Usted está aquí
El comercio de ayer
Los comerciantes saltillenses mantenían contactos muy estrechos con puntos importantes de la República, especialmente con la capital del virreinato y con Veracruz. Recordemos de nueva cuenta el caso de Santos Rojo, comerciante, que trajo la imagen del Santo Cristo de la Capilla de uno de los viajes que periódicamente hacía a Xalapa para aprovisionarse de mercancías y para llevar allá, al mismo tiempo, las que se producían acá. Hay evidencias que muestran ligas muy estrechas -incluso de parentesco- entre comerciantes locales y otros de la ciudad de México, con uso de libranzas de correo, fianzas y otras prácticas mercantiles comunes al que debe haber sido un trato frecuente entre Saltillo y la capital de Nueva España.
En 1794, por ejemplo, el mercader Juan Manuel Rosillo hace un viaje a Veracruz acompañado de su señora esposa con el propósito de adquirir efectos de comercio. Por desgracia no logra cumplir su propósito don Juan Manuel: la muerte lo sorprende en Xalapa. Pero su viuda, que posiblemente era tan comerciante como su difunto señor marido, no se amilana; la encontramos pocos días después en Puebla comprando mercancías por valor de 2,500 pesos, que entonces era una apreciable cantidad.
¿Qué mercancías eran las que distribuían los comerciantes saltillenses? De todo, como en botica, había en sus tiendas. No existía aún en esos tiempos el comerciante especializado, que se dedica solamente a la compraventa de uno o de pocos artículos. Todos vendían de todo: telas (especialmente la muy famosa y de mucho uso llamada ‘indianilla’), ropa (capas, medias, prendas del atuendo indígena como hipiles, jorongos y quexquémetles, pañuelos y sombreros), jabón, papel, muebles, mercaderías muy diversas venidas de sitios tan remotos como China o Inglaterra, y granos como trigo, arroz, lentejas, garbanzo, con otros artículos de alimentación tales como azúcar y manteca, y hasta singularidades como azulejos de Puebla.
Todo eso no lo vendían sólo en Saltillo. De aquí salía todo lo que otras poblaciones requerían. Existen registros de ventas muy importantes que los comerciantes de Saltillo hacían en lugares tales como Mazapil y Sombrerete. Hasta Durango llegaban los mercaderes saltilleros en sus andanzas por los extensos caminos del norte de la Nueva España, y eso los define no sólo como pertenecientes a una población de considerable importancia en cuanto hace a las cosas del comercio, sino también como comerciantes emprendedores que no vacilaban en desafiar todos los peligros que en aquellos caminos podían -y solían- presentarse, como los indios salvajes, los bandoleros y todos los riesgos derivados de las pésimas rutas que debían transitar.
Pero no paraba en el comerció la ambición de un comerciante típico en el Saltillo de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Norma general entre los comerciantes de aquel tiempo era su aspiración a convertirse en hacendados. Sin embargo esa ambición no significaba que el comerciante quisiera dejar de serlo. Su deseo de hacerse de tierras y obtener provecho de ellas, ya en la agricultura, ya en la ganadería, era precisamente para fortalecer su actividad de comerciantes, convirtiéndose en productores de las mercaderías que luego habrían de vender. En caso del comerciante-hacendado es sumamente frecuente, y de esos mercaderes que se vuelven agricultores o ganaderos, es decir, hacendados, hay numerosos ejemplos en los archivos.