El cerco de Sor Juana

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El cerco de Sor Juana

Cuando en uno de sus sonetos Sor Juana pregunta: “En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?”, nuestra célebre monja jerónima reclama a algunos en particular y de manera más o menos velada por qué se ensañan contra ella.

En otra ocasión -en su “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”- escribió que no deseaba “ruidos con el Santo Oficio”. 

Éstos son sólo dos indicios, entre otros, que nos hablan de las oscuras circunstancias en que la vida de Sor Juana transcurrió durante sus últimos años y del estado de ánimo que, angustiosamente, fue cercándola hasta el final.

Pero ¿sólo esos últimos años fueron de asedio y hostigamiento? Diría que no: la Fénix de México fue víctima de la misoginia, la intolerancia y la envidia de muchos, especialmente de algunos jerarcas de la Iglesia Católica de la Nueva España, encabezados por un engendro “de la fe” como ha habido tantos: el arzobispo Aguiar y Seixas.

De un tiempo a esta parte, algunos eclesiásticos intelectuales se empeñan en “santificar” a Sor Juana y en lavar las culpas de tales jerarcas. Pero el daño fue hecho ya hace siglos y no hay marcha atrás, por mucho que se empeñen en limpiar –o alterar- la escena del crimen, por decirlo así.

Para aquéllos, la monja era peligrosamente brillante, o dicho de otra manera, “políticamente incorrecta” a los ojos la poderosa Iglesia de su época; para éstos -los clérigos de hoy- Sor Juana debe ser sustraída de su momento histórico y convertida en un icono inmarcesible: ésa es la mejor forma de salvar las apariencias y borrar la responsabilidad de sus santos verdugos eclesiásticos.

El “caso Sor Juana” no ha dejado de ser, desde hace varias décadas, una “papa caliente”. Pero después de leer su propia obra no hay demasiado qué discutir: por todos lados salta a la vista no sólo su inteligencia y su talento, sino también su temor ante el cada vez más tenebroso cerco que la Iglesia dibujaba en torno suyo, particularmente durante los últimos años.

“Finjamos que soy feliz, / triste pensamiento, un rato”, dice en uno de sus más densos y hermosos romances. “Finjamos”, subrayo. Esto es: como no soy feliz, debo aparentar que lo soy. Dejando de lado la relatividad del hecho de “ser feliz”, ¿por qué Sor Juana debía fingir que lo era? Y en cualquier caso, ¿por qué no pudo serlo? –Cuestión de Perogrullo.

Resulta harto difícil contestar a estas preguntas. Lo que no parece difícil es intuir que hubiese resultado peregrino el que una niña, una adolescente, una mujer como Sor Juana llegara a ser feliz alguna vez, si creemos, claro, en la quimera de la felicidad. “¿En perseguirme, mundo, qué interesas? / ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento / poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas?”. Éstas son las rotundas inquisiciones de Sor Juana.

En su “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz” nos habla de su infancia, de su pasión por el conocimiento, de sus incertidumbres y temores. Esta carta es digna de estudiarse línea a línea. Entresaco unas cuantas que aluden al “señalamiento” de ciertos personajes:
“Pues por la -en mí dos veces infeliz- habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado o cuáles no me han dejado de dar? Cierto, señora mía, que algunas veces me pongo a considerar que el que se señala -o le señala Dios, que es quien sólo lo puede hacer- es recibido como enemigo común, porque parece a algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen o que hace estanque de las admiraciones a que aspiraban, y así le persiguen…”.

El discurso de Sor Juana fluye del peligro que entraña el ser “señalado”, es decir, destacado, brillante…, al máximo ejemplo que puede darnos del castigo que la sociedad impone a quien sobresale por su genio y su luz: Jesús Cristo, quien, como los héroes romanos fue tocado con una corona “obsidional” –circular-, pero hecha de espinas.

“¿Cuál guirnalda espera la sabiduría humana –pregunta la monja- si se ve la que obtuvo la divina?” Líneas antes escribió: “¡Válgame Dios, que el hacer cosas señaladas es causa para que uno muera!” Y agrega: “¿Señalado? ¡Pues padezca, que eso es el premio de quien se señala!”.

Pero lo más interesante y sintomático de este pasaje de la “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz” es el remate de su disertación en torno de quien recibe el doloroso don de “la señal”: “En todo lo dicho, venerable señora, no quiero (ni tal desatino cupiera en mí) decir que me han perseguido por saber, sino sólo porque he tenido amor a la sabiduría y a las letras, no porque haya conseguido ni uno ni otro.”

Hay aquí dos claves de gran importancia: primero, la inquietante y nada elusiva analogía entre ella misma y Jesucristo; segundo, la persecución de que nuestra monja fue víctima. 

“No me han perseguido [¿quiénes?] por saber, sino sólo porque he tenido amor a la sabiduría”: son sus propias palabras, no las de este escribidor.

¿Qué estratagemas, qué sofismas puede esgrimir un clérigo contemporáneo ante esta contundente afirmación? Sor Juana fue perseguida –y sometida- por “señalada”, por brillante, por ser mujer, por ser monja y por ser osada, según la mentalidad del Santo Oficio, al que temía, por supuesto, como todos los que tienen que sobrevivir en un régimen totalitario.