El escuadrón antisuicidios que ha salvado a más de 80 personas

Policías de la UNIF responden a los llamados de intentos de suicidio, hacen una labor de contención emocional, escuchan y calman a la persona que quiere acabar con su vida, incluso atienden hasta tres o más crisis al día
Fotos: Vanguardia/Luis Castrejón

Por: Jesús Peña
Fotos: Luis Castrejón
Edición: Nazul Aramayo
Diseño: Marco Vinicio Ramírez R.

 

Los radio matra no paran de toser en la oficina de la Unidad de Integración Familiar (UNIF) de la Policía Preventiva Municipal, y juro, por mi madre, que no estoy esperando a que caiga un reporte de intento de 6-3, la clave usada por la corporación para designar un suicido, 6-3, lo juro.

De cualquier forma los oficiales ya me advirtieron que no podré acompañarlos a ningún servicio porque, dicen, va contra el reglamento y sólo me permitirán estar en la base mientras reporteo esta crónica, no más.

“Yo les digo a los periodistas, ‘pongámonos del otro lado: que fuéramos nosotros los familiares de la víctima’”, dirá Patricia Moreno Domínguez, la coordinadora de la Unidad.

Y yo me quedo pensando.

Las 9:00 de una mañana soleada  de miércoles, pero da igual, porque para el suicidio no hay hora, día de la semana ni condiciones atmosféricas que valgan.

La UNIF, que es un despacho mínimo de paredes falsas, con una pequeña recepción apenas, cuatro cubículos con dos sillas y escritorio, un pasillo medio en penumbras y un cuartito con mesa redonda que se utiliza como sala de juntas y comedor, no cabe de policías y de gente:
Un anciano con su nieta trotamundos de 13 años pidiendo que detengan, por trotamundos, a su nieta, mientras llega el papá; unos padres con sus críos rebeldes de secundaria que vienen por el conejo de la psicóloga; otra señora con su nene malcriado… otra señora… otra señora… otra señora…

Alrededor el tráfago de la calle Pérez Treviño: carros, más carros, un puesto de tacos allá, un Oxxo acá, un vendedor circulante de chicles y fritangas y una ambulancia de la Cruz Roja a todo motor, aullando.

Patricia Moreno Domínguez, coordinadora de la UNIF. Fotos: Vanguardia/Luis Castrejón
Le vamos ganando a la muerte, es una lucha entre la muerte y la Policía y vamos ganando. Si lo ves de desde ese punto de vista, le vamos ganando”.
Patricia Moreno Domínguez, coordinadora de la UNIF.

Y los matras en las oficinas de la UNIF que no paran.
En el cubil de los psicólogos, muros rosados y desnudos, Adriana Rentería López, 42 años, criminóloga y policía asignada a la UNIF, trata de recordar.

“Es que son muchos, pero...”.

Ah sí…
Ya:
Una recámara en el segundo nivel de una casa, el suelo tapizado de cristales y sentada sobre la cama una mujer delgada, pálida, pelo largo, cuarentaitantos, con un vidrio en la mano, gritando.
Dice que se va a matar.

La llamada cayó como a las 7:00 de la tarde en el 911 y luego en la base de la UNIF.

En el primer piso hay muchos familiares.
“¡Suban!”, claman.

“¡Está arriba!”, gritan.

Desde que llegan, a Adriana y a sus compañeros de la Unidad les da la impresión de que la familia está más preocupada por el quebradero de objetos –cuadros religiosos, vasos de veladora– que ha armado la mujer, que por su intento de quitarse la vida.

Que la detengan, que se la llevan, porque se quiere cortar las venas, prorrumpen.

Hace dos días que el padre de la mujer murió y la mujer quiere cortarse las venas.

Adriana entra al cuarto, es un cuarto grande, evoca.
La mujer tiene un vidrio en la mano y grita.

Que se calme, le pide Adriana de lejos, no puede acercarse, no debe acercarse por seguridad suya y de la suicida, por temor de que se haga daño o le haga daño a ella.

