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Fake news

La historia no es nueva, ni explota una veta recién descubierta de la personalidad humana. Es, en realidad, bastante vieja y se basa en nuestra aparentemente inagotable capacidad para propagar la estupidez. Lo nuevo es la forma en la cual esta capacidad se ha multiplicado gracias al internet, específicamente gracias a las redes sociales.

¿Cuál historia? La relativa a la reproducción de información falsa. O, como personalmente considero más adecuado llamarle, la relativa a la manipulación a través de recursos sencillos como la ingenuidad, la cursilería, el fanatismo religioso, la proactividad (mal entendida, por supuesto), el morbo, el odio y, en términos generales, la vocación generalizada por la superficialidad.

De hecho, bien puede ubicarse a la manipulación –lograda a través del uso conveniente de información falsa– en los cimientos de cualquier mecanismo de control social inventado y puesto en práctica por el hombre. Las distintas religiones son, probablemente, el mejor ejemplo de ello.

Desde tal perspectiva, no puede culparse a las muchas víctimas contemporáneas del esquema: la verdad sea dicha, la prologada insistencia en la fórmula ha normalizado la conducta convirtiéndola en uno de esos elementos de la vida cotidiana a los cuales ya no oponemos cuestionamiento alguno e incluso podemos llegar a defender.

Pero el señalamiento anterior no disminuye un ápice la necesidad de llamar la atención sobre el particular ni, mucho menos, advertir sobre las peligrosas consecuencias de mantener una actitud pasiva ante el hecho.

Porque los propósito del esquema siguen siendo los mismos de siempre: la propagación de información falsa –o de noticias falsas, si se prefiere– tiene como objetivo provocar conductas útiles a los intereses de quienes las generan haciéndonos creer exactamente lo contrario, es decir, reclutándonos para jugar el papel de tontos útiles.

A despecho de la opinión mayoritaria, el esquema funciona hoy de manera mucho más eficaz porque internet le ha inyectado eficacia. Porque, a diferencia de la creencia generalizada, la red de redes no nos ha convertido en una sociedad “mejor informada”, sino, paradójicamente, en un conjunto de individuos a quienes se puede manipular con mayor facilidad.

¿Dónde está la paradoja? La respuesta es muy simple: nunca antes hubo tanta información al alcance de tantos y, al mismo tiempo, nunca antes tantas personas han reaccionado simultáneamente de espaldas a la razón, a la inteligencia o, ya de plano, a la más elemental intuición. O, más propiamente, nunca antes les había sido tan fácil a los manipuladores con vocación, manipular a tanta gente con tan poco esfuerzo.

Una arista adicional de la paradoja: antes de internet, la herramienta privilegiada de la manipulación era el ocultamiento de la información. Hoy, se nos manipula mientras la verdad se exhibe ante nuestros ojos.

Personalmente me gusta contar este cuento recordando la historia de Amy Bruce, ese niño estadounidense a quien bien podríamos inscribir en el libro Guinness de los récords por haber protagonizado el período más largo de agonía de la historia de la humanidad –más o menos una década–, pero manteniéndose estacionado en la edad de siete años.

Para quienes no conozcan la historia –o la hayan olvidado– Amy Bruce habitó múltiples “cadenas” de correo electrónico mediante las cuales se intentaba conmovernos a propósito de su trágica realidad: padecía una agresiva forma de cáncer pulmonar, además de tener un tumor en el cerebro, y moriría pronto si no era sometido a los tratamientos adecuados.

¡Pero nosotros podíamos ayudarle! Era tan fácil como reenviar a todos nuestros contactos el correo con su historia y la Fundación Make a Wish (o AT&T o Microsoft o McDonald’s o cualquier otra marca) donaría un centavo de dólar (o tres o cinco o siete, dependiendo de la versión del correo a la cual hubiéramos accedido) por cada dirección de correo adherida al mensaje.

No voy a explicar la estupidez contenida en la idea. A cualquiera interesado en el tema le tomará cinco minutos localizar un par de buenos artículos en los cuales se ilustra de forma didáctica la mecánica y el propósito del engaño.

Más importante es señalar cómo, estando al alcance de todos el conocimiento para evitar ser víctima del timo, el modelo fue y sigue siendo tan eficaz como los esquemas piramidales y en éste siguen cayendo incautos por miríadas, sin importar su grado de estudios o su nivel socioeconómico.

Todos los días vivimos bajo el asedio de las fake news y todos los días los autores de las mismas dan en el centro de la diana con escalofriante facilidad. Individuos de todas la edades juegan, las más de las veces sin darse cuenta, el papel de tontos útiles multiplicando, a través de sus páginas de Facebook o de sus chats de Whatsapp, cualquier información a la cual su instinto arácnido les impulsa a dotar de credibilidad.

Pero lo peor de todo ni siquiera es eso, sino la incapacidad de los incautos de, al ser confrontados contra la realidad, son incapaces de reaccionar afinando la mirada. Volveremos al tema.

@sibaja3
carredondo@vanguardia.com.mx