El 'arte artesanal' sigue vivo en manos del lutier más antiguo de Europa

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El 'arte artesanal' sigue vivo en manos del lutier más antiguo de Europa

Foto: Internet.
Tradición, costumbrismo y familia se aúnan en el que ahora es el lutier más antiguo de Europa y cuyo legado ha sido reconocido por el prestigioso premio 'Family is Sustainability'

En 1868, en una muy joven Bélgica, abría sus puertas Maison Bernard, un histórico taller de fabricación y reparación de instrumentos de cuerda que mantiene casi intactas las prácticas de los primitivos lutieres y que ha sido premiado ahora con un prestigioso galardón al mantenimiento de los oficios.

Tradición, costumbrismo y familia se aúnan en el que ahora es el lutier más antiguo de Europa y cuyo legado ha sido reconocido por el prestigioso premio 'Family is Sustainability', dotado con 100.000 euros y otorgado por la asociación Primum Familiae Vini (PFV), una organización internacional de algunas de las familias líderes productoras de vino del mundo de Francia, Alemania, Italia, Portugal y España.

Jan y Matthijs Strick, padre e hijo y propietarios de Maison Bernard, moldean y pulen con cinceles, limas y sus propias manos cada uno de los instrumentos que le han llevado a ganar el galardón por encima de otros clanes familiares de gran renombre, como la compañía italiana Giusto Manetti Battiloro, que llego a trabajar en sus inicios con Miguel Angel en la catedral de San Pedro del Vaticano.

Pese a la maestría y excelencia de sus piezas que son vendidas a clientes de todo el mundo, Jan rehúsa denominarlas “obras de artes” y prefiere bautizar su profesión como “artistas artesanales”.

“Nos gusta poner algo en el trabajo que hacemos para tener un producto exclusivo al final. Y esto es realmente lo que diferencia nuestros violines de uno de fábrica”, cuenta a Efe el patriarca, quien reconoce que el premio representa “más de lo que nunca pudiera haber imaginado” .

La historia de Maison Bernard es ejemplo de que cómo las familias no solo se forman por lazos de sangre: Strick padre es la quinta generación de estos lutieres, pero el anterior dueño no fue su progenitor o ningún familiar, sino su maestro, Jean Bernard, que murió sin descendencia.

Sin embargo, el sentimiento de intergeneracional constituye la esencia de esta fábrica artesanal de violines, en la que Jan aterrizó en 1977.

Al igual que sus técnicas, su sede, situada en el corazón de Bruselas, parece congelado en el tiempo, con un gran salón que hace las veces de recibidor y que más de una vez se ha convertido en una pequeña sala de conciertos improvisada cuando algún artista de fama mundial ha ido a recoger su instrumento, relata Matthijs.

El joven de los Stick, de 29 años, no siempre quiso seguir los pasos de su progenitor. Como casi todos los adolescentes, en aquellos tiempos renegaba del oficio de su padre y prefería emprender un camino distinto.

Todo cambió hace seis años, cuando se dio cuenta que los estudios no eran lo suyo y empezó a hacer violines en Maison Bernard. “Fue una sensación muy agradable y nunca dejé de hacerlo, cada día me encanta venir a trabajar”, detalla.

El taller, situado en la trastienda, guarda un aroma particular difícil de pormenorizar, pero que sin lugar a duda es capaz de trasladar a cualquiera a una Bruselas premoderna, cuando la Grand Place estaba repleta de gremios de artesanos y no era un enclave turístico.

Sobre una de las mesas, y entre botes de barniz y utensilios, descansa un violín abierto en canal y a medio reparar con casi cuatro siglos de vetustez.

Tener tal reliquia entre las manos produce mucho respeto, como si se intentara "cuidar de un bebé frágil", relata Matthijs poco antes de apartarlo cuidadosamente para continuar con otro trabajo.

Con el mismo cuidado y precisión que un cirujano con el bisturí, el joven Strick perfila con un cincel las hondas señales del mástil de un violín, bajo decenas de instrumentos finiquitados que cuelgan de las paredes del obrador.

Por este mismo taller pasó hace poco el encargo más arduo que Jan recuerda en sus casi 50 años dedicado a la profesión: la reparación de un violín Stradivarius original datado en 1732.

Fue preciso un año y mucha destreza para recomponer una pieza de ese calibre y respetar los deseos originales del primigenio lutier, frente al mes y medio que suelen tardar en crear desde cero cada uno de sus instrumentos.

Los años de experiencia, revela, han conferido a Jan un especial olfato para diferenciar entre centenares de instrumentos que le ofrecen cuál merece ser reparado por sus manos.

“Puedes tener diez violines espectaculares frente a ti, que sabrás escoger cuál es el mejor de todos”, revela poco antes de colocarse el mandil y volver, como cada día desde hace casi medio siglo, a crear “arte artesanal”.