El brigadista que ha luchado contra más de 200 incendios
Por: Jesús Peña
Fotos y video: Omar Saucedo, Héctor García y Marco Medina
Edición: Nazul Aramayo
Diseño: Édgar de la Garza
La vio cerquita.
Aquel mes en el terrible incendio de la sierra del ejido Nuncio, municipio de Arteaga, Chilo la vio cerquita.
Ocurrió hace unos seis años.
Chilo sólo recuerda que las llamaradas llegaban casi hasta el cielo.
Casi.
Y que el fuego hacía un ruido como el que hace el viento cuando trae granizada.
Un zumbido espantoso.
Entonces Chilo tuvo miedo.
La vio cerquita.
“Porque ahí tiene uno que andar listo de que no lo vaya a acorralar la lumbre. Te acorrala y te quema”, dice.
Ésta crónica debería leerse con traje de asbesto.
Se había pasado un mes en la sierra peleando contra aquella hoguera gigantesca, contra aquella bestia, lejos de su familia, de su mujer y sus tres hijas.
Un mes sin regresar a su casa del ejido Chapultepec, en Arteaga.
Y a Chilo se le hacía que ya no regresaba.
Era Semana Santa.
Cada vez que lo cuenta, a Chilo se le sube el miedo al rostro.
Es una mañana encapotada, hay niebla y garúa, y Chilo aguarda con su brigada, otros cuatro hombres, el momento de subir al Cañón para acabar con el fuego o el fuego acabará con la naturaleza.
El tiempo está malo y Chilo dice que por hoy no saldrán, seguro que no saldrán.
Con este tiempo los helicópteros corren peligro de ser devorados por la neblina y chocar con la sierra.
Se lo avisa su experiencia de casi 20 años en esto de apagar lumbres.
Chilo lleva en la mano algo que parece un azadón, una zapa, él dice que se llama herramienta de arrastre, y trae también una mochila a la espalda, en la que carga agua, unos cuatro litros para aguantar la jornada de 10 horas, comida y refrescos.
Va vestido con un casco amarillo, un paliacate naranja enredado al cuello, la camisola amarilla de la brigada, pantalones y zapatos especiales para incendios.
Estoy con Isidro Guzmán, mejor conocido como Chilo, a las afueras del Centro Ambiental Cañón de San Lorenzo y me resisto a creer que ese señor chaparrito, ni gordo ni flaco, bonachón, 68 años, menudo cuerpo, haya luchado contra más de 200 incendios, unos chicos, otros grandes, muchos peligrosos, otros no tanto, en los últimos 18 años.
Chilo tiene 68 años y todavía anda arriba de la sierra apagando lumbres.
“Ya no es igual, ya no tenemos la misma fuerza”, dice.
Confieso que cuando oí yo hablar de brigadistas, me imaginaba, no sé, a un hombrones altos, ponchados, dura la mirada y el temple, hoscos, furibundos.
Pero los brigadistas no son como la gente cree, no recuerdo a quién le escuché esta frase mientras buscaba la historia de Chilo entre la marea humana de brigadistas, soldados, policías, periodistas, que inundó el Cañón de San Lorenzo por aquellos días.
Chilo me cuenta que en el incendio aquel, de Nuncio, se llevó un susto grande:
El helicóptero en el que dos de sus compañeros brigadistas se trasladaban con unos soldados al sitio del siniestro casi se fue de pique por un ramalazo de viento.
Chilo miró cuando el pájaro con motor y hélices se desplomó, y en cuestión de segundos tomó altura de nuevo a nada de estrellarse contra el suelo.
A Chilo se le frunció el ceño, cerró los ojos, apretó los dientes, sintió que la sangre se le iba a los talones.
Pero no pasó de ahí.
En aquel incendio se quemarían cerca de 2 mil hectáreas de bosque.
Isidro está tumbado sobre el tronco de un árbol muerto.
La momia de un árbol que ahora sirve de banca en el Centro Ambiental.
