.
Recuerde la máxima latina: ‘Sine
Cerere et Libero friget Venus’. Sin
Ceres y Baco –es decir sin comer y
beber– Venus se enfría”. Pasaron
unos meses, y el provecto señor regresó
con el sapiente médico. Su
problema de ineptitud fálica, le
dijo, persistía. Recomendó el galeno:
“Antes del acto del amor no
coma ni beba nada”. “Pero, doctor
–se desconcertó don Valetu–.
La última vez que lo consulté usted
me sugirió que antes de ir a la
cama fuera a la mesa y comiera y
bebiera en abundancia. Ahora me
dice que no coma ni beba nada”.
“Señor mío –replicó, solemne, el
doctor Hosanna–. La ciencia médica
evoluciona cada día”… Bucolito,
el hijo mayor de don Poseidón,
granjero acomodado, tuvo
dimes y diretes con Ligeria, una
chica que tenía fama de ser de envases
de muy poco peso, por no
decir que era de cascos ligeros. Semanas
después la muchacha salió
embarazada. “¡Caramba! –se
preocupó Bucolito–. ¡Espero que
la criatura no sea mía!”. Al poco
tiempo la hija de don Poseidón,
Eglogia, tuvo conversación carnal
con un agente viajero de la Compañía
Jabonera “La Espumosa”, S.
A. de C. V., y a resultas de esos diretes
y esos dimes quedó ligeramente
embarazada. “¡Caramba! –exclamó
Eglogia preocupada–. ¡Espero
que la criatura no sea mía!”…
El hijo de Usurino Matatías, el avaro
mayor de la comarca, le pidió
a su padre algo de dinero. Quería
invitar a cenar a una linda chica
a la que cortejaba. De mala gana
el ruin señor le dio al muchacho
una menguada cantidad. Ya en el
restorán la chica vio la carta y dijo:
“Supongo que pediré la langosta”.
Le sugirió el galán: “¿Por qué no
supones otra vez?”… Doña Jodoncia,
la tremenda esposa de don
Martiriano, le contó a su vecina:
“Hoy le di 100 pesos a un pedigüeño”.
“¡Cien pesos! –se asombró la
vecina–. Y ¿qué dijo tu marido?”.
Contestó doña Jodoncia: “Me dijo:
‘Gracias’”… El rabino Lamden y
el padre Estolio conversaban una
tarde. El sacerdote le preguntó al
rabino: “Tengo curiosidad por saber
si alguna vez ha comido usted
carne de puerco”. “Lamento decir
que sí –se apenó el rabino–. En
cierta ocasión me comí un sándwich
de jamón, y debo confesar
que me gustó bastante”. Tras unos
instantes de silencio le dijo el rabino
al sacerdote: “Ahora es mi turno
de preguntar. Dígame, amigo
mío: ¿alguna vez ha estado usted
con una mujer?”. “Me avergüenza
decir que sí –respondió el cura–.
En cierta ocasión me acometió el
deseo de la carne, e incurrí en pecado
de fornicio con una joven y
bella feligresa de mi parroquia”.
Tras otro instante de silencio habló
el Rabino Lamden: “Mucho
mejor que un sándwich de jamón
¿verdad?”…FIN.