El gobernante y el ave

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El gobernante y el ave

El gobernante muere en su habitación. La enfermedad entró inexplicable, ya que observó todas las medidas necesarias. Sin embargo, allí estaba, apagándose. Solo. Comenzó a imaginar que tal vez algún enemigo se las había arreglado para inocular el virus, sin embargo, como eran numerosos, se comía la cabeza dilucidando cuál de todos se habría atrevido a realizar tal acción. ¿O tal vez, se agruparían? Cómo saberlo.

Respiraba con dolor y melancolía. Recibía, como un preso, los alimentos. Sus elucubraciones fueron interrumpidas cada vez más frecuentemente por una ausencia que punzaba: comenzó a extrañar acariciar la cabellera de su mujer, como hacía mucho tiempo no le ocurría.

La fuerza lo abandonaba como se desprende una semilla de diente de león, suave pero definitivamente. Y algo pasó. El sentido de la vista se volvió abarcante. Por primera vez se maravilló de la forma del pájaro que aparecía en su ventana, y bajo sus pies desnudos, sentía cómo el piso de marmol que brillaba impoluto, era de una frescura deliciosa.

Un desfile de pensamientos había salido de su mente. En esta procesión, pasó, entre otras, la idea de contagiar a sus enemigos -para que compartieran su misma suerte- y pensó en cómo obtener fuerzas para poder salir de allí, y disfrazado, llegar ante algunos de ellos. Escupitajos ocultos en algún pañuelo, muestras de su saliva en un botecito para depositar en un vaso de agua del contrincante y cosas por el estilo.

Sin embargo avanzó la idea más aterradora: Dios. Intentó convencerse de su inexistencia. Esto lo tranquilizó un buen tiempo pero no tardó en soñar con él. Sería la educación, sería el bautismo, sería la tradición, sería la cruz que le colocaron encima de la cama; el caso es que no pudo desterrarlo. El mensaje definitivo llegaba en sueños: su Dios era un hombre barbado y viejo que, iracundo, y desprendiendo fuego blanco por los ojos, le ennumeraba sus fechorías.

No pudo aguantar ese sueño más de tres veces. Así que al llegar la noche, se tomó dos pastillas de tafil; sabía que lo tumbarían como una patada de mula. Era lo único que le permitía no soñar. Santo remedio.

Las enfermedad avanzaba. El hambre huía de su cuerpo. Su único solaz era observar el jardín y la oscilación de los árboles. En su desesperación, por momentos deseaba apretar hasta asfixiar, al ave que cantaba en la ventana. Luego, sollozante, al siguiente amanecer, le pedía perdón y se extasiaba con su belleza y sus sonidos. Aquella era una danza del pensamiento muy tortuosa. Pasaba de la bondad absoluta a la ira más feroz.

Un día su habitación cambió de color: era blanca.

Es una señal, -pensó-. Entonces, estuvo seguro que Dios lo había perdonado. Sonrió mientras pasaban los alimentos por una sonda. El ave había entrado, inmensa, por la ventana que no tenía cristal alguno. Cantaba a su lado.