El Café Gijón

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El Café Gijón

“... Esta es la historia del Café Gijón, una pequeña historia de muchos de nosotros que aquí, sentados en estas sillas de terciopelo rojo, apoyados en este mostrador alargado, hemos sido felices o hemos ahogado en alcohol nuestras tristezas y nuestras desilusiones. ¡Cuántas borracheras hemos visto! ¡Miles y miles de litros de vino, cerveza, ron, ginebra, anís! Y todo para nada... Pero la nada, como decía Camus, también existe: somos todos nosotros...”.

Con esas dolientes frases declara Julián Marcos su amor y su nostalgia por el Café Gijón. El mismo nihilismo tiene esta declaración de Camilo José Cela, Premio Nobel (sin acento escrito la palabra, por favor, y pronunciada como si lo tuviera en la o):

“... Los clientes de los cafés son gente que cree que las cosas pasan porque sí, y que no merece la pena poner remedio a nada...”.

Otra menos doliente frase, y menos pesimista, dijo Antonio de Villena hablando del lugar:

“... Junto a la mescolanza de intelectuales, actores, artistas y estudiantes, otros se acercan al Gijón para ‘ligar’. Así, se observan los cruces de miradas entre esa y aquella mesa, el trasiego de sillas, los ejercicios sutiles de estrategia...”.

Gente de toda laya, es cierto, llega ahí. El jefe de los meseros me contó de Beppo, mujer de indefinida nacionalidad que hablaba a veces con acento francés, y otras con dejos de británica. Fue modelo en París, de Modigliani, y llegó a España con su esposo, un príncipe tunecino de complicado nombre. Dejó a su real esposo por un gitano que tocaba la guitarra. Luego éste la dejó, y Beppo se dedicó a la bohemia. Eran los tiempos de Piaf y Juliette Greco, y Beppo se cubría con una boina que cambiaba a diario. Se murmuraba que tenía 100, de todos los colores, algunos indefinidos. En aquellos años, cuando en España se veía mal que una mujer fumara, ella consumía un cigarro tras otro en una larga boquilla turquesca.

-¿Por qué fumas? -le preguntó alguien una vez.

Y Beppo respondió, furiosa:

-¡Pogque me sale de los cojones!

Se guarda en el Gijón la dedicatoria que Beppo escribió en su servilleta a uno de los meseros del café: “A Pepe, hombre de los de antes, cuando no había tantas hienas sueltas”. Otro autógrafo más ilustre se conserva ahí, el que puso Picasso en un menú. Leámoslo: “El arte es una mentira que nos acerca a la verdad”.

La clientela del Café Gijón es principalmente masculina. Quizá tuvo razón Maurois cuando dijo que algunos hombres van a la guerra y al café porque a ambos lugares se va sin la mujer. Quién sabe... Digo yo que con la mujer se va a otras partes -a la felicidad o a la desdicha-, pero no al café.

Gente de toda laya, lo repito, va al Gijón. Desde su mesa Antonio Hernández pidió la presencia de un tertuliano insólito:

“... ¡Demonio, hijo de perra, tratante, mal bribón: si tienes como el hombre un par de cosas, salte de tu escondite y vente aquí, al Café al Gijón!...”.

Cuando viví en Madrid fui muchas veces a esa catedral, a ese museo, a esa taberna, a ese hospital de pobres, a ese lujo de la inteligencia; al Café Gijón, Paseo de Recoletos número 21, más de un siglo de historia de Madrid y España. Una noche salí de él con amigos después de varias copas, y ya afuera alcanzamos a oír la voz de un hombre que gritó:

-¡Tráeme más vino, Pedro, que la vida es nada!