El (gordito) peor vestido

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El (gordito) peor vestido

Foto: Especial
Hay tendencias por todos lados, y todos intentan imponer su punto vista, pero hay un terreno con miles de opciones, en el que la libertad de que ‘aparentemente’ no importa tanto lo que se usa, estimula al ego y la creatividad. Les platico cómo lo descubrí

Ese lunes tuve mi primera cita con la nutrióloga, me traumó, me hizo pruebas de resistencia, me peso, me midió y salí defectuoso. 

Resulta que mi condición física esta bien, mi peso también ( 71 kilos y mido 1,72), pero en la medición de pliegues, osease como quien dice de la lonja, resulta que mi nivel de grasa es “muy alto”, si la nutrióloga me hubiera dado un madrazo en la cara me hubiera dolido menos.

Me dió dieta y una rutina para quemar grasa, desde entonces veía a la pizza como se ve a un “ex” (encabronamorado, tristecontento, fastiemocionado), así, de lejos, viendo esperando no ser visto, respirando aquel delicioso aroma a salsa de tomate y peperoni que tantas veces embriagó mis noches, recordando los buenos momentos y evocando a los malos para no perder de vista lo que me tiene en estas carnes. Pero bueno, sin proyectarse, decidí empezar la rutina, cabe recalcar que la única vez que fui al gimnasio fue como a los 17 años años y no duré ni un mes. 

Después de ganar el gran reto contra la flojera, el problema fue qué ponerme,  mi idea de ropa deportiva era “lo que está arrumbado en el rincón del guardarropa”. Mi elección fue una camiseta blanca de franjas grises horizontales (clásico error de gorditos) y un short azul que me queda algo grande y no sé ni de dónde salió.

Cuando llegué al gimnasio me sentí como si me hubiera puesto un mi camiseta de I <3 abuelita  y unos capri rotos para ir a la gala del MET.

Colores brillantes, cortes diferentes, materiales inteligentes, había de todo lo que hace falta en la calle -tal vez por eso hay gente que no invierte en su outfit diario, se lo gastan en la última colección de Addidas-, había más licra que en un concierto ochentero de Bowie, lo sorprendente es que nadie tenía complejos para usar esos modelos tan diferentes, y el calzado OMG: zapatillas deportivas con suela neón, franjas, o redes de tonos diferentes envolviéndolo, de todo. Y yo: gordo, deprimido y gris. 

No me sentí tan mal por que había por lo menos otras dos personas que, como a mí, no les llegó la información sobre el dress code. Y como ya había pagado, me quité la pena y comencé la pelea contra mis lonjas.

Durante una hora mis brazos ñangos lloraron, mis pupilas hirvieron en sudor y mis piernas recordaron su uso a latigazos.

Terminando, para relajarme decidí meterme un rato al sauna, error. No sabía que se usa para esos lugares, yo llevaba mi bermuda de palmeras. Todos estaban en ropa interior, o desnudos, parecía anuncio de Dolce & Gabanna.

A mi lado estaba un chavo como de 28 años, platicaba con otros dos mientras se rasuraba  las piernas y cada cuadrito de su maldito abdomen. Hablaban   sobre una no se quién que “pasó por la mitad de sus amigos” y le gustaba a uno de sus compañeros. Yo deseaba que el vapor fuera más denso. Me dije “tranquilo” y me fui moviendo despacito, buscando un lugar donde no llamara la atención, así encontré al siempre confiable rincón de los exiliados. Me senté y cerré los ojos, como si así evitara que me vieran. Cuando el vapor y las pláticas me fastidiaron, me salí.

En los vestidores, frente al espejo estaba un tipo como de 34, con anillo de casado, arreglándose el pelo con la secadora a toda velocidad. A un lado, otro más grande se ponía su tratamiento para la cara utilizando las yemas de los dedos para dar golpecitos y extenderlo, no me fijé si el tenía alianza. Yo pasé directo a las regaderas, que gracias a dios eran individuales.

Después de lavarme, respirar y tranquilizarme, decidí cambiarme lo más rápido que pudiera.

En esos tres eternos minutos escuché: “qué rico huele (tu desodorante), ¿dónde lo compraste?”, “¿ Raúl traes talco?, es que se me quedó mi estuche”, “éstos (calzones) son para ver a la Paty” y “¿a dónde tan peinado?”. Yo pensaba, “no me vean, no estoy aquí, solo estoy un poquito amigajonadito”.

Todo esto pasó en el 2014, a la fecha no he vuelto a pisar un gimnasio, pero ya estoy preparando mi guardarropa. La próxima vez no se van a burlar de este gordito.