El muro y la grieta: Sobre Cartas de amor para la Señorita Frankenstein
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El muro y la grieta: Sobre Cartas de amor para la Señorita Frankenstein
Si toda poesía está hecha de cantos y miradas anteriores, atisbo en la voz de Víctor esa marea donde a nado Eliseo Diego (con su mirada de la vida como un paisaje circense) y a Efraín Huerta –con su caminata y dibujo furioso sobre la ciudad– que nos grita:
“Hay en el aire un río de cristales y llamas, / un mar de voces huecas, un gemir de barbarie, / cosas y pensamientos que hieren; / hay el breve rumor del alba…”
Porque la ciudad que enuncia Palomo, la nombra desde el odio que sólo es posible hacia lo que se ha amado rabiosamente, ese lugar donde “Los trenes están a punto de partir. / La noche aún no termina. / Un hombre lo observa todo desde el puente.”
La ciudad aborrecida, la ciudad entrevista, pero también la ciudad soñada o espacio sumergido:
“Sabía que perdería lo que pierdo / y que toda fuga sería inútil / ciego ya nada importa / espero sobre la noche a que todo se cumpla”
Poema de imágenes móviles, que vuelven a erigirse cual latido primigenio; como la criatura de Mary Shelley, se pone nuevamente de pie, musitando su misma oscura plegaria, el mismo pasmo y la misma desolación:
“Dime: no lloverá ya más / sobre nuestras estatuas ambulantes / ni sobre nuestro palacio de manantiales internos / del que ahora salimos / para no volver.”
El amor como un monstruo
En la lectura de Cartas reitero mi amor a la poesía que trasciende el mero juego verbal, aquella cuya raíz se ancla en la herida sensorial y dérmica, esa que nos hace evocar y cimbrarnos de la misma forma a como lo hicimos ante un poema leído a los quince años:
“No se cuáles son las dolencias de un anciano:
un anciano subiendo las escaleras me refiero
un anciano que aborda un tren de muchachas
pasajeras.
Hace algún tiempo Augé designó ciertos requicios de la ciudad como un mapa de los no lugares: sitios de tránsito y fuga, dimensiones fantasmales y ambiguas, donde lo humano pervive en condición mutable y espectral: hoteles, mercados, carreteras, cafés… Palomo explora este limbo donde entrecruzan desconciertos y extrañezas, sin el demérito que mucho antes que él, desde la prosa y la poesía, autores como Pacheco -por ejemplo- se habían ocupado de la ciudad como un lento mecanismo de destrucción.
Esa extrañeza que ya ha anunciado Deleuze cuando escribió: Mi herida ya existía antes que yo.
Cartas es un diario de evidencias, legible para quien también ha transitado ahí: más allá del reflejo de las vidrieras de la intemperie nocturna, de esas superposiciones donde empalma el adentro y el afuera de Edward Hopper-, deambulado tras el extraño rumor de los goznes del alba, entreviendo los extraños signos que dibujan las despedidas, los fantasmas familiares o los círculos del sudor de un vaso en una mesa solitaria, los que han atestiguado esa bisagra abierta en la que se convierte una puerta, una boca, callejón o una cama.
A veinte años de su primera aparición, Cartas de amor para la Señorita Frankenstein se perpetúa en la irradiación de fulgores que lo animaron -la misma y otra electricidad que lo echó a andar por el mundo: libro de juventud, pero también de despedida, censo erótico y amargo: traslúcido diario de la extrañeza.
Álbum familiar, catálogo de destrucciones, “Cartas…” es también fragmentado epistolario. Libro circense donde el amor es criatura multiforme, evanescente imagen del terror, lenta furia, circo de tres pistas, donde “los payasos lloran en seco” y el amor es un abismo entrevisto “con la mirada de los trapecistas / que no se alcanzan en el aire”.
Cartas de amor para la Señorita Frankenstein
Víctor Palomo.
Mantis Editores / Universidad Autónoma de Coahuila.
2019. 80 p.
alejandroperezcervantes@hotmail.com
Twitter: @perezcervantes7