El Paso de Fernando

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El Paso de Fernando

Ha muerto Fernando del Paso, el autor de la novela “Noticias del Imperio” y otras de gran extensión. Me entero de su final durante una conferencia que sobre la violencia en México alguien ofrecía en una institución educativa.

Mientras la expositora empezaba a hablar sobre los feminicidios y otras calamidades, el escritor Rodolfo Gutiérrez, un compañero de trabajo, me preguntó en voz baja si ya estaba enterado de que ese día –el mismo en que escribo estas líneas- había muerto el escritor jalisciense.

¿Cómo? ¿Fernando del Paso?, pregunté, perplejo. Él me mostró la pantalla de su teléfono celular; me calcé los lentes y leí: “en Guadalajara, a los 83 años…” Por alguna razón pensé en “Las Luces de la Pasión”, la novela de mi amigo Héctor Cabello -ya ausente de la vida-, en la que da voz a Lou Andreas-Salomé, mujer que mantuvo relaciones muy cercanas con Rilke, Nietzsche y Freud.

En estos meses Héctor ha estado más presente que nunca en mi memoria, pues la Universidad Autónoma de Coahuila acaba de publicar un primer volumen de sus obras: “Narrativa completa”, que incluye la novela sobre Lou Andreas.

Y caigo en la cuenta: “Noticias del Imperio” es una obra de carácter histórico que recrea las circunstancias del efímero imperio de Maximiliano de Habsburgo en México. En ella, Del Paso intercala riquísimos capítulos en los que Carlota de Bélgica habla desde sus ochenta y tantos años, cuando el mundo que conoció se había transformado radicalmente.

Protagonista de uno de los momentos más apasionantes de la historia de este extraño país, Carlota había nacido en 1840, en la cumbre del romanticismo europeo, para morir loca, recluida en el Castillo de Bouchout, Bélgica, en 1927, nada menos que en la época del foxtrot, el cine, el aeroplano, el teléfono y tantos inventos que modificaron la vida humana para siempre.

Yo no quería nacer y a veces todavía pienso que no quiero nacer..."
Fernando del Paso, Discurso Premio Cervantes, 2015

Fernando del Paso debió de sumergirse en una investigación histórica de altísimo nivel para emprender una tarea como ésta: invirtió en su pesquisa al menos una década. Porque hacer hablar a ciertas figuras que ya forman parte capital de la historia; hacer hablar a una mujer como Carlota no debió ser simple. Y Del Paso abre su novela justo con un monólogo de este personaje que se ha convertido en emblemático:
“Yo soy María Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América. Yo soy María Carlota Amelia, prima de la Reina de Inglaterra, Gran Maestre de la Cruz de San Carlos y Virreina de las provincias del Lombardovéneto acogidas por la piedad y la clemencia austríacas bajo las alas del águila bicéfala de la Casa de Habsburgo. Yo soy María Carlota Amelia Victoria, hija de Leopoldo Príncipe de Sajonia-Coburgo y Rey de Bélgica, a quien llamaban el Néstor de los Gobernantes y que me sentaba en sus piernas, acariciaba mis cabellos castaños y me decía que yo era la pequeña sílfide del Palacio de Laeken…”.

Éste es uno de los discursos narrativos de la novela. El otro es plural e intervienen en él diversos personajes históricos o ficcionales, desde Juárez hasta Napoleón III, entre muchos. Gracias a esta amalgama de líneas narrativas, el autor logra construir un fresco panorámico –una novela polifónica: Bajtín dixit- de un breve pero axial pasaje de la historia de México, el del fugaz reinado de un Emperador que no era más que un soñador, un idealista liberal.

No puedo negar que los capítulos dedicados a la demente locuacidad de Carlota me son especialmente caros. Del Paso alcanza en ellos una altura literaria que supera la que había conseguido en “Palinuro de México”, por ejemplo. Escuchar, leer los delirantes monólogos de la emperatriz recluida estremecen al más indiferente:
“Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina, hija de Luisa María de Orleáns, la reina santa de los ojos azules y la nariz borbona que murió de consunción y de tristeza por el exilio y la muerte de Luis Felipe, mi abuelo, que cuando todavía era Rey de Francia me llenaba el regazo de castañas y la cara de besos en los Jardines de las Tullerías. Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, sobrina del Príncipe Joinville y prima del Conde de París, hermana del Duque de Brabante que fue Rey de Bélgica y conquistador del Congo y hermana del Conde de Flandes, en cuyos brazos aprendí a bailar, cuando tenía diez años, a la sombra de los espinos en flor…”.

Si palabras como éstas no electrizan a los mexicanos, no sé qué podría hacerlo, fuera de Rulfo, de Paz, de Gorostiza, de Villaurrutia o de la escalofriante realidad actual. Esta mujer, ya anciana y loca, estuvo en México creyéndose emperatriz, al lado de su marido, que era un amante de las mujeres y de la poesía; también creyó ser alguien que podía cambiar las cosas aquí, en este país que parece no tener remedio.

Ya gracias a escritores como Novo, Usigli y Fuentes habíamos escuchado la voz de Carlota, pero jamás tuvo el color y la densidad que Fernando del Paso le otorgó. Los mexicanos, que hemos hecho de ella una leyenda, seguimos escuchándola y seguimos confundiéndola con la de la Malinche, Sor Juana, Nahui Olin, la Llorona, la Rielera, la Félix, la Del Río; y con la de tantas otras proteicas apariciones del eterno femenino a la mexicana.

También y a su manera, mi amigo Héctor Cabello pudo hacer hablar a Lou Andreas-Salomé, hacia el final de los años 90: otra mujer-enigma, otra esfinge encarnada en una mujer histórica, como Su Majestad María Carlota de Bélgica, “Emperatriz de México y de América”.