En la pieza hay profusión de cuadros de santos y vasos de veladora hechos añicos; un tocador de espejo, sin espejo, vidrios regados por todas partes.
Escena dantesca, piensa Adriana.

“Y la señora, sí la ves, pos hasta como… Decían ellos que estaba poseída”, cuenta Adriana como si yo la estuviera viendo.

Fotos: Vanguardia/Luis Castrejón

Tranquila.

“Estamos para ayudarte, platícame lo que está pasando, te queremos ayudar, estamos para servirte”, le dice Adriana.

Y la mujer que “no, nadie me puede ayudar, ni mi familia ni nadie’”. 

“Le digo ‘ellos están preocupados’. Fue una mentira piadosa, porque no parecían”, dice Adriana.

De a poco la mujer, cara rojo furia, para de gritar, suaviza la voz, llora, cede, platica su vida.

“Me cuenta que de niña le hacían bullying. Sus familiares la sacaron de la escuela porque le daban convulsiones y la mandaron a trabajar. Pasa el tiempo, la señora empezó a crecer, nunca va a bailes, nunca va a fiestas, es el patito feo de la familia. La empiezan a relegar, la casan ya grande, de 45 años, con una persona a la que ella no conocía, porque dicen que teniendo relaciones sexuales se le van a quitar las convulsiones. Al año se muere la pareja, ella se entera que el señor tenía sida. Dice ‘gracias a Dios no tuve hijos, pero ahora tomo como 25 medicamentos, tanto para las convulsiones como para el sida’. Al fallecer su papá, que era el único que la apoyaba, ella decide que ya no quiere seguir viviendo. Una historia muy triste. Al último dice ‘muchas gracias por escucharme’ y nos abrazamos”.

Había pasado más de una hora desde que Adriana y el grupo de la UNIF llegaron al domicilio de la mujer.
¿Qué hicieron con ella?

“Aquí lo que procede es trasladarla al Cesame para un diagnóstico”.

¿Y aceptó?

Adriana Rentería López, policía de la UNIF.Fotos: Vanguardia/Luis Castrejón
El don de la palabra ‘tranquila, mire’ y distraerlas, ofrecerles la ayuda. Despertar la empatía. Uno tiene que ser flexible, empático, facilitador de la comunicación”.
Adriana Rentería López, policía de la UNIF.

“A base de mucho convencimiento. Hay gente que se niega. La herramienta más poderosa que nosotros tenemos es la palabra”.

Adriana dice que éste ha sido uno de los casos más difíciles que le han tocado en suerte, por lo desgarrador.

Le pregunto a Adriana que de quien o de dónde le viene ese don de ganarse a la gente, de persuadirla, y para explicar la confianza ella utiliza una metáfora sensual, sugestiva, voluptuosa:
“Es como un hilo de media. El don de la palabra ‘tranquila, mire’ y distraerlas, ofrecerles la ayuda. Despertar la empatía. Uno tiene que ser flexible, empático, facilitador de la comunicación, para llegar a eso. Porque muchos dicen ‘déjenme, suéltenme, déjenme terminar con mi vida’. Tú dices, ‘no, tengo que actuar de alguna manera para que se bajen los ánimos’, que es lo importante y no  logren hacerlo. Despierto la confianza en las personas para que me platiquen. Siempre he tenido eso de que ya con un saludo me empiezan a platicar”.

Sábado 28 de abril, mediodía nublado, pero es igual porque el suicidio no tiene efemérides, horarios ni clima preferido.

Estoy con Patricia Moreno Domínguez, la coordinadora de la Unidad de Integración Familiar (UNIF), en su oficina, que es más bien austera, sin presunciones.

“Le vamos ganando a la muerte, es una lucha entre la muerte y la Policía y vamos ganando. Si lo ves de desde ese punto de vista, le vamos ganando”, dice.

Y recita números:
Más de 80 personas salvadas de suicidarse por la Unidad en lo que va del año.

“Le vamos ganando y no nos vamos a dejar, le vamos ganando”, desafía Moreno.

Para eso unos 30 oficiales, destacados a la UNIF, trabajan todo el día, todos los días, en turnos ocho horas, 10 agentes por jornada.

