El asombro

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El asombro

 A las hechiceras


Ella escondía pedazos piedras brillantes debajo de la almohada, trozos de madera en el refrigerador, huevos de canario en el alhajero, rosas en el cajón de ropa interior.

Era su manera de seguir asombrándose. Su método. Su cura. Su manera de recordar qué precioso es el mundo. Incluso en tiempos de pandemia. Incluso en tiempos de aislamiento.

Y los objetos se incrementaban. Aquello era, como los poetas dicen, el más extenso desarreglo de los sentidos. Una lombriz seca que encontró intentando ingresar a su casa aquella temporada de lluvia, y quedó allí, deshidratada en su avance, está ahora sobre un esquinero junto a un panal que igualmente, se había hallado en el jardín de ingreso a su casa. Sí, también estaba junto a la hoja de encino canadiense y a la hoja de maple.

Tenía frascos de arena de sitios remotos, botellas de agua que le trajeron de Alaska —esta era tan pequeña que ya se había evaporado— y quedaba el pequeño frasco de cristal como recuerdo. Otra era de Islandia. La había probado y era salada en demasía. Pues allí estaba sumando.

Su casa estaba llena de esencias, objetos, cosas y seres que le recordaran su matrimonio con el mundo.
Un pedazo de hueso del cabrito que como platillo le habían obsequiado la semana pasada, se encontraba secándose en la ventada de la cocina que recibe los primeros rayos de sol, junto a las semillas de tomate y de limón amarillo. Esperaba a ser pintada con oro líquido.

—Las rosas deberían nacer adentro de la casa, dijo. Y se olvidó rápido de esto, pues ya se ocupó.
Ahora se encontraba cavando un hueco en el jardín. Cuando llegó al fondo, el hueco topó curiosamente con su recámara.

—Esto es absolutamente espléndido, exclamó.

Entonces, con alegría se fue a la cama y comenzó cavar otro hueco que dio hacia su vientre. Allí estaba ella en una acción imposible para la razón, excavando toda la mañana. Como era de esperarse llegó a un paisaje de agua. El cielo amplio y acerado, la tomó de la mano y la llevó a contemplar unas rocas.  Allí estaban los dos, mirando extasiados cómo las rocas no sólo andaban caminando, sino que jugaban a lanzar esferas de oxígeno entre risas.

Así estuvieron ella y el cielo, sobra escribir, enamorados.

En contemplación, en silencio, en el asombro, toda la tarde, si es que le agregamos temporalidad a la escena.

No hay más qué decir.

 

claudiadesierto@gmail.com