Es desde que el ser humano se especializó en discutir necedades con sus congéneres en la arena cibernética que se vio en la necesidad de elevar su capacidad para debatir (es eso o quedar como un zopenco en dos patadas). Y el abc del buen debatir es saber reconocer las falacias retóricas que nuestros adversarios podrían interponer, para identificarlas rápidamente y objetarlas como afirmaciones sin sustento.

La verdad es muy difícil discutir sin caer en estas trampas de la dialéctica o en la tentación de tenderle -deliberadamente- una a nuestros interlocutores.

Una falacia es un razonamiento que parece correcto y presentamos en una discusión con el afán de persuadir al oyente y de apuntalar nuestra postura. Pero pasa que son argumentos inválidos, carentes de lógica. Necedad en estado puro, pues.

No conozco un número definitivo de tipos de falacia, pero una de las más populares es el “argumentum ad verecundiam”, o falacia de autoridad, o “magister dixit”. Tiene varios nombres, pero significa sostener que una afirmación es verdad sólo porque la dice una autoridad en la materia.

Nota importante: Todo esto es completamente independiente de la veracidad de la postura que se defiende. Lo engañoso es cimentar la argumentación en la autoridad de un personaje citado. Por ejemplo: El teorema de Pitágoras es una verdad absoluta, no porque Pitágoras la sostenga, sino porque es perfecta y matemáticamente verificable. Aludir al sabio de la antigüedad como la razón que valida el postulado es completamente erróneo.

Y como, por supuesto, los genios también incurren en errores, es en dicho caso todavía más desafortunado el citarlos para reforzar nuestras argumentaciones.

Como buen embustero, como el charlatán profesional que es, nuestro Presidente viajero tan vacilador, cita con frecuencia a algún personaje para dotar de cierta autoridad sus afirmaciones, que suelen ser patrañas o perogrulladas en el mejor de los casos.

Claro que tratándose de AMLO, sus referentes suelen ser personajes de muy dudosa estatura. Como cuando le dio por citar al Papa Francisco, o traer a cuento algún pasaje bíblico, cosa que ya de por sí en su calidad de jefe de un Estado “laico” está muy mal, sin mencionar que ni la investidura papal tiene calidad moral para juzgar a nadie, ni la Biblia contiene todas las respuestas y mucho menos las de orden práctico que una nación espera de su líder. Pero vale, éstas han sido las autoridades menos objetables a las que ha apelado nuestro presidente macaneador.

El año pasado, durante una conferencia de la ONU, un desaliñado AMLO buscaba resaltar los alcances de la influencia de don Benito Juárez, recordando que en su honor fue bautizado el dictador italiano, Mussolini. 

¡Güey! A lo mejor ello es cierto, pero no debes ni mencionarlo, ya que no es ningún cumplido que el dueño de la patente del fascismo ostente el nombre del prócer al que buscas ensalzar. ¡Cállate! ¡Cállate ALV! ¡No tienes idea de lo que dices y flaco favor le haces al Benemérito así como a la idea que buscas posicionar! Oso nivel: Asamblea General de las Naciones Unidas.

Y aunque no estaba aludiendo a las ideas del dictador, sí apeló a su “importancia” para robustecer su comentario sobre la trascendencia del Padre de la Reforma. (-Oye, columnista, el “Padre de la Reforma fue Valentín Gómez Farías-. -¿Entonces Juárez qué era? ¿El cuñado?).

El Gran Jefe “Macana Ponchada” abrió la semana pegándole a su ‘punching bag’ terapéutico, el ex presidente Felipe Calderón. Hasta allí todo normal. La novedad es que esta vez reforzó su opinión con la del ex gobernador coahuilense y pandillero en auto confinamiento, Humberto Moreira, a quien presentó en una declaración en video de hace varios años.

Realmente lo que quería AMLO era justificar su tibieza en el tema de la inseguridad y el combate al crimen organizado, acusando a Calderón de ser un criminal sanguinario y para esto se apoyó en los comentarios espetados, en este sentido, por Moreira en el citado video.

Pues bien, poco me importa lo que haya de verdad sobre la cruenta naturaleza de FCH. Al menos no viene a cuento con el comentario que hoy pretendo dar.

El caso es que, para darle autoridad a tus opiniones: ¡No te apoyas en la de un malandro, un rupestre y bravucón, investigado por la justicia de varios países! ¡No refuerzas tus decires con los de una escoria de la política mexicana y menos si eres tú el Presidente de la República! 

¡No te bajas a su nivel, así sea para joder al ‘Calderas’ o a cualquiera de tus fabulosos enemigos imaginarios! ¡Simple y sencillamente, eso no se hace!

Pero que incurrir en una falacia de autoridad, le estás confiriendo autoridad, credibilidad, peso y calidad moral a un pillastre al que en cambio deberías estar investigando. 

No sé si me explico o logro que usted pueda ver esto en toda su insólita desproporción: Hablamos de un Presidente validando sus opiniones con las de un rufián. Extrapolando, es como si Jesús le pidiera la bendición al Padre Maciel. ¡No la chingue, viejito!

Se necesita ser muy necio, muy asno y muy cabeza dura para pedirle prestadas las palabras a un cholo rufianesco como Moreira, o para bajarse a su estatura o para elevarlo a la palestra presidencial. ¡Viejo necio!

El Tlatoani Cabeza Blanca (algodón por fuera, borra por dentro) no deja de asombrarme. Y es que ni siquiera una falacia de autoridad estructura de manera correcta, es decir: con un mínimo de autoridad.