El gourmet criollo
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El gourmet criollo
La palabra gourmet es muy impresionante. Una vez alguien me dijo: “Licenciado: usted es todo un gourmet”. Me azoré tanto al oír eso que se me atragantaron los chilaquiles.
Pensamos generalmente que para disfrutar de una comida excepcional debemos ir a sitios lejanos. No es así: la buena comida, como la felicidad, está muy cerca de nosotros. Mis amigos tampiqueños, por ejemplo, abren la boca, boquiabiertos, cuando les digo que Tampico es una de las cinco ciudades mexicanas donde mejor se come. (Las otras cuatro serían la Ciudad de México, Puebla, Mérida y Oaxaca). Y ¿qué decir de las delicias saltilleras? Para no mencionar más que una especialidad declaro bajo juramento que los mejores tacos del país -y por lo tanto del planeta, y por lo tanto del Universo- se comen en Saltillo. Si se trata de tacos mañaneros, los de “Los Pioneros” no tienen rival en todo el mundo. Si se trata de tacos nocturnos, nadie en ninguna parte podrá superar los de “Las Brazas”, así, con zeta. Y esto lo dice alguien que ha comido tacos en toda la República, desde el extremo norte de la península de Baja Californa hasta el extremo sur de la de Yucatán.
Tiempo habrá, si Dios quiere, para hacer el catálogo de las diversas catedrales y basílicas que tiene en Saltillo el arte de la gastronomía. Déjame invitarte hoy a un recorrido de gourmets por tierras aledañas. Vayamos por el rumbo de la Carretera Nacional, allá por la Villa de Santiago. Ya no es villa esa villa, pero la gente sigue diciendo igual: la Villa. A los habitantes de Santiago se les llamaba antes “panzas verdes”. El nombre les venía de una fábrica de hilados y tejidos que existía ahí -¿existe todavía?-, cuyos trabajadores mostraban siempre en la región de la cintura las manchas de un tinte verdoso que se usaba para teñir las telas.
En Santiago se comían unos tacos supereminentes. Los confeccionaba Tavo, cordial señor que tenía su restorán frente a la plaza, al lado de la preciosa iglesia jacobea. A ese templo se subía por una empinadísima escalera de no sé cuantos peldaños. Cuando había casamiento los infelices novios agotaban todas sus fuerzas en el ascenso de aquella escalinata everestiana, de modo que las noches de bodas de los santiaguenses se caracterizaban por el profundo sueño de cansancio en que caían los desposados. En los funerales, como el ataúd era subido en forma casi vertical, el cuerpo del finado se deslizaba hacia abajo de la caja, y luego, al abrir la caja en el panteón para que los deudos vieran por últimas vez al ser querido, ya no se le encontraba, pues había quedado acurrucado en la parte inferior del féretro. El cajón entonces se veía vacío, como cosa de magia o sobrenatural.
Pero ya lo dice el dicho: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Volvamos a los tacos. Tavo preparaba unos insignes, entre los cuales la obra maestra era una especie de tacos que yo nunca había comido. Rellenaba un chile jalapeño -convenientemente desvenado para atenuar en lo posible su picor- con carne, atún o queso; lo lampreaba, y lo servía luego en tortilla, como taco. ¡Una delicia!
(Continuará. Si uno las busca y las cultiva, las delicias de la vida siempre continúan).