Ejercicio de desaparición

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Ejercicio de desaparición

Pude planear este ejercicio de desaparición. Dejé caer agua en abundancia sobre mis plantas y árboles. Los frutos siguen en su avance en el jardín: las naranjas aumentan de talla y, a su lado, nuevos y numerosos azahares, con su aroma, inundan el patio trasero.

Me preparé desde esta noche. Reduje mi tránsito por la casa: de la cocina, a la recámara y al baño. Sobre un cojín en el suelo, donde acostumbro sentarme, cierro los ojos por varios minutos y luego me lanzo a las sábanas cercanas. La cama se vuelve mi nido. Desde aquí, pienso en la gente que amo. No hay celular encendido, he desconectado el cable del teléfono. La biblioteca y los libros están sellados, ya que son casi las doce de la noche.

El no estar para mí, es relativamente sencillo, pues sé que no estoy por solo un día; porque comprendo que luego de 24 horas abriré la puerta y volveré a mi vida, al trabajo y al arte. Porque para empezar, tengo casa, tengo trabajo y tengo vida. No soy una mujer asesinada o desaparecida; no soy esas trabajadoras de la fábrica de Whirlpool a las que obligaron a comprar una camisa morada, pagada con su propio y escaso sueldo, para mostrar que la empresa “apoya” la causa feminista. Ni soy la trabajadora de Little Farm donde ante los clientes, se reconoce con una leyenda impresa al entrar, que el personal femenino es más del 70 % y le agradecen su aportación, cuando está prohibido irse a huelga porque literalmente se les cae el negocio, y si lo hacen, les descontarían poco más de 600 pesos.

Es de noche y hay un manto de silencio, salvo por los ladridos de un perro y el teclear de mis dedos. Vengo de la marcha, complacida de ver a tantas mujeres atender las indicaciones del Frente Feminista que la organizó; una marcha numerosa y libre de violencia, bien articulada, en la que una chica velozmente nos entregó a varias, su poema bajo el hashtag #Matriotismo. Retomo algunos verso para ustedes: “Papátria, / nos violaba con enfermiza frecuencia, / abusaba de nuestras hermanas y de nuestros hermanos, / bajo un denso y silencioso secreto de Estado / donde todo entra y nada sale, / donde todos callan y nadie dice, / donde todo se justifica / en defensa de las buenas costumbres, / en defensa de la familia”.

En la marcha caminé al lado de Natalia, de Dina, de Melissa y de Elizabeth. Nosotras extrañamos la presencia de varones feministas, pero atendimos a las indicaciones. Escucho todavía los cantos y las consignas de mujeres de todas las edades. Viene a mi mente Elizabeth que repartió junto con Natalia, las flores de lavanda del jardín a los policías mientras les decían: “gracias por cuidarnos”, o a los hombres que estaban cerca con mirada atenta y era visible el cambio en su expresión: una sonrisa los invadía.

Nosotras coincidimos en pensar que ya es hora de dar un paso adelante y unir las reflexiones de hombres y mujeres en una marcha y sobre todo, de seguir cuestionando qué tanto tenemos nosotras de patriarcado interiorizado, un modelo que se mide en competencia con otras mujeres o en la violencia misma ejercida por las propias mujeres, entre otros elementos.

Fue una marcha memorable, con los sonidos de gritos armónicos y festivos que recorrían la marcha como serpientes sonoras.

Vuelvo al punto: es sencillo desaparecer una día. Lavé trastes, cociné, escribí esta columna. Pienso en las mujeres desaparecidas, en las mujeres asesinadas. Ellas no volverán.