Feria y Casona

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Feria y Casona

Cuando los libros se han acumulado en los estantes y han devorado ya otros espacios de la casa; cuando vemos que sus cuerpos de papel y tinta conquistan cualquier superficie incluyendo la cama, es tiempo de detenerse y pensar.

En el tiempo que dura ese paréntesis reflexivo llega una nueva Feria del Libro… ¿Qué hacer? ¿Visitarla, hacerse de la vista gorda, ir sólo “de entrada por salida” o definitivamente olvidarse de ella?

El pretexto para ir a su encuentro es la búsqueda de un libro que no encontré en la librería Carlos Monsiváis del Fondo de Cultura Económica: “Fugitivos. Antología de poesía española contemporánea” (2016).

Y otro, de la Colección “Sepan Cuántos…”, de Porrúa: una antología de teatro español contemporáneo en dos económicos volúmenes. Me interesan algunas de obras y de los autores recopilados: Valle-Inclán, Unamuno, Sastre, Lorca, Miguel Mihura, Jardiel Poncela,  Alejandro Casona…

Nada encontré, salvo un libro de Casona en que se incluyen varios dramas y el único texto en prosa narrativa que escribió: “Flor de Leyendas” (1932). Entre las obras teatrales: “La dama del alba” (1944) y “La barca sin pescador” (1945), ambos estrenadas en Buenos Aires.

Muchos de estos dramaturgos –y otros- eran bastante conocidos en aquella época en la que un adolescente en busca de lo que suponía su “destino” estudiaba Teatro, Artes Plásticas y otras monerías, antes de matricularse en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL.

Entonces se leía a estos autores en el escenario. Es decir, no era imprescindible abrir un libro para enterarse de la trama que se desarrollaba en sus obras: se las veía y escuchaba en el teatro. Apenas empezaba el debate entre el texto dramático y el performance, aunque Grotowski, y  Jodorowski en México, ya habían hecho estallar la convención.

He estado leyendo algunos dramas de Casona. Los años me permiten verlo de otra manera. Advierto que esta forma de escribir teatro tiene poco que ver con nuestra época: ha llovido torrencialmente desde que el autor salió de una España en guerra –hacia 1937- y se instaló en México para después marcharse a la Argentina, donde vivió y trabajó durante dos décadas.

Pero a pesar del vaivén de la diatriba entre texto dramático y puesta en escena, por así decirlo, se sigue escribiendo dramaturgia. Nadie sabe por qué, pero incluso los más jóvenes continúan escribiendo obras para el espacio escénico.

Se han levantado actas de defunción una y otra vez a esa forma del arte tan antigua que es el teatro, pero éste se resiste a morir y sigue empecinadamente vivo, a un lado del cine, de la televisión, del video, de Internet. ¿Por qué se resiste a morir? Quizá por su inmediatez, quizá porque está al alcance de la mano de casi cualquiera que posea la suficiente capacidad para hacerlo, quizá porque su materia prima es tan “primitiva” y dúctil como el barro.

Pero si se habla de “texto dramático” habría que decir que no es fácil escribir una obra de teatro, como tampoco lo es redactar un buen guion de cine. La poesía, el cuento, la novela exigen cierta disposición, cierto tipo de talento y una imaginación de cierta índole, para no hablar de “sensibilidad”.

Sé que existen manuales que presumen de enseñar a ser escritor… Cada época, cada escuela, cada corriente inventa sus normas y sus cánones. Creo que los mejores autores son aquellos que, luego de obedecer esas reglas, se liberan de ellas y construyen lo que quieren, a su manera. Algunos ni siquiera empiezan obedeciendo nada y resultan grandes artistas.

Alejandro Casona fue de los obedientes. Aprendió desde muy joven la técnica de la hora, pero fue depurándola en cada una de sus obras hasta alcanzar una maestría que lo convirtió en un autor inconfundible. Hoy su lenguaje dramático puede resultar un tanto “cursi”, pero pocos dudarían de su calidad como escritor de obras teatrales.

Ayer, por ejemplo, terminé la lectura de “La Dama del Alba” y no pude evitar sentirme profundamente conmovido ante este drama “fantástico”, ante sus personajes y ante lo que podría denominar “un magistral método de trabajo”. 

Imaginé a Casona, en Buenos Aires, lejos de Asturias, modelando estas figuras, animándolas sobre el papel, haciéndolas hablar y sentir en un idioma español no latinoamericano. Me volvió a sorprender que el lenguaje, la imaginación y la contemplación de la vida sean capaces de provocar todo esto.

Después de la cavilación, inicié la lectura de “La Barca sin Pescador”. Ratifiqué la influencia de Lorca, pero ya perfectamente asimilada. Algunos giros lingüísticos, algunas imágenes no alcanzan la contundencia del autor de “Así que Pasen Cinco Años”, pero qué precisa labor de ingeniería dramatúrgica o “de relojería”, como diría uno de sus críticos.

¿Es vigente Casona? No lo sé. Y no me importa averiguarlo. ¿Lo publicarían los emporios editoriales o las capillas de vanguardia que hoy sólo encumbran novedades y pseudo malditos?