Todos con exámenes psicológicos y de aptitudes acreditados.

La mayoría con título de criminólogo, psicólogo, licenciado en Seguridad Pública, ingeniero en Sistemas Computacionales y técnico en Urgencias Médicas.

No cualquiera trabaja en la UNIF.

Por los rincones de la Unidad flota una música meliflua que entona con la atmósfera rosada y fucsia de sus paredes.

“Es música para relajar. Si te das cuenta los colores y la música... Entras y hasta parece un consultorio no una oficina de la Policía”.

Onésimo Cortés Ruiz, licenciado en Seguridad Pública, 50 años, 24 de laborar en la corporación, seis como comandante de grupo en la UNIF, está haciendo memoria…

Rosa María Balderas Flores, de la UNIF. Fotos: Vanguardia/Luis Castrejón
Uno siente, eres ser humano, pero tienes que hacer tu trabajo. No te puedes quebrar ahí con ellos. Por que cómo los vas a ayudar”.
Rosa María Balderas Flores, de la UNIF.

“…Mmmm…”.
Ah sí. 
Ahora recuerda. 
Una joven de 22 años.
Chaparrita, muy guapa, que quiso matarse tomando pastillas, un medicamento controlado, no diré cuál, para no dar ideas.

Apenas la oficina recibió el reporte del 911, Onésimo y su compañía se trasladaron al lugar y lograron rescatar a la muchacha.

Eso fue un lunes.

Dos días después, el miércoles cayó en la Unidad el aviso de una nueva amenaza de suicidio.

Se trataba de la misma chica que esta vez había intentado cortarse la existencia con un cuchillo.
La Unidad llegó a tiempo.

La trasladaron al Cesame.

El domingo inmediato el 911 informó a la UNIF sobre una mujer que amagaba con ahorcarse en el patio trasero de su casa, usando una soga.

Otra vez la misma mujer.

Tres intentos de suicidio en una semana, tres.
La familia apenada, ¿no?

“Ya nos conocen: ‘aaah, ustedes vinieron… Ora intentó colgarse. Quiero que me la ayuden’. Nos ven como los que les vamos a salvar la vida”.

Al parecer la nena se había estado drogando durante la noche.

“Andan muy alegres y en la mañana les da el bajón. Se ponen agresivos con la familia y en ese momento deciden quitarse la vida cortándose las venas, ahorcándose”.

La Unidad la salvó. 

“Le digo ‘te vamos a ayudar, por eso estamos aquí’, dice ‘yo quiero que me ayuden, pero en ya dejarme en paz. Lo que quiero es dormir para siempre, quitarme la vida, eso es lo que deben de hacer por mí’, le digo ‘no, pos cómo’, dice ‘ya no quiero estar aquí y estén ustedes o me lleven donde me lleven, yo voy a quitarme la vida…’”, cuenta Onésimo.

Parece que la chamaca era madre sola de dos críos, vivía con la abuela, los niños separados de ella, con la mamá.

“Empezó a decir que estaba molesta con todos, con su abuelita, con su mamá que no la quería. Hablaba de una persona que la había abandonado, muy probablemente su pareja, y estaba molesta por eso, que ella le había entregado su amor, su corazón y él la había dejado”, dirá Édgar Villanueva Zavala, técnico en urgencias médicas y policía adscrito a la UNIF.

Onésimo Cortés Ruiz, comandante de la UNIF. Fotos: Vanguardia/Luis Castrejón
Vemos que se va viva la persona, ya sea al hospital o la rescatamos de que se corte las venas o que se cuelgue, para nosotros es muy satisfactorio”.
Onésimo Cortés Ruiz, comandante de la UNIF.

Y seguro que se siente chévere su laburo, ¿no?, le pregunto al comandante Onésimo.

“Vemos que se va viva la persona, ya sea al hospital o la rescatamos de que se corte las venas o que se cuelgue, para nosotros es muy satisfactorio”.
Pero es una bomba su trabajo, ¿no?

“Un poco de desgaste emocional, pero es nuestro trabajo y lo tenemos que hacer”.

