Francisco Inexistencialista
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Francisco Inexistencialista
Sería bueno terminar este año con el montón de dudas e incertidumbres que me ha dejado la lectura de “El Inexistencialista” –Ediciones La Terquedad, 2018-, del joven narrador saltillense Francisco Robledo (1990).
Esta novela breve puede formar parte, sin violentar demasiado las cosas, de la “nueva literatura coahuilense”. Desparpajado y “sucio”, el relato cuenta la historia de un viaje alucinado y alucinante en cualquier sentido.
El más iconoclasta José Agustín y la sabiduría vegetal de María Sabina y de Carlos Castaneda se anudan en esta vertiginosa narración, escrita en primera persona del singular y saturada de irreverencias sintácticas y deliberadas incorrecciones académicas.
¿Cómo no aludir a uno de los iconos del “realismo sucio” estadounidense: Charles Bukowski? Sería pertinente mencionar otras influencias, pero por fortuna esto no es un trabajo escolar que deba poner en las severas manos de un profesor universitario, sino de un auto de duda, ya que no de fe.
Dos veces leí esta novela corta y las dos veces pasé por alto erratas, tropiezos sintácticos y abruptas transiciones en la trama. ¿Qué me importaba tanto como para continuar la lectura sin detenerme en esas aparentes anomalías, salvo las erratas? El narrador/protagonista, el uso del lenguaje, el ambiente sórdido –de la urbe- y magnético -del desierto-, y a pesar de todo, la luz del viaje: esto me importaba.
“Hay casos en que nos vemos obligados a renacer…”: así inicia el relato. Y enseguida el discurso narrativo se bifurca pero jamás se separa: por un lado, el narrador nos habla desde su propio contexto, el del muchacho que vive una vida periférica en la ciudad; por otro, sus palabras empiezan a parecer las de alguien que ha alcanzado un estado superior, no económico, sino digamos “espiritual”. Los marginados también viven.
“El viaje del héroe”, diría Joseph Campbell, el canónico mitógrafo, autor de “El Héroe de Las Mil Caras” (FCE, en traducción de Luisa Josefina Hernández, nada menos). Como en todos los grandes mitos, en “El Inexistencialista” encontramos algún personaje que abre camino al protagonista para alcanzar aquello cuya búsqueda intuye fervorosamente. El personaje puede exclamar con furia: “¡A la verga!” y murmurar casi al mismo tiempo: “Dejo esto como una ofrenda a la tierra…”: después de todo, ha aprendido.
Pero este narrador no es ni proustiano ni musiliano: ha nacido y crecido en un barrio del subsuelo urbano, el de un Saltillo ya crecido. Forma parte de una banda de chicos –“los inexistencialistas”- que tienen y padecen intereses y desengaños similares: su mundo es la droga, el “skate”, el sexo a quemarropa, el desmadre, la fiesta. Nadie tiene nombre de pila; sus apelativos son Gargajo, Ateo, Panocha, Tótem…
Las buenas conciencias de esta ciudad deberían leer muy bien este relato para que de una vez por todas se enteren de que Saltillo no está conformado sólo de algunas calles o zonas elegantes. La selva de grafitti que decora y marca cualquier superficie, la piñata de drogas –desde la más ecológica hasta la más letal- que es apaleada por el grupo hasta hacerla reventar, la supervivencia entre la hostilidad del propio medio y el otro, el de “la buena sociedad”: ahí desembocan el neoliberalismo, el capitalismo a ultranza y todas las bellas promesas de nuestros “políticos”.
El protagonista de la historia parece ser una excepción. A pesar de todo, él escapa de la red inexorable que lo sostiene, y en su huida, comprende que el viaje le depara una visión. Aprende entonces. Aprende como hay que aprender: a fuerza de dolor y de extraños encuentros. ¿Qué vendrá después? No es posible saberlo del todo. Leemos en la última sección: “Llegamos a un lugar llamado…”, pero antes y después la narración se vela con tonalidades oníricas o alucinadas.
Evidentemente, no he contado los sucesos esenciales de la trama. Tampoco he subrayado la telúrica potencia del idioma más que coloquial que el escritor utiliza. Las buenas conciencias superarán el susto inicial cuando entren página a página en esta novela.
Francisco Robledo habla de un “gótico norteño”. Le sugiero que la denominación sería más precisa si quedara en “gótico norestense”. Asiente con una gran sonrisa y pienso, antes de leer su relato, en que de alguna manera todo está hecho ya, todo está ya dicho. El “realismo” de la novela de la revolución está también aquí, pero la procacidad y la irreverencia estuvieron presentes en Aristófanes hace miles de años…
Se supone que las nuevas formas del arte rompen con las anteriores. Eso ha sucedido siempre, siempre. No es necesario ser un erudito para advertirlo. ¿Una nueva generación de artistas destroza las normas respetadas por la anterior? Es posible…
La ilusión de la dialéctica. La “dialéctica” evolución de las formas artísticas. Hay escritores, artistas plásticos, compositores, cineastas, directores de teatro –y hasta pedagogos- que sueñan con la “innovación” y la absoluta ruptura. Otros suponen que por utilizar un lenguaje “soez” epatan a la burguesía, como pensaban los artistas en el ocaso del siglo XIX, cuando Jarry hizo que su Ubú Rey emitiera su primer parlamento en el teatro: “¡Mierda!”, provocando una hecatombe.
No sé si ese tipo de recursos logre ya asustar a nadie, especialmente cuando ésos que pretenden “epatar a la burguesía” han sido devorados, desde hace años, por la clase privilegiada de las Instituciones Oficiales.
Lo que sí sé es que “El Inexistencialista” es la obra narrativa de un escritor auténtico, un escritor que tiene mucho que decir y que aprender. No hay duda de que Francisco Robledo es un narrador capaz de dar voz y forma a un mundo marginal cuya presencia raspa las alfombras; que tiene su ética y su poética; que ha debido blindar su dolor y defenderse a punta de la más acre ira: el escritor lo hará con la honestidad de un verdadero artista del subsuelo, el nuestro.