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El Café Gijón
Está en Madrid, Paseo de Recoletos número 21. Tiene 123 años de edad. No es un café de lujo: tiende a lo democrático, con su fachada sin pretensiones, sus grandes paredes vacías de ornamentos y el sencillo menaje de la casa. Pero guarda toda la historia literaria de España en el pasado siglo y en el final del antepasado.
-Dígame –pregunté una vez al anciano camarero-. ¿En cuál mesa escribía Jardiel Poncela?
-En aquella del fondo. Yo lo vi. Llenaba la mesa con papeles, plumas, tijeras y un gran gomero con su brocha, que le servía para pegar las tiras que cortaba a fin de intercalar un párrafo entre otros. Apenas dejaba sitio para la taza de café, que bebía una tras otra durante su jornada de trabajo. No admitía interrupciones: debíamos estar atentos a que nadie se le acercara. Decía que sólo aquí podía escribir. De esa mesa salieron todas sus obras de teatro y sus novelas.
-Y ¿por qué no ponen ahí una placa con su nombre?
-Señor: si la pusiéramos tendríamos que poner otra para García Lorca, y otra para Aleixandre, y una más para Alberti, y para Cela, y otra ahora para don Paco Umbral, que recibió el Premio Cervantes y viene aquí todas las tardes.
-Ya entiendo.
Ya entiendo, de veras. No hay en España un escritor que no sea tertuliano de café. En las tertulias, decía don Marcelino Menéndez y Pelayo, se habla “de teatro, de toros, de mujeres y de versos”. Y añadía: “¿Se puede hablar de algo más?”. Ahora recuerdo que de esos temas precisamente hablaba don Cipriano Briones Puebla, “Tata Nicho”, mi maestro de periodismo en “El Sol del Norte”, cuando íbamos a tomar café en el “Élite” de Chuy Martínez. Yo quería hablar de política, y él me interrumpía:
-Por favor, Armando, no abata usted el nivel de la conversación.
(Cosa curiosa: en Saltillo jamás se usó esa palabra, “tertulia”, en el sentido de lugar de reunión para charlar. ¿Qué era en Saltillo una tertulia? Era ni más ni menos que un baile. Se distinguía de los bailes propiamente dichos en que las tertulias eran por la tarde, casi siempre los domingos, y terminaban temprano. Las más famosas eran las del Hotel Casa Lozano, cerca de la Alameda, pero también había tertulias en el Parque Azteca y en la Sociedad Manuel Acuña. Bailaban las parejas hasta llegar la noche, y luego cada quien se iba a su casa. Supongo).
El término “tertulia” es de origen incierto, nos dice el lexicón de la Academia. Yo he oído varias explicaciones. Una dice que la palabra tiene relación con el nombre de Tertuliano, famoso teólogo predicador. Su nombre, convertido en sustantivo común, empezó a aplicarse a las personas cultas que conversaban entre sí. A su vez el nombre “Tertuliano” es de bonita procedencia: deriva de ter Tullius, expresión latina que significa “tres veces Tulio”. Es decir, Tertuliano valía el triple que Marco Tulio Cicerón. ¡Lo que va de Cicerón y Tertuliano a las tertulias de Saltillo! Extraños caminos tienen las palabras, y por otros aún más extraños nos conducen. (Seguirá).