¿Y cómo lo sacan?

“Platicamos entre los compañeros. Llega un momento en que echamos hasta relajo, pero para sacer todo el estrés que trae uno. Llevamos una capacitación bastante buena dentro de la UNIF. Todo el personal de aquí debemos de tener la sensibilidad para tratar con problemas de violencia familiar”.

Patricia Moreno, la coordinadora de la UNIF, dice que en esto de los intentos de suicidio nada es ley: hay días que salen tres; hay días que no pasa nada.

Cada mes la Unidad atiende entre 20 y 25 intentos de suicidios, la mayoría de hombres en edad productiva, la mayoría en la parte sur de la ciudad.

En el norte, muy poco.

¿Por qué?

“Los problemas económicos también tienen que ver mucho en esta situación, aunque problemas familiares en todos lados hay. Algunos los ocultamos más que otros, pero en todos lados hay, no puedes decir que no existen”.

Y se hartarán de regresar con los que ya intentaron muchas veces, ¿no? 

“Cuantas veces sea necesario vamos a llegar. Así me hablen 10 veces, tengo que acudir 10 veces”.

Mañana canicular en el número 224 de la calle cuarta, colonia Herradura, la casa de Javier López Gómez, psicólogo, policía y cristiano, asignado a la UNIF.

“Pues… verá… Son varios…”.

Un día llaman de la Cruz para decir que tenían a un hombre de 27 años con intento de suicidio.

El hombre había querido ahorcarse con un hilo de plástico, y la Cruz pedía que la UNIF acudiera para darle contención emocional, intervención en crisis, vulgo, calmarlo.

Cuando Javier llegó, lo encontró recostado en una camilla, tenía en el cuello las marcas de la cuerda y lloraba.

Era un desempleado, soltero y alcohólico, que estaba cansado de ser una carga para su madre y por eso se quería morir.

Un vecino, a quien él le había confesado su decisión, llegó a tiempo para descolgarlo.

Estaba inconsciente.

Javier López Gómez, policía de la UNIF. Fotos: Vanguardia/Luis Castrejón
Primero, darle esta empatía, esa confianza, soy todo oído para escucharte, para apoyarte, ayudarte. Después te va a contar su problema... le das este aliento de vida”.
Javier López Gómez, policía de la UNIF.

El amigo lo llevó entonces a la Cruz Roja.

El hombre había aprovechado el momento en que su madre fue de visita a casa de una de sus hijas para tomar una soga y colgarse de la protección de una ventana, en el baño.

“Su mamá estaba enferma, tenía diabetes, y él dijo ‘ya no le voy a dar más problemas’, estaba solo en la casa y le habló a un amigo que es su vecino: ‘sabes qué, ya no me quiero y me voy a quitar la vida’. Le dimos el aliento. Yo siempre me encomiendo a Dios, soy cristiano, y le digo que ponga las palabras en mi boca para poder alentar a esas personas. Le di los primeros auxilios psicológicos”, cuenta Javier.

Los primeros auxilios psicológicos.
¿Cómo es eso?

“Es, primero, darle esta empatía, esa confianza, soy todo oído para escucharte, para apoyarte, ayudarte. Después te va a contar su problema. Sigue la ambivalencia, te quisiste quitar la vida, la vida es maravillosa, le das este aliento de vida, confrontar sus pensamientos. Y luego viene la solución, darle el seguimiento adecuado, las terapias”.

Casi las 13:00 de un jueves tibio, pero da lo mismo, porque hace días que el suicidio no da tregua en la ciudad.

Ya vamos para los 40, desde enero.

En la recepción Rosa María Balderas Flores, 36 años, dos años de haber llegado a la UNIF, contesta el teléfono, manda menajes por el radio matra.

Ella es más de estar en la base de la UNIF, en punto fijo, dice, respondiendo llamados, atendiendo a la gente, pero… de los que le han tocado…
“Claro…”.

Una señora como de 57 años, 1.62 de estatura, blanca, robusta.

“No, no era de aquí, era de Canadá”.
Vivía sola.

