El tren en Saltillo
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El tren en Saltillo
El tren es hoy prácticamente desconocido para mucha gente de la región porque no ha tenido la oportunidad de viajar en sus vagones. Sólo han visto pasar a lo lejos los larguísimos trenes de carga sin saber siquiera que el detonante del desarrollo en México fue el ferrocarril. Su primera línea, de menos de 20 kilómetros, se inauguró en 1850 con el Gobierno de don Porfirio Díaz, y fue a su vez la primera de América Latina. La época del Porfiriato fue la de su mayor auge, pues se tendieron en el País más de 20 mil kilómetros de “caminos de acero” por los que corrían los trenes llevando pesadas cargas o viajeros incansables.
Tanto sirvió aquella red ferroviaria al País, que la Revolución Mexicana se hizo principalmente en tren. Son famosas las fotografías de los vagones repletos de tropas hasta en los techos. Igualmente las de las mujeres, las “adelitas”, subiendo al tren con las canastas de comida y a veces con todo y prole; las de los caudillos de la lucha saludando desde las escalerillas de los elegantes trenes que les servían de transporte, de cuartel, oficina y vivienda. Muchos historiadores dicen que la lucha revolucionaria no hubiera sido posible sin el ferrocarril, pues además de transportar ejércitos, armas y pertrechos, también viajaron en sus vagones las ideas que pretendían instaurar la modernidad y la democracia.
Sin embargo, como tantas otras cosas en México, la noble empresa se comió a sí misma. Se la acabaron la corrupción y el pillaje.
Nunca se renovó ni se modernizó. Mientras que en Europa se electrificaban las redes ferroviarias y se utilizaban trenes en los que dominaba la idea de la comodidad para el pasajero y la gran velocidad, en competencia con los automóviles y los aviones, las máquinas y los vagones que utilizaba Ferrocarriles Nacionales de México eran las que otros países desechaban, Estados Unidos principalmente.
Aún así, durante poco más de una centuria, aquellas nobles “bestias con alma de acero” recorrieron una y otra vez las vías uniendo los puertos, ciudades, pueblos y rancherías de México, hasta que la vejez y el cansancio decidían su destino: el abandono en los tiraderos de viejos patios del ferrocarril, del cual sólo se salvaban unos cuantos carros: los vagones que daban techo y abrigo a las familias de los ferrocarrileros a lo largo y ancho del territorio mexicano. No es extraña la estampa de uno o varios carros de ferrocarril varados en tramos de vías inservibles, casi siempre cerca de las estaciones de los trenes. Luciendo floridas macetas de geranios en sus ventanillas y jugando los niños cerca de las escalerillas de madera que conducen a la puerta principal de la vivienda, estos vagones son hoy una escena común incrustada en el paisaje urbano mexicano.
Vendida a la iniciativa privada, la red ferroviaria está hoy cumpliendo con el objetivo que la impulsó desde sus principios: desarrollarse en función del comercio con el exterior y no como una vía interna de comunicación. Por eso los únicos trenes que hoy recorren las vías aledañas a nuestra ciudad son los que transportan pesadas cargas en trenes interminables, arrastrados por poderosas máquinas.
El ferrocarril llegó a Saltillo por primera vez, con gran regocijo de su reducida población, el 13 de septiembre de 1883. A más de 130 años, hoy todavía corren los trenes, aunque ya no de pasajeros, por las antiguas vías al poniente de la ciudad. A veces, los larguísimos trenes de carga permanecen estacionados en las afueras, al sur, pero en el momento menos esperado la ristra de vagones comienza a desperezarse y poco a poco agarra el vuelo para hacer honor al verso de Ramón López Velarde: “Suave Patria: tu casa todavía es tan grande, que el tren va por la vía como aguinaldo de juguetería”.