Tiene la camisola amarillo chillante, que identifica a los miembros de su brigada, manchada de hollín y huele a matorrales quemados, a pastos quemados, a pinos quemados.
A naturaleza muerta.
Chilo está privado de cansancio, descansando.
Y no es para menos.
Diez horas de pelear contra el fuego provocado por unos paseantes sin conciencia ni progenitora, el domingo 8 de abril por la tarde.
450 hectáreas de naturaleza devastadas, 450, algo así como 90 campos de futbol.
“Está muy inclinado el terreno allá arriba y hay peligro porque las piedras calientes se están zafando. Entonces si nos arrimamos ahí, nos puede dar una piedra o nos podemos resbalar. Hay mucho combustible también”, dice Chilo cuando le pregunto cómo le fue de incendio.
Pero dice que no se compara con el gran incendio en Nuncio, ese que se le quedó como muy grabado en la retina y donde murieron quemados decenas de animales de la sierra de Arteaga: osos, venados, coyotes.
Coyotes, venados, osos, sin pecado, condenados a morir en la hoguera.
BESTIA DORMIDA
Las brigadas empezaban a las seis de la mañana porque a la lumbre hay que agarrarla dormida. “Haga de cuenta que es un toro bravo, si se le arrima pos… Tiene su chiste”, dice Chilo.
Nomás de imaginarme el pánico que vivirían huyendo entre las llamas, me pongo a temblar, sudo frío, se me retuercen las tripas.
Cuando miró aquella escena, a Chilo le dio coraje, tristeza, impotencia.
“Se quemaron unas cabañas en las que tenían caballos, gallinas, unos burros. Nos tocó ver a una señora que ya le iba llegando la lumbre a su vivienda y ella terca que no se quería salir ni con la ley. Ya ni se miraban las casas con la humareda. La sacaron de ahí a la fuerza. Lo que no quería ella era que se le fueran a quemar sus gallinas”.
Entonces Chilo tenía 62 años y un corazón para subir y bajar a pie 3 kilómetros de pendiente por la sierra de Nuncio.
“Fue estar sufriendo allá, porque había veces que pa cuando amanecía estábamos arriba de la sierra caminando”.
Noche cerrada en el Cañón de San Lorenzo.
El cielo iluminado por unas pocas estrellas, las luces rojiazules de dos carros policía y el resplandor naranja de las llamas que manan de la garganta del Cañón, en la Sierra Zapalinamé.
Son casi las 10:00 y ya todos se han ido: las autoridades, los solados, los voluntarios y los reporteros, todos se han ido, excepto Chilo y un grupo de brigadistas que aquí van a pernoctar para, dando las 6:00 de la mañana, echarse otra vez a la sierra.
Porque a la lumbre, dirá Chilo más tarde, hay que agarrarla dormida.
Con el aire despierta otro día, nomás calienta el sol, y pa cuando las brigadistas acuerdan ya se ven puntos calientes, humeando.
Y yo, no sé por qué, me imagino a un dragón, un monstruo, una bestia, que duerme de noche, se levanta tarde, y por eso hay que agarrarlo antes de que se despierte.
“Haga de cuenta que es un toro bravo, si se le arrima pos… Tiene su chiste”.
El Centro Ambiental, una nave redonda de dos niveles, con ventanales y mirador, que hace unas horas era un trajinar de hombres con radio yendo de un lado para otro, periodistas con cámaras de televisión y zumbidos de helicópteros, se ha vuelto todo silencio.
Chilo me está contando que tenía 17 años cuando, por primera vez, fue a un incendio en un paraje cerca del ejido Chapultepec, de donde él es nativo.
Un piquete de campesinos había venido a buscar a su padre para que lo acompañara a apagar una lumbre por el rumbo de Mesa de las Tablas y él, el padre de Chilo, le ordenó a Chilo que fuera en su lugar, “anda tú”, y Chilo fue.
Chilo recuerda como entre nubes, será por las nubes de humo del incendio, aquella aventura.
