Figuras y niños héroes con pies de barro

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Figuras y niños héroes con pies de barro

La historia mundial, escrita desde la perspectiva laudatoria, -no crítica ni sustancialmente historiográfica.-, ha dado luz a figuras heroicas que hoy se sostienen a través de narrativas que dejan ver, más bien, el anhelo de cronistas por salvar sus propios héroes o tiranos que dialogan con sus infancias o con sus ideas de lo que es el poder y la verdad

Compleja la situación si consideramos que un héroe o una heroína encarna el sentir de una clase -o se tuerce el discurso para que lo encarne-. Por eso es trascendente la reescritura de la historia a partir de indagatorias y evidencias que, aún cuando son perfectibles pues también son recortes de la realidad documental, permiten interpretar con otras luces acontecimientos del campo de la historia de personalidades que simbolizan el poder, la verdad, la justicia y la acción libertaria. 

Un espejo interesante es el que se transfiere entre caudillos y figuras religiosas. De esto dan cuenta incluso las esculturas, las cuales se encargan en muchos casos, de generar actitudes devocionales. A esto se suma la narrativa, que, en ocasiones habla de procesos revolucionarios como si se hablara de salvación espiritual. Esto coloca a estas figuras ya francamente en contexto monolítico incuestionable. Entonces se entiende que apelar a la deconstrucción de una figura histórica, puede significar una herejía.

Cada generación reescribe la historia. Y en el actual contexto global, es momento de cuestionar la narrativa histórica que no devele los nexos de intereses entre los propios caudillos y de estos con el contexto en el que surgen, porque este cuestionamiento puede hacerse incluso para hacerse a los caudillos contemporáneos.

La creación de figuras heroicas, es sabido, se usan para instaurar o sostener regímenes. Recuerdo en la infancia escuchar el nombre de los llamados niños héroes bajo el redoble de los tambores de la Banda escolar, durante los actos cívicos, y era casi imposible no llorar al escuchar cada uno de sus nombres. Se decía con férrea voz y sonaba por todo el patio: “¡Juan Escutia!”. Alguien respondía con voz de trueno: “¡murió por la patria!”. De esta manera se prepara a los niños para ofrecer su propia vida. 

Estudios posteriores, dieron cuenta que Juan Escutia ni era cadete y no murió al saltar envuelto en la Bandera de México. Él fue abatido junto a Fernando Montes de Oca y Francisco Márquez en su huída hacia el Jardín Botánico. Tampoco eran niños. Y la Bandera de México sí fue robada por los estadounidenses. Fue hasta el sexenio de José López Portillo que esta insignia sería devuelta a nuestro país. 

Sin embargo, la versión oficial fue apoyada -y lo sigue siendo-, por historiadores y por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), instancia que sin estudios científicos ni documentales, atribuyó seis calaveras encontradas en el cerro de Chapultepec, a los “Niños Héroes”. Esta narrativa fue apoyada también por el entonces presidente Miguel Alemán, quien ordenó que los huesos se depositaran en el Altar a la Patria, inaugurado en 1952.

La deconstrucción de la historia deja huecos que no se soportan. Nadie puede aceptar el vacío de un acontecimiento que ha sido desmantelado, y algunos historiógrafos hay afirmado que dentro del imaginario colectivo, es necesario sustituir ese vacío con otro símbolo.

Así que nacen preguntas y nacen interpretaciones con otras evidencias. ¿Ante ello, el mundo de la historia oficial está finalmente preparado para develar otras narrativas? ¿O seguirá en con el ideario caudillista gestando monumentos arcaicos en sus significaciones? claudiadesierto@gmail.com