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El tiempo medido por la luz del sol
Prefiero el tiempo medido por las flores, por los frutos. Por la luz del sol o por su ausencia. Sí, ese periodo calculado por el ascenso de una estrella o su declive.
Mi pulso se incrementa cuando alguien dice:
-Veámonos para mirar la puesta de sol. Ven a casa.
He encontrado a alguien de esa tribu.
Y allí voy, feliz. Me desplazo dichosa por la ciudad. No miro el reloj, miro el cielo. Y veo y sé cuánto tiempo tengo para llegar a la cita. Compro algo para compartir. Vuelvo a mirar la amplitud celeste. El sol aún está lo suficientemente arriba, para llegar. Mi corazón embate con una vivacidad dulce.
Al llegar, mesa dispuesta, copas de cristal, viandas, el viento helado del desierto. Es el momento justo. Y nosotros allí en la contemplación del sol que va cayendo en un sueño asalmonado. La piel antes acariciada por sus rayos, se abraza de mantas, como la que he llevado y con la que me cubro, multicolores ejidos por las manos de Alma Rosa.
La conversación se dirige a los tonos de la tarde que muere. Hacia los matorrales sedientos enfrente, a los mapas de presencia de agua y su eclipse. La mirada se va al horizonte. Hablamos del halo que deja el sol. Ese particular encuadre que no será igual mañana, un espectáculo generoso. Solo con tener ojos. Solo con quien mirar.
Esas conversaciones. Simples. Voluptuosas. De tanto que se abre el mundo.
Encontrar a esa tribu y compartir:
-Hoy el manzano estaba florecido, de un blanco sonrosado.
Saber que importa. Que incluso acudir a ver las flores es un acontecimiento importante. O recordar cómo es el tiempo en el que el sol agujerea las cabezas mientras se entra al desierto a caminar para ver la amplitud de piedras y líquenes.
O decir que las nuevas hojas brotan en los nidos que son las ramas, que es el tiempo de podar, que aquel árbol sigue guardando frutos. Hablar del tiempo que le toma a una rama engrosar su talla.
Llamar solo para decir:
-¿Has visto lo hermosa que está hoy la luna?
Y saber que del otro lado hay quien corre a ver ese particular momento. Que disfruta de ese embeleso. De ese tiempo de luz de oro o de luz de un helado blanquecino. Andar con esa tribu.
Allí va la naturaleza con nosotros y nosotros con ella: abriendo, cerrando; abriendo, cerrando. Y todo lo que hay en medio.