La historia de cómo Chilo se metió a brigadista es más o menos así:
Un día los de Profauna A.C. llegaron al ejido Chapultepec en busca de gente que tuviera las agallas para apagar incendios, plantar arbolitos, hacer obras de almacenamiento de agua y brechas cortafuego en las sierra de su comunidad.
Y a Chilo, hombre de campo, le latió la idea y se metió como no queriendo.
No.
Rectifico.
La verdad es que Chilo no quería.
En ese entonces estaba de comisariado ejidal y temía quedar mal con los de Profauna, por sus compromisos.
Faltaba un brigadista en el quipo. La gente de Profauna se encargó de convencerlo, “éntrele”.
Y Chilo le entró.
Chilo debía, debe, asistir a los cursos mensuales sobre prevención, combate y control de incendios, así como reforestación de áreas protegidas o de manejo.
Chilo no me lo cuenta, Chilo es más bien corto de palabras, pero su jefe, el coordinador operativo del área protegida de Zapalinamé, Juan Cárdenas, y sus amigos de la brigada dicen de él que es un líder político nato, que goza de gran influencia en el rancho y ha sido comisariado ejidal tres veces.
“La gente lo reconoce y lo que él dice es ley. Es de las personas muy comprometidas con la conservación de los recursos naturales”, dice Juan.
Chilo no es un brigadista cualquiera. Eso me queda claro.
Chilo es el brigadista.
La noche avanza.
El viento álgido del Cañón, que corta como navaja, se ha colado hasta los dormitorios del Centro Ambiental, donde ahora me encuentro charlando con Chilo.
En el piso del cuarto veo algunas colchonetas hechas bola y cobijas.
Y en otra pieza a un grupo de brigadistas acostados en literas.
Ya hay que irse a acostar, dice Chilo, porque mañana hay que levantarse temprano.
A la lumbre hay que agarrarla dormida.
Isidro se está acordando de cuando crío, que en el rancho había pobreza, “no había pa la papa”, y él tuvo que dejar la primaria en el segundo grado para ayudar a su padre a cuidar las chivas o a sembrar la labor.
“Ora no vayas a la escuela porque me tienes que ayudar”, ordenaba su viejo.
Por eso es que no hubo mucha letra, dice Chilo.
Entonces Isidro tenía 10 años.
“A los 10 años ya andaba en friega”.
Si al cielo le daba gana llover, la familia de Isidro, como todas las de Chapultepec, como todas las de los ejidos del semidesierto, cosechaba maíz, un poco de frijol y algo de avena.
“En ratos no había qué comer porque veces se venían dos o tres años de sequía y no se cosechaba nada”.
Era cuando los pobladores le daban más duro al bosque, que bajaban con las carretas de leña pa irla a vender a Saltillo.
Cuarenta años después, Isidro se vio trabajando en el vivero del ejido, que produce unos 10 mil árboles nativos por año, reforestando las sierras, haciendo obras para preservar el agua, sofocando lumbres, y se acordó de cuando la gente de Chapultepec vivía del monte, de la leña, de cortar morillos.
Había pobreza.
“Ahorita nuestra área protegida la tenemos bien cuidada, a comparación de cuando todavía no entraba Profauna. Estábamos muy mal. Había partes que era pura piedra, muy pastoreado y ahora no, ya tenemos áreas ahí que está el pasto de unos 40 centímetros”.
Y cada vez que grupos de plebes de escuelas van a visitar al vivero del ejido Chapultepec, Chilo les da un consejo: que reforesten.
“Queremos que los niños desde los cinco años ya lleven en la mente esto de cuidar el medio ambiente, plantar un arbolito para que lo cuiden”.
¿Usté cortó árboles?
“Antes... pos a lo mejor sí corté árboles, cortaba uno árboles para hacer la casa”.
¿Prendió lumbre?
“Sí prendía lumbre, pero con mucho cuidao, para calentar el lonche en la labor”.
A la vuelta de los días Chilo era ya el jefe de la cuadrilla Cilaván, una de las cuatro brigadas que tiene Profauna para proteger la Sierra de Zapalinamé.
