El corazón del corazón
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El corazón del corazón
“No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
por diez lugares suyos, cierta gente,
puertos, bosques de pinos, fortalezas, una ciudad
deshecha, gris,
monstruosa, varias figuras de su historia, montañas
-y tres o cuatro ríos.”
Alta traición.
José Emilio Pacheco
Ando sobre un camino mullido y suave. Eso indica que últimamente no muchos han pasado por aquí. Me sobrevuelan habitantes alados en plumajes azules o amarillos y verdes. Este es el espacio de Saltillo que más me gusta. El que tengo a cinco minutos del bullicio. Desde aquí ancla la lluvia su presencia, algunas nubes nacen aquí. Desde esta elevación y sus oquedades va el agua. Desde aquí los osos, los pumas, los peces, los hongos y las ranas. Desde aquí las diminutas orquídeas, desde aquí.
Este mundo natural permitió que Saltillo se fundara. Este es el corazón del corazón de la ciudad. Y antes de nosotros, naciones nómadas. Y antes, el reino de la geología, sus truenos y aberturas.
En este espacio, bien adentro en la Sierra de Zapalinamé, están las mejores clases de biología, zoología, botánica o astronomía. Las más altas clases de literatura y geometría. El mejor patio de juegos. No hay espacio mejor ataviado, ni diseño arquitectónico u obra de arte que se le comparen. Y es desde aquí que parte nuestro cerebro con imágenes que luego reclamamos nuestras, sin saber la razón lo que sabe el cuerpo: somos naturaleza, somos su espejo. Así que, con un pincel, untamos agua, tierra y musgo sobre hojas blancas, para no olvidar esto.
Aquí está el aprendizaje del cuerpo en resistencia: subir un poco más. Otro más. Sudar. Avanzar. Caminar hasta que el corazón lata con tal estruendo que mueva tu pecho y lo escuches.
Me gusta este espacio porque aquí tomo fuerzas para volver a las aceras y el asfalto. Amo sus bancas hechas de piedras, los conciertos que ofrece el follaje y la película gratuita que es ver pasar las nubes tendida entre hojarasca.
Aquí mi hija y yo hemos pasado la noche cobijadas por mantas y estrellas, con frío y hielo. A este espacio acudo a dormitar también, como las siestas que tomaban mis abuelos por las tardes en aquella casa de adobe, pero con la diferencia de que al abrir los ojos veo follaje y venas de clorofila. Se entra con facilidad en el sueño, todo es encontrar el pecho de la tierra y amoldar la figura. Y se siente un abrazo.
Cómo esta sierra no va a ser casa, si es el nido de los árboles, élitros y escamas. Si aquí nacen ojos, cornamentas y pelajes. Cómo no va a ser nuestra primera casa, si aquí están nuestras huellas y huellas más antiguas. Si fue desde aquí que el agua dio saltos grandes y pequeños, pulió cauces y abrió ríos que todavía nutren por encima y por debajo, la piel de la ciudad.
Cuando subo a este espacio, el corazón del corazón de Saltillo, nunca olvido que miradas naturales me observan y detallan mi destreza o falta de oficio en la elevación. Recuerdo guardar respeto por esta casa que hace esquina con el viento aromado por resinas, cantos insectos y polen.