Andaba con depresión.

“Llegó el momento que dice que se le juntó todo y pensó en hacerse daño”, cuenta Rosy. 

Quería tomar pastillas.

La reportó el único vecino con el que hablaba.
Al principio no quería abrir, pero lueguito los de la UNIF la convencieron de platicar. 

Platicaron con ella, se desahogó y aceptó venir a la Unidad para que le dieran atención psicológica, ese día no quiso, pero prometió que después vendría.
Se quedó más tranquila la señora. 

¿Ha llorado usted?

“Uno siente, eres ser humano, pero tienes que hacer tu trabajo. No te puedes quebrar ahí con ellos. Porque cómo los vas a ayudar”.

Rosy es madre sola de tres hijos: una 17, otro de 15 y una cinco años. 

Todos los días platica con ellos.

Édgar Villanueva Zavala, policía de la UNIF. Fotos: Vanguardia/Luis Castrejón
Empezó a decir que estaba molesta con todos, con su abuelita, con su mamá que no la quería. Hablaba de una persona que la había abandonado… que ella le había entregado su amor, su corazón y él la había dejado”.
Édgar Villanueva Zavala, policía de la UNIF.

“Y más últimamente que ha pasado lo de los suicidios”, dice.

¿Qué pasó con la señora aquella?

“La verdad ya no supe”.

De vuelta en su oficina, Patricia Moreno, coordinadora de la UNIF, dice que cada mes este despacho manda un listado a las instituciones de Gobierno, dedicadas a la atención de la salud mental, con los nombres y direcciones de las personas que han intentado matarse.

“Si nosotros nos pusiéramos a dar seguimiento a todos, no alcanzaríamos”.

Cuando las familias o las víctimas de intento de suicidio se niegan a ser trasladadas a algún centro para su revisión, entonces los agentes de la UNIF sacan una carta que se llama negativa de apoyo con una línea al final que dice “firma”.

Si los familiares acceden, entonces los oficiales de la UNIF sacan otro papel que dice que autorizan el traslado y lo signan.

“No los puedo llevar en contra de su voluntad, eh, quien tiene que autorizar es la familia. Luego hay familiares que te dicen ‘no, cómo que me lo vas a llevar al Cesame si no está loco’”.

¿Existe eso de los focos rojos?

“A veces no sabemos, ‘ah, pos está triste, lo dejó la novia’, hay que poner atención en esas cosas. Su rendimiento escolar en vez de ir para arriba va para abajo, sus hábitos alimenticios cambiaron, sus hábitos de higiene han cambiado”.

Vamos a poner atención y vamos a pedir ayuda. A lo mejor no pasa nada, a lo mejor sí puede pasar algo.

A las afueras de la Unidad, el tráfico a millón, Édgar Villanueva Zavala, técnico en Urgencias Médicas y policía, 34 años, casi dos de pertenecer al grupo, elige acordarse de…

La sala de una casa, el piso y la paredes rojas de sangre, y oculto tras de una pared, un muchacho, como de 22 años, con un cuchillo en las manos.
Alto.  

“No se acerquen”.

Si se acercan se mata o los mata, dice. 

El chico tiene los brazos ensangrentados, el rostro, el pecho.

Está pálido.

No quiere hablar con nadie.

En la calle la madre del plebe y una hermana aguardan.

La hermana está alterada, furiosa.

Dice que rápido.

Que si no, va llamar a otra corporación.

Que ustedes no valen eme, dice.

Édgar, que siempre carga con su maletín de paramédico, se calza sus guantes.
“No se acerque”.

A Édgar le da impotencia, hay demasiada sangre.
Onésimo Cortés, el comandante de grupo, entra en acción:
“Permíteme hablar contigo, yo te voy a ayudar, somos de la Unidad de Integración Familiar, no traigo armas, no traigo nada”.

El chaval suelta el cuchillo.

Ya estuvo.

Varios oficiales lo toman por los brazos.

No se resiste.

Suda.

Se desvanece.

Entra en shock.

“Suéltenlo”, que lo suelten pide Édgar.

