El zapato de Cenicienta

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El zapato de Cenicienta

La noche del pasado miércoles 20 de julio, en la ciudad de Saltillo, por el bulevar Luis Donaldo Colosio, el bulevar de los sueños rotos, como diría Joaquín Sabina, corría una dama en su carro rojo, como mancha de sangre a la luz de la luna.

No pasan en balde los terremotos: por el efecto del tequila, Alejandra Valdés Ávalos,  a bordo de su vehículo Mazda, chocó una pipa de agua del municipio por la parte de atrás,  mientras ésta regaba los árboles del camellón,  como suele hacerlo todas las noches. Los empleados de a bordo Enrique Guerrero y Antonio Villegas,  fueron brutalmente embestidos.

Alejandra intentó deslindarse diciendo que ella no iba manejando, que había sido su primo. En balde fue su argumento,  su zapato había quedado en el pedal del acelerador: no hizo falta que los policías se pusieran a buscar a la propietaria,  como en el cuento de Cenicienta. Fue detenida ahí mismo y remitida a las celdas, donde quedó a disposición del agente del ministerio público.

Antonio Villegas Hernández llevaba 18 años trabajando en el municipio: falleció horas después en un hospital, no soportó la gravedad de las lesiones. Desconsolados, sus familiares dieron testimonio de la calidad de persona que les arrebataron.

Por su parte, Enrique Guerrero perdió una pierna por el impacto, hasta el momento en que escribo estas líneas, como un guerrero sigue luchando para seguir con vida.

La responsable del drama se divertía en un bar, en plena mitad de semana. Vuelvo a parafrasear a Joaquín Sabina: “venía de rezar por las cantinas,  paloma negra de los excesos”. Aquí se cumplió al revés aquel famoso proverbio: la vida se presenta primero como comedia y después como tragedia.

En México, más del 80 por ciento de los accidentes de tránsito graves, son ocasionados  por conductores ebrios. Nuestra vida  pende de un hilo, estamos a merced de que un borracho nos impacte con su vehículo y nos mate. Cuáles Zetas, cuáles cocineros. El verdugo puede ser un simple oficinista, un burócrata, un empleado bancario.

No han surtido efecto, salvo el recaudatorio, las medidas que implementan las autoridades para detener a los conductores ebrios. Los fines de semana son recurrentes los filtros que instala la policía para prevenir y tratar de inhibir que la gente maneje un vehículo en estado de embriaguez.

Siempre habrá alguien tratando de sacarle la vuelta al puesto de revisión, para  seguir ahogando las penas y chapoteando las alegrías en todo el vino del mundo.
Seguramente Enrique Guerrero y Antonio Villegas, ese miércoles llegaron a trabajar, prepararon sus implementos, llenaron la pipa de agua e iniciaron su servicio de regar los jardines de los camellones. Esos camellones que amanecen verdes, fueron al otro día el reflejo de la dedicación de dos víctimas de un borrachazo.

Matar en un accidente y bajo los efectos del alcohol, en México se puede arreglar fácilmente. Es cuestión de que los abogados lleguen a un acuerdo con los familiares de las víctimas.

Todo se traduce en pesos y centavos. Sin embargo, parece que Alejandra no llegó a ningún acuerdo con los deudos. Después de 48 horas de encierro, el sábado por la madrugada fue enviada al Penal femenil. Tendrá que vérselas con los abogados del municipio, quienes seguramente voltearán su bolso al revés. Esto es algo más que una foto multa, dirán sin duda los guaruras  jurídicos de don Chilo López.

A la funeraria donde velaron a Antonio,  acudieron familiares, amigos y compañeros de trabajo. Al fondo estaba el féretro con el cuerpo sin vida. “La vida no vale nada. Comienza siempre llorando, y así llorando se acaba”, como dictaminó el clásico.

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