Cilaván, me explican Arturo Ruiz y Lucía Hernández, guardaparques, una mañana que platicamos a la entrada del Cañón de San Lorenzo, la zona cero del incendio, fue uno de los indios seguidores… la mano derecha de Zapalinamé, aquel guerrero huachichil que, según la leyenda, luchó por estas tierras en la época de la conquista española.
“No sé si han fijado que la sierra tiene la silueta de un indio y de hecho donde se está quemando son los pies del indio, los pies de Zapalinamé”, dice Lucía Hernández.
Le quemaron los pies a Zapalinamé, como a Cuauhtémoc, hace más de 500 años, pienso.
Sólo que esta vez, fueron unos paseantes sin conciencia ni progenitora.
Ya han pasado 18 años desde que Chilo, Isidro Guzmán, entró a trabajar en la brigada.
Entonces Chilo rondaba los 50 años.
Hoy tiene 68 y es el mayor entre los de su tropa.
“Que como en 200”, responde Chilo cuando le pregunto que en cuántos incendios ha estado a lo largo de sus días de brigadista.
La mayoría han sido en parajes a orillas de carretera y otros en la sierra.
Pero como el de Nuncio, ninguno, dice Chilo.
Ese día la vio cerquita.
La radio ha anunciado una garúa con frío y bruma que durará varias horas más.
Martes en la mañana.
Miro a Chilo hablando por celular, dice que es una de sus hijas.
Chilo está enojado porque hoy que se levantó miró en la televisión la noticia de que ya soltaron a dos de las personas que incendiaron el Cañón de San Lorenzo, al parecer son menores de edad.
Sería bueno, oigo que le dice Chilo a su hija por el celular, que los pusieran a reforestar siquiera unas 20 hectáreas de la sierra, pa que se les quite...
“No entiende uno las leyes cómo son, porque cometieron el error y todavía los están soltando”, reflexiona.
Chilo dice que para que el bosque siniestrado vuelva ser otra vez verde, tendrán que pasar, por lo menos, unos 20 ó 30 años.
Chilo dice que en su pueblo tienen sembradas 20 hectáreas de maguey, como 150 de pinos y nadie mata una lagartija, una araña, una víbora.
Y pa cortar un árbol seco, hay que vérselas primero con al comisariado ejidal o el jefe de la brigada que es él.
¿Fue complicado eso de convencer la gente sobre el cuidado de la naturaleza?
“Al principio se batallaba, no quería entender que estábamos en una zona de manejo y mucha gente todavía decía ‘no, pero si el monte es de nosotros’, sí, es de nosotros, nadie nos lo está quitando, pero hay que cuidarlo”.
Mediodía.
Chilo y sus compañeros de brigada siguen esperando la orden para subir a la sierra.
Estamos parados afuera del Centro Ambiental, recargados en la barda.
Hace frío.
Chilo y sus amigos matan el tiempo con bromas filosas, algún chascarillo picante, riendo.
Durante las horas que llevamos acá he visto desfilar a hordas y hordas de voluntarios, jóvenes casi todos, trayendo paquetes de botellas con agua purificada, arpilleras de naranjas, pan, en fin…
Mira si habrá gente buena todavía, pienso.
Hay tanta comida que los brigadistas dicen, en tono de guasa, que ahora sí el trabajo va a ser acabar con todo.
“Vamos a bajar de aquí rodando”, dice uno y todos sueltan la carcajada.
Ésta será la última vez que vea a Chilo.
Un miércoles en la tarde, lloviendo, regreso al Cañón a buscar a Isidro, pero ya no encuentro a nadie.
Hace unas horas, rumbo al atardecer, que el incendio fue liquidado.
Y Chilo, con sus compañeros, partió a su pueblo de Chapultepec.
Me informa uno de los pocos brigadistas que están a punto de salir del Centro Ambiental de vuelta a sus casas, con sus familias.
¿Qué siente cada vez que logra acabar con el dragón, con la bestia?, recuerdo que le pregunté a Chilo el día que lo conocí.
“Que ya descansé…”.
Dijo y se quedó como cavilando.