Fervor guadalupano

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Fervor guadalupano

Si algo conmueve a los mexicanos es la Virgen Morena. A su Santuario en Saltillo, como en todo México, peregrinan desde los más rudos boxeadores y los más humildes boleros, hasta los más ricos empresarios y dueños de negocios con sus empleados, igual que las instituciones católicas y todos los gremios con alguna representación.

En el Saltillo de mediados del siglo pasado, las peregrinaciones en honor a la virgen de Guadalupe eran muy nutridas. Todas acompañaban su marcha con plegarias, cánticos a la virgen morena, veladoras, matlachines y sonoros cuetes. La gran peregrinación era la del comercio, el domingo anterior al día 12 de diciembre. Los propietarios de los negocios iban al frente de su contingente integrado por sus empleados. Siempre llevaba numerosos carros alegóricos con escenas alusivas al milagro guadalupano. La más socorrida era la aparición en el cerro del Tepeyac. A las camionetas o camiones de plataforma se les cubría la cabina semejando un montículo y se le dejaba sólo una rendija para darle visibilidad al chofer, y casi siempre se les sujetaba en la parte trasera una estructura vertical que servía a su vez para sujetar a la virgen, colocada a veces a gran altura. Juan Diego iba siempre con una rodilla hincada. Resultaba un desafío a las leyes de la gravedad y a las de la inquietud infantil mantener inmóvil y segura en aquellas alturas a la virgen, las más de las veces representada por una niña.

Nuestra familia se reunía en casa de la querida tía Licha Dávila a ver la peregrinación desde su casa en la calle de Juárez, frente a San Francisco. La tarde se convertía en una de las más divertidas de la temporada de frío, pues además de merendar chocolate caliente y pan de pulque, los niños repetíamos los cánticos guadalupanos a nuestro entender y por varios días. Por ejemplo, en lugar de la frase que se refiere a Juan Diego: “y acercóse luego, y acercóse luego al oír cantar”, nosotros cantábamos la muy simpática “ya se coce el huevo, ya se coce el huevo al oír cantar”.

El negocio denominado El Popo participaba cada año en la gran peregrinación del comercio. El tío Rodolfo Aguirre echaba a andar toda su creatividad para su carro alegórico de manera que la aparición guadalupana era siempre representada de manera diferente. En una ocasión se le ocurrió poner a la niña vestida de virgen, que a la sazón tenía ocho o diez años, en lo alto de un enorme globo terráqueo que daba vueltas mediante un artilugio mecánico manejado desde el interior por uno de sus trabajadores. La virgen morena de mi tío resistió heroicamente las mil y una vueltas que dio el mundo bajo sus pies durante todo el recorrido, pero no así el empleado que lo movía. Ya casi para llegar al Santuario, el camión se salió de su ruta. El tío bajó precipitadamente a la pequeña virgen de Guadalupe, y la depositó en la banqueta: “No te muevas de aquí”, le dijo, mientras que con ayuda de algunas personas sacaba en brazos, intoxicado, al trabajador encargado de darle vueltas al mundo. Mi tío se fue con el muchacho en una ambulancia, y una vez que lo dejó restablecido en el hospital, volvió por su virgencita, que lo esperó asustada en el mismo lugar en el que la dejó.

Así era el Saltillo de aquellos años. A nadie le llamaba la atención una niña vestida de virgen, solita en un rincón de la banqueta, entre la multitud de espectadores, la cercanía del Santuario y el resonar de los cuetes, los matlachines, los rezos y los cánticos de los peregrinos, que repetían sin cesar: “Desde el cielo una hermosa mañana, desde el cielo una hermosa mañana, la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac…”.  

Pasan los años y persisten los mismos cánticos, la misma fe que no se acaba.

edsota@yahoo.com.mx