Escalera hacia las rosas

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Escalera hacia las rosas

1

Una tormenta entre panes y manteles. Algo de carne atlántica se deslizaba en tiras por la mesa. Los comensales no lo vieron, solo ellos dos. Luego de su conversación, inició el vendaval; los objetos giraban en sentido inverso y los cuadros rojos de los manteles emergieron en forma tridimensional; se disputaban las esquinas del lugar, llegaron a ellas y acomodaron sus miradas contra la pared.

-Algo de verdad, algo de dolor, algo de placer.

Así murmuraban los cubos rojos mientras se fundían y daban a luz poliedros rúbeos.

La tormenta cesó. Entre luces y cuevas blancas, el mundo reacomodó sus coordenadas desde aquel lugar.

Allí en la mesa nacieron peldaños que sirvieron de escalera hacia una torre. El par de voces en la mesa comenzó el ascenso con el apoyo de sílabas y frases largas.

 

2

Es fácil no tener cuerpo y entrar a la torre de cinco pisos con la fuerza de las onomatopeyas. A este par de voces, los sonidos que terminan en “a” les abrían las puertas para liberar a las rosas que estaban prisioneras. Los gritos de júbilo, regaban sus tallos. El sonido de la “m” aceitaba los mecanismos de la torre que finalmente disolvió todo metal para volverse un jardín de rosas y otras plantas que conversaban con las voces presentes.

 

Toda torre guarda fantasmas, planos de ciudades inexistentes y encendedores. Si se busca bien así es. Es preciso hablarles de lado, nunca directamente. Solo así, se manifiestan. De este modo, hablándoles de canto, como si no estuvieran allí, acudieron los fantasmas con sus ropajes y fotografías. Voces y fantasmas se sentaron a la mesa. La cena fue numerosa.

 

4

-¿Qué vamos a hacer con el tiempo?

Preguntó la rosa más antigua. Estaba en el balcón junto a dos flores amarillas.

Ellas le respondieron sílabas de silencio.

Es que habían vivido tantos años en aquel encierro, que consideraban inútil toda palabra.

Solo miraron, con el color del sol en sus pétalos, hacia el cielo de estrellas que, agazapadas en el volcán cercano, preparaban la avanzada como resultado de las nuevas coordenadas. Todo indicaba que el suelo era el sitio correcto para brillar. Las dos flores amarillas lo sabían. Inútil comunicarlo.

 

5

Las voces amanecieron entrelazadas en la torre. La luz del sol les distrajo de las saetas celestes que iban cayendo sobre cada superficie. Todo volvió al caldo del origen: voces, sustancias, luces, fantasmas y agua se ocupaban en crear un nuevo territorio para las dos flores amarillas de aquel macetero que resguardaba un espíritu femenino. 

 

claudiadesierto@gmail.com