Usted está aquí
Él tiene miedo
Lo que antes se llenaba de huellas o marcas, ahora está solo. En aras de vivir -eso le dijeron- aceptó dejar de ser tocado, dejar de tocar. Sin embargo, a más de dos meses de aislamiento una idea le envolvía el cuerpo: ¿para qué vivir entonces? Era como el juego del gato y el ratón: a veces ganaba la razón, a veces la vida que decía: toca, muerde, succiona, abraza, penetra.
El celular entre sus manos. Variables de números en su directorio. Sin duda, en cualquier momento podría llamar a alguien. Lo detenía el policía interior; se expondría a ser considerado un criminal. Cómo que buscar así, en este momento, el calor de otra persona. Repasaba en la mente posibles conversaciones imaginarias de las mujeres a las que llamaría, que incluían el hecho de escuchar que todo lo podría conseguir por internet, incluso juguetes de plástico de tamaño real. Tantas veces lo hizo.
Pero fue en el aislamiento cuando se hastió de la pornografía. Vio lo clínico de las tomas, lo higiénico de los afeites, las muecas excesivas y mentirosas, la violencia de esa transparencia hueca. Vomitó.
Le faltaba el olor. Eso. El olor de otro cuerpo. La voluntad de otro cuerpo. Y hundir sus dedos en él. Escuchar la respiración. Reír. La charla del cortejo. El desorden de la casa por la presencia de alguien más.
Ir y venir a la oficina sin nadie en casa. No era el dolor de haber elegido vivir solo, era por primera vez el dolor de ver cuánto daño había hecho con su amargura, con su mundo interior que arrojaba a quien compartiera su espacio, con esos gritos que no eran más que para él, y no se había dado cuenta. Hasta ahora.
El celular vibraba con los mensajes pendientes de contestar. Ya había enviado suficientes fotografías desnudo. Y había recibido igual o mayor número de imágenes. Promesas, frases, descripciones. No era suficiente. Su mente había registrado un giro que se le antojaría femenino: esperar. Nada más equivocado había estado, pensó.
Así, decidió florecer en su deseo sin prisa. Se convirtió en un gato negro cadencioso y lento que caminaba por su habitación, desnudo.
Se abría un camino de elevaciones y descensos emocionales, lo sabía. Estaba bien. Volvería a aprender. O mejor: desaprendería y se dejaría asombrar, perseguiría trazos de olores, formas y sonidos. Tanto mundo, tanto por absorber y registrar, tanto para documentar y abrazar. El otro ya no como una imagen de revista digital u objeto inerte. Él también sería como esa otredad que buscaría: una ruta inesperada y desconocida.
El día le pareció más luminoso que de costumbre. En la oficina se preparó un café. Los días de espera para el final del aislamiento, lucían soportables ante tal descubrimiento. Sonrió.