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Gravedad inevitable
Para Osvaldo Ulloa y Omar Castillo
Aquella semana santa del año 2009, salí más desconcertado que alegre de esa clínica en Modesto Lafuente con número 14 en Madrid. Mire las cortinas al final del pasillo y los cuadros religiosos que estaban colgados del lado izquierdo. Trate de aparentar una euforia y una felicidad inexistente.
Prohibido llorar y demostrar fragilidad, ya pasaste por mucho, tienes buena estampa, así que nadie puede notar lo contrario. Estando lejos de casa pensé que sería bueno jugar al olvido, viajar solo, bajarse en el lugar que te dé la gana, e imaginarse lo que puede y no puede ser, aquí solo era un personaje más,
El miedo era la única excitación de mis sentidos. El miedo se encontraba demasiado adentro, no podía dejarlo, los viajes solitarios, la incomprensión de lo posible y a veces seguir adelante cuesta arriba con eso, seguir adelante con lo que tienes de frente y buscar una fuga.
Un año y medio después, regresé a México. Me encontraba perdido y sorprendido. Como un párvulo que escamotea sus primeras dificultades, logré tomar fuerzas y después de buscar un par de neurólogos que le dieran sentido (científico) a lo que decían que tenía, di con un joven médico, con cara de maldito y seco como el frío. Era él, a partir de ahí, poco a poco, nos fuimos convirtiendo en amigos; inclusive hasta compartimos confidencias y fue un doctor que abrió su corazón y me apoyo en los vaivenes de mi vida, hasta hace algunos días. Lejos de mi primera impresión, fui descubriendo su verdadera vocación de médico, de esos que llevaban tatuado en su cuerpo el concepto de solidaridad y hermandad. Fue una persona que daría hasta su vida por corregir los males de los demás _y así fue_.
De la misma manera, gracias a mi padre, establecí una relación con Omar Castillo, psicólogo de profesión, médico de almas por destino y vocación. Sentí el mismo ímpetu de sanar mi alma y mi mente _de la misma manera como lo sentí por mis padecimientos físicos_. Omar tenía años sin verme. Nos pusimos al corriente, y no transcurrió mucho para que nos conectáramos y yo sintiera esa espiritualidad que siempre me había hecho llegar.
Construí una fortaleza inquebrantable, a través de dos personas. Era un consentido por la vida. Particularmente, uno no conoce sus fortalezas hasta que la vida te arrincona, y además, si lo logras ver, pone en tus narices, seres que sirven de fieles servidores a la vida y para la vida, para demostrarte lo bello qué es y lo grandioso que puede ser tu experiencia en este terreno, o mundo, si nosotros lo permitimos.
Pascal Bruckner, en su libro la euforia perpetua, propone una tesis sobre la vida y la felicidad, en donde formula en que la felicidad per se, es una condición secundaria en la que se llega como algo circunstancial dentro de la vida. Una vida, y una felicidad, en la época moderna, especialmente cuando lo contrario a la felicidad, es síntoma de escamoteo; el sufrimiento, la pena y la pérdida, provocan una alegría falaz y creciente ante el sufrimiento.
De ellos -en sus distintas formas- aprendí que la tristeza, la melancolía y el dolor no hay que ocultarlos, es parte del ser humano. Es parte del vivir. Como no apreciar lo dulce si nunca probaste lo amargo, un día me dijo Omar (en principios de carrera recuerdo). Aunque las nuevas sociedades posmodernas y globalizadas, nos digan lo contrario, sufrir no es algo inútil.
Hoy les lloro a mi manera, les sufro un poco en silencio. Un poco a gritos taciturnos que hacen eco. La naturaleza los puso en otro mundo, pero dudo que dejen de ser mis dos báculos. Se han quedado en mi tan dentro, para jamás irse; la materia es etérea y sin ser físico, sé que siguen parloteando y ayudando todavía en este mundo.
Finalmente, emulando a Bruckner y a Savater, hoy, la exaltación de la salud a toda costa, supone vivir la enfermedad como algo con lo que no podemos dialogar ni convivir. La vemos como una metáfora de la muerte y no como un proceso que nos constituye. Creemos que el sufrimiento o la enfermedad, hay que culpabilizarla y culpar quizá, a lo teológico, lo deontológico y a todas las instituciones de nuestros males.
Creyendo en filósofos -como Bruckner- la felicidad es intermitente y secundaria, y hay que reconciliarse con el dolor, la pena y las enfermedades, no como algo pasivo, sino como algo que ocurre y que no va cesar, forma parte de nuestra experiencia, cuerpo y circunstancia.
Indistintamente, eso era algo innato en la personalidad de ambos. Gracias y hasta ahora!!