En conclusión, el futuro ya no es lo que era
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En conclusión, el futuro ya no es lo que era
Adiós al futurismo. Mientras el debate sobre las incertidumbres económicas mundiales —con sus ineludibles efectos en México— se reduce con frecuencia en nuestra academia a formulaciones ideológicas y, en nuestros medios, a pueriles repartos de culpas y disculpas a la gestión financiera del Estado y de sus funcionarios, “The New York Times Book Review" encabeza su propuesta bibliográfica de esta semana con tres obras destinadas a informar mejor las discusiones sobre la coyuntura crítica.
Vayan como contraste provocador con las penurias de nuestra esfera pública, los títulos, los autores y los reseñistas de estos tres libros que confluyen en la gravedad del presente: “Ascenso y caída del crecimiento estadounidense (The Rise and Fall of American Growth)” de Robert J. Gordon, reseñado por el brillante Nobel de Economía Paul Krugman; “La era del estancamiento (The age of Stagnation)” de Satyajit Das, con incógnitas ominosas a despejar desde el subtítulo: “Por qué el crecimiento perpetuo es inalcanzable y la economía global está en peligro, y El único juego en el pueblo (The Only Game in Town)” de Mohamed A. El-Erian, con un subtítulo que alude al papel de los bancos centrales, la inestabilidad y el propósito de esquivar el próximo colapso. Estos últimos, reseñados por Steven Rattner, ex consejero de la Secretaría del Tesoro de la administración de Obama.
La reseña de Krugman del libro de Gordon se lleva la portada del Book Review. Y a lo que deja ver el reseñista, se trata de un texto inquietante por su conclusión de que el “tecno optimismo” de hoy no será suficiente para detener la caída del crecimiento económico estadounidense, con su correspondiente efecto, hay que agregar, en el crecimiento de la economía mexicana. Y aunque pone en duda las conclusiones más pesimistas de Gordon, Krugman desestima con rudeza los estudios de futurología que hace medio siglo vislumbraron un siglo XXI alucinante para la humanidad por obra y gracia de las tecnologías de la información. “Quizás el futuro no es hoy lo que solía ser”, concluye, irónico, el mismo Krugman.
Futurismo conservador. Otros futurismos sin duda más insustentables suelen permear la cultura política, la cultura económica y la cultura laboral de considerables capas de la población, incluidos algunos de sus liderazgos. Está por un lado el futurismo conservador del aquí no pasa ni pasará nada. El gobierno anterior dilapidó el ingreso petrolero —basado en un precio de cien dólares el barril— para sufragar un crecimiento exponencial de la burocracia y el gasto corriente. El problema es que no faltan quienes pretenden que las cosas permanezcan igual con precios petroleros cuatro veces menores.
Es el mismo futurismo de una cultura laboral que parte del supuesto de que, conseguida una plaza, se adquiere con ella un derecho de inmovilidad aunque se provoquen quebrantos a la fuente de trabajo. Los ejemplos, entre otros, de los despidos masivos en Pemex y los grandes correctivos impuestos a los usos y costumbres laborales en el sector de la Educación Pública, parecerían llevar a la conclusión de que tampoco en estos casos el futuro es ya lo que era: una vía para perpetuar simulaciones y privilegios insostenibles.
Adaptación al presente. Ante el futurismo netamente pesimista de Das, el autor de “La era del estancamiento”, y frente a las expectativas de que los bancos centrales dejen de constituirse en el único juego del pueblo en que se apuesta a evitar el siguiente colapso, del trabajo de El-Erian, el reseñista de estos dos libros, llama la atención sobre el hecho de que ninguno de los dos reconozca suficientemente el problema de la productividad. Al efecto, concluye que sin aumentar la eficiencia, los trabajadores no ganarán más —o no sobrevivirán sus plazas de trabajo— y la economía seguirá estancada. Y ello volverá a poner en crisis al México de la vieja cultura política, económica y laboral, sin capacidad de adaptación al cambio, la adaptación a un presente ineludible.