¿Generación qué?

Usted está aquí

¿Generación qué?

"¿Y a mí qué me importan las nuevas generaciones si casi ya no hay humanos en ellas? ¿O acaso tú te preocupas por el cardumen que avanza en bola hacia cualquier lado?". Estaba de mal humor, él, acaso porque la cruda le duraba ya más de tres días y contra eso no existe remedio, más que el suicidio; me apresuré a comentarle: "Que no te preocupen las nuevas generaciones, eso es un invento de los comerciantes y de los sociólogos y antropólogos de probeta, que actúan de forma parecida, aunque el producto que venden sea distinto". Estábamos comiendo alrededor de una mesa de superficie oscura. El color oscuro da lugar a la conversación y a la perorata. En cambio, las mesas blancas o claras invitan al silencio y causan una profunda depresión, al menos en mí. ¿La razón de tal efecto? En una mesa blanca tengo la impresión de estar comiendo en un suelo recién trapeado y pulido. Soy una rata deslizándome en patines. En fin, ¿qué más da? Pones el mantel que más se acomode a tu ánimo y sigues con tu vida. O comes de pie, o acostado mirando al cielo, o sentado en el excusado, o de costado tirado sobre el césped de un parque.

Mi amigo, el crudo, continuaba de mal humor, pero algo había de cierto en su actitud mohína; la afición de bautizar a los seres humanos como si pertenecieran a un rebaño o a una manada de reses herradas por una misma sigla ha sido, durante las décadas recientes, mera gimnasia retórica e insustancial que no ayuda gran cosa a la hora de comprender a un individuo, a un ser solitario o a una inteligencia singular.

Sé que es un constante dilema, en mi caso, tratar a cada persona como si fuera única o excepcional en vez de imaginar que se trata de una marca de zapatos con determinada garantía, pero lo prefiero así, pese a las decepciones o al aburrimiento que, en ocasiones, me causa esta costumbre. Es un insulto asegurarle a alguien que pertenece a determinada generación y que por lo tanto debe comportarse de cierta manera, compartir gustos similares y "pensar" en cierta dirección; atenerse a ser lo que son los "otros". Te colocan en un anaquel y te señalan, y dicen: "Mira qué curiosa es esa clase de humano". La Generación X, la Generación Prozac, Los Millennials, ¿de dónde proviene toda esa chatarra clasificatoria? De entrada, el mero hecho de sujetarse y de ser comprendido a partir de los hábitos de una generación, manada, o grupo de seres, es ya algo denigrante. Hay que formarse en la fila, uniformarse, andar al mismo paso o cadencia, consumir la misma porquería, coincidir en los mismos hábitos, adaptarse a la edad, y a los estudios que los expertos realizan acerca de la conducta humana y de su desarrollo: poblar un área del zoológico, ser abducidos, etiquetados y vendidos.

La curiosidad que uno siente por su familia, semejantes o amigos, es comprensible, puesto que se trata de un espejo deformado de sí mismo, y ¿a quién no le atrae el divagante reflejo del agua?, pero de allí a entrar por propia cuenta al vagón del tren que los lleva a todos hacia el mismo barranco hay un trecho considerable. Mi amigo, quien charlaba conmigo alrededor de una mesa oscura continuaba: "Los Millennials y su romance con la tecnología, la comunicación y el sonambulismo me ponen de mal humor. Son espectros de vitrina, hologramas que secretan humores".

–Ya basta –dije yo–. Esta clase de conversación no me atrae, incluso me abate un poco. ¿Qué pueden interesarme a mí los hábitos de ciertas piaras humanas? Desde que tengo uso de razón no logro distinguir a profundidad lo que significa ser viejo o joven, a no ser porque cuando envejeces se te pudren los órganos y obtienes algo de experiencia; brutos y astutos hay en todas las edades.

–Hombre, no te molestes, el crudo soy yo. Sólo estoy desmenuzando un tópico o un tema como cualquier otro. Pero no vas a negarme que esta generación es desmemoriada y poco dada a los libros. En “El desbarrancadero”, justo al comenzar el siglo 21, Fernando Vallejo, ¿lo recuerdas?, escribió: "¡Colombian people, I love you! Si no os reprodujerais como animales, oh pueblo, viviríais todos en el centro. Raza tarada que tienes alma de periferia".

–Sí. Leí “El desbarrancadero” –confronté a mi amigo–. Ahora me dirás que hay una Generación Desbarrancadero. Y por cierto, yo conozco personas de 16 años y de 85 que son lectores ansiosos y otros de la misma edad que viven pegados a la pantalla. No sé, a mí qué me importa.

–Sus principios éticos son endebles, y sin principios éticos sólidos no hay política de largo plazo. Lo dijo André Glucksmann.

–Tal cosa la podría haber dicho cualquier persona más o menos sensata, hombre. Paguemos la cuenta y ve a disfrutar tu cruda.