“Siéntate”.

Que se siente, le dice al muchacho.

“Y no te muevas”.

Es una herida profunda y grande.

Édgar taponea la hemorragia.

En un tris llega una ambulancia de Bomberos y se lo lleva.

Fotos: Vanguardia/Luis Castrejón

Al parecer el chico era adicto a las drogas.

“Decía que tenía miedo y vergüenza”, cuenta Édgar.
Meses después la sorpresa.

En los diarios apareció la noticia de un muchacho que se había suicidado, ahorcándose.

A los de la UNIF el caso les sonó familiar.

“Hicimos lo que se pudo en ese momento, la cuestión es que no se dio el seguimiento debido”, dice Onésimo Cortés.

Lo echaron en saco roto, ¿no?

“Por eso les digo: ‘estén al pendiente, no los dejen solos, traten de entenderlos’, porque en muchas familias como que traen coraje para con ellos, ‘siempre está amenazando con que se va a matar, está loco, es un alcohólico’ o ‘ya haz lo que vayas a hacer. Si te vas a matar no te mates aquí, vete allá a donde no te vea’. No es la manera de tratarlos.

“Hace poco me tocó venir un sábado en la tarde. En la mañana se había presentado un intento, en la tarde se presentaron tres y en la noche se presentaron otros tres intentos de suicidio. La verdad sí me angustié, dije, ‘ya fue mucho, ya esto me está angustiando’, y se lo externé a mi esposo en casa”.

Está diciendo Gabriela Martínez Ramírez, psicóloga de la UNIF.

Y me cuenta de una mujer que se quería matar por su expareja tomando pastillas para la migraña.

Cuando Gabriela llegó con los de la Unidad, la chica estaba en su recámara tomando cerveza, el cenicero rebosante de colillas de cigarro, un celular.

La muchacha había estado enviando mensajes a su expareja avisándole que se mataría.

“Me la pasé yo creo que como una hora y media en el domicilio, platicando con ella y tratando de ayudarle. La cuestión era que ya había terminado con la pareja, que habían tenido problemas, pero ella deseaba seguir conservando esa relación y la otra persona ya no. Ella insistía mucho en que estaba sola, que se sentía muy sola”.

 

 

DATOS

80 personas salvadas
de suicidarse por la
UNIF en lo que va
del año.

30 agentes forman
el escuadrón
antisuicidio de la
UNIF.

20 y 25 intentos
de suicidios atiende
en promedio la
UNIF por mes.

Fotos: Vanguardia/Luis Castrejón

¿Qué piensa de esto?

“Hay que respetar siempre los motivos. Muchas veces para nosotros pudieran ser insignificantes, pero para esa persona definitivamente es una cuestión de gravedad. Lo que muchas personas buscan es que las escuchen. Escuchar qué las motivó a tomar esa determinación y tenemos que convencer siempre a la persona de recibir la ayuda”.

Al final la Unidad trasladó a la mujer a casa de una hermana.

“Tenemos que asegurarnos que la persona va a estar bien, no la podemos dejar sola y decir ‘ah, ya le brindé el apoyo emocional, ya se quedó  tranquila’, porque no, no podemos confiar”.

La oficial Adriana Rentería López se está acordando de la vez que le tocó cubrir un intento de suicidio en un domicilio donde ya se habían matado tres.

Era una mujer de 23 años, que pensaba que colgándose iba a resolver la angustia que le causaba la infidelidad de su marido.

“Los familiares que se suicidaron eran hombres y todos se colgaron en el baño de la casa. Decía ella ‘si mis familiares ya lo hicieron, por qué yo no’”.

Tenía tres hijos.

Cuando la Unidad llegó el esposo la acaba de descolgar de la regadera.

Lograron calmara, por esa vez.

Es de madrugada, pero es igual, porque el suicidio no duerme.

Mientras termino de escribir esta crónica llamo por celular a Onésimo Cortés, el comandante de grupo de la UNIF, para preguntarle si hay alguna novedad.

“Estoy de descaso, pero al parecer anoche hubo tres intentos…”